Uno de los empeños más serios de este Gobierno, acompañado de más o menos éxito, ha sido y sigue siendo la reducción de las escalofriantes cifras de víctimas que se cobran las carreteras, bien con campañas puntuales para llegar a la conciencia de los conductores, bien con modificaciones legislativas que han endurecido las sanciones y han elevado a delito algunas conductas al volante que son claramente homicidas. Pese a que esta iniciativa gubernamental ha sido constante, primero con el leonés Alonso en el Ministerio del Interior y luego con el astuto veterano Rubalcaba, parte de la oposición no ha ahorrado críticas a cada nueva medida que se adoptaba para intentar aminorar los datos de siniestralidad del tráfico. Lo vimos con la instauración del sistema del carné por puntos o con las pretendidas bromas de mal gusto que algunos hicieron en torno a los eslóganes de algunas campañas, a las que en algún caso se les llegó a imputar la intención de hundir al pujante sector del vino. Aun en el supuesto de que el Gobierno haya utilizado y utilice políticamente la gestión de Tráfico y los datos de reducción de accidentes y víctimas, desde luego ha sido mucho más evidente y burda la crítica partidista por que sí y la resistencia que estas medidas han encontrado en algún preboste de la oposición, si bien cabe destacar como clara excepción la prudencia demostrada en público por Mariano Rajoy, quien ni secundó las bromas sin gracia de su antecesor ni aprobó las salidas de tono sobre el asunto de los Pujaltes que le rodean. Ni oportunismo, ni electoralismo, ni gaitas. Este empeño gubernamental, como decía al principio, ha sido patente desde el primer día en La Moncloa y es manifiesto también en vísperas electorales, como éstas, con el endurecimiento punitivo en materia de tráfico y con la intensificación de la lucha contra el siniestro binomio que forman el alcohol y la conducción. Cuatro mil muertos en las carreteras al año son más de los que ha causado el terrorismo en toda su funesta historia y justifican todo tipo de medidas para intentar frenar esta lacra, desde las meramente informativas a las más agresivas con el bolsillo de los infractores e incluso las que contemplan la posibilidad de cárcel para las conductas más peligrosas. Y aún así ya vemos que no es suficiente. Entristece leer, según la información que daba este periódico, que una decena de zamoranos han sido pillados estas Navidades conduciendo con tal grado de alcohol en la sangre que podrían acabar entre rejas si los jueces se ponen en las más duras. Y aflige el dato, pero no me lo creo, de que más del noventa por ciento de los conductores consultados ignoran que el exceso de copas al volante podría dar con sus huesos en prisión o acarrearles condenas como la prestación de servicios comunitarios durante una larga temporada, además de la correspondiente sanción económica y la retirada del carné.

Sorprende esa declaración de ignorancia, pero no es sincera. Por unas causas u otras, he consumido estas mini-vacaciones en la carretera y no hace falta ser "viajante" profesional para darse cuenta de que el personal va más pendiente del cuentakilómetros que antes, que todavía circula algún que otro animal de esos que te adelantan a 200 por hora, pero que la inmensa mayoría intenta acoplarse a las velocidades legales y que cada día se ven menos burradas. En general, se conduce de forma mucho más prudente. Y las cifras no engañan: cien víctimas mortales de accidente estas Navidades -que se dice pronto-, pero catorce menos que en las precedentes. Y hace veinte años, cuando Tráfico inició las estadísticas, los muertos durante estas vacaciones eran más de 300. Pero aun solo por los 14 salvados estos días, el empeño merece la pena. ¿No creen?