Los viejos rockeros nunca mueren, pero a veces se transforman como la energía, y la pérdida de ésta se traduce en campañas como la lanzada por Bono, el cantante, que utiliza el color rojo para colgar etiquetas a productos para cambiar el mundo haciendo lo que más conviene al capitalismo y a los poseedores del capital: consumir.

En una versión actualizada del ropero parroquial que reparte entre los pobres la ropa que nos sobra para vestir al desnudo, o de las cenas benéficas de gala, escote palabra de honor, canapé y marisco para dar de comer con las sobras al hambriento, el "ex" de U-2 ha convencido a empresas y entidades financieras para sacar al mercado productos con etiqueta roja que, pagados con tarjeta roja de crédito, destinan parte de los beneficios al fondo mundial contra el sida, la tuberculosis, la malaria y otras penalidades de países del devastado continente africano.

Puede que la idea funcione, y que las empresas o bancos que se suban a la cresta de la ola de la moda solidaria con Africa obtengan beneficios pese a dedicar el uno por ciento de las ganancias obtenidas con el color rojo a los pobres el mundo.

No deja de ser una inversión que puede sustituir a los costes de publicidad y promoción si la gente que puede comprar ropa cara o perfumes de lujo decide gastar con la caritativa tarjeta de crédito al rojo vivo.

Perfumarse o vestirse con etiquetas rojas puede acabar siendo hasta un símbolo de distinción que tiña de solidaridad el frac y los trajes de noche de usar y tirar.

Si con ello se consigue salvar vidas en general o en particular de los africanos que presionan hambrientos tras las vallas fronterizas para entrar en la zona del mundo donde comer tres veces al día -más aperitivo y café de media tarde- no es un lujo, podríamos dar la bienvenida al lujo rojo que les da de comer.

Otra cosa es que con ello se pretenda cambiar el mundo o modificarlo mínimamente.

Porque hemos llegado a tal grado de convencimiento de que no hay otro mundo posible, que hasta los viejos luchadores se acomodan a operaciones de maquillaje superficial -ni siquiera de pequeños arreglos de cirugía estética socialdemócrata- para etiquetar con el antaño color rojo revolucionario las lujosas ropas con que cubren su cuerpo los que siguen proclamando su heredada sangre azul.

No sé si Bono ha pretendido homenajear a los rojos con las etiquetas del mismo color para cambiar el mundo, pero no ha ido más allá que el nuevo Papa, antes Ratzinger, cuando en su primera encíclica sigue distinguiendo entre la justicia social, objeto de la política, y la caridad como actividad religiosa para mejorar este mundo posible.

Hay demasiado interés, y demasiados intereses en juego, en evitar que renazca en los corazones y en las cabezas la vieja y olvidada idea de la justicia social. Por ello triunfan en la pasarela social las propuestas calificadas de realistas de quienes utilizan el sistema sin cambiarlo para cambiar el mundo: si consumes más, creas más puestos de trabajo; si llamas a un número de teléfono con tu móvil, estás ayudando a un niño de ojos hambrientos; si compras etiqueta roja de lujo, puedes cambiar el mundo...

Todo sin que cambie tu forma de vida y sin necesidad de que prospere la peligrosa idea de redistribución de la riqueza a través de los amenazantes y asfixiantes impuestos.

Reducidos al papel de consumidores en el sistema económico, sólo el consumo está en nuestras manos. Si consumimos etiqueta roja, verde o justa, el mundo será mejor.

Es la vieja idea de las damas caritativas que necesitaban acallar la conciencia, y que ahora pueden hacerlo a todo trapo de lujo.

Hace falta una marea roja de sangre palpitando en el corazón de la humanidad para cambiar el mundo desde la justicia social, desde la política, desde la mayoría de los que sufren hambre y sed, también de justicia. El verdadero color rojo.