Opinión
No quedan monaguillos
En mi pueblo ya no hay quien porte el hisopo con el agua bendita; ni el incensiario o la gaveta. Ya no hay quien lleve las velas; ni encienda el hachero. Ya no queda quien lleve la cruz en los entierros. Ya no quedan plañideras ni sentires que se fingen. Ya no hay quien llore a los muertos. Ya se ha secado la pila del agua bendita a la entrada de la iglesia. Ya no repican las campanas. Ya no hay quien porte a hombros los santos que cada año se paseaban por las calles o los campos del pueblo. También los santos parecen sufrir artrosis y distrofias irremediables. Les cuesta demasiado apearse de sus nichos. Ya sé que son santos de pueblo y apenas si queda ya pueblo y espadaña de la iglesia que lo marque en la distancia.
Monaguillos; acólitos vestidos de púrpura, puntillas y blanco que marcaban el camino en la procesión o los pasos del celebrante. Niños de alma inmaculada que, tras los "oficios", ponían la algarabía en calles y sacristías. Niños vestidos de ángeles con pícara mirada que tocaban la esquila a destiempo y rebañaban con avaricia vinajeras y recortes de pan de ángel u obleas sin consagrar. Niños de este mundo que a veces parecían caídos del cielo. Vocaciones que se pierden de un oficio pasajero de otros tiempos.
Ya no quedan monaguillos en la iglesia. Parecen haberse asociado, con exclusividad, a poderosos y meapilas. A este paso nos veremos obligados a traspasar santos, retablos, monaguillos y santos como si de futbolistas de élite se tratasen. Montaremos agencias de urgencia para el culto. Venderemos los títulos de propiedad de los patronos de nuestros pueblos para que otros los graben en abanicos de cartón que alivien los rigores del verano. Ojalá que nunca en ninguna parte de la tierra las religiones sean causa para guerras ni fanatismos.
Los monaguillos constituyen un patrimonio etnológico que recuerda a niños masticando latinajos con avaricia que nunca entendió. Monaguillos que se esforzaban en el arte del disimulo para soportar el aburrimiento durante aquellas largas y amenazantes homilías que te llevaban de cabeza al infierno. Niños vestidos de escarlata siempre a la espera de cepillos y propinas generosas que les permitiera asesinar las tardes de domingo, tras el rosario, por las calles del pueblo. Niños que sabían bien que no sólo de pan puede vivir el hombre? pero que sin él no cabía la vida.
Monaguillos recorriendo las calles del pueblo en los días de la Semana Santa con carracas matracas avisando a los "oficios". Niños de sacristía y mirada furtiva, de beatas y meapilas. Acólitos de otro tiempo que se pierden ante la incrédula mirada de su patrono San Tarsicio y, que de seguir así, se quedará, como tantos, sin oficio o en paro forzoso.
La verdad es que el monaguillo o acólito resultaba un personaje entrañable que rompía la monotonía y la seriedad de los adultos. Personaje inocente, pícaro, cercano e imprevisible. Amable, inocente y pecador. Niños del cepillo capaces de confundir un "Sanjacobo" con su santo preferido. Monaguillos; niños que sólo sabían de la misa la mitad. Niños condenados a rosarios de aurora; a llantos de plañideras, a retiros espirituales e infiernos tenebrosos; a tinieblas y procesiones bajo palios; a perdones y pecados a la escucha del confesionario. Niños que aún huelen a cera e incienso; a santos y picardías de sacristía; a panes de ángel y a misas de gallo; a oficios y vía crucis. Sólo niños capaces de rasgar la monotonía de la misa el día del Santo Patrón con sus torpezas inocentes o toques de esquila a destiempo. Niños de escurritajas y miradas furtivas entre beatas y asesinos arrepentidos.
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