Elisa Teresa acaba de llegar al mundo y su tierna boca de lactante ya ha probado, sin saberlo, el regusto amargo de la hiel. Durante nueve meses convivió con su melliza dentro de Olga, y la vio crecer como si se mirara en un espejo. Puede que fueran como dos gotas de agua del mismo manantial, umbilical y gozoso: eran dos niñas desentrañando juntas, en el útero materno, el misterioso arcano de la vida. Nadie sabe por qué, a las puertas de la natalidad, el corazoncito en ciernes de su hermana dejó de latir, se apagó súbitamente. Porque Elisa y Teresa iban a ser dos, dos a multiplicar la felicidad hogareña de Josué y de Olga. Elisa Teresa, única, amasa con delicadeza el futuro en sus manos: esa jovencita siempre valdrá por dos, con el valor doble que la alegría de nacer resta al siempre doloroso e injusto trance de morir en ciernes.