Abro la revista "Magazine" y me lo encuentro de frente y por derecho en poses distintas, a cada cual más seductora. Ya sé que en el mismo número también se entrevista a Eduardo Punset, intelectual, erudito, aventurero, autor de "El viaje a la felicidad", libro que aprovecho para recomendar. Punset me encanta para un ratito, pero es que con él, con mi ídolo, me encantaría compartir mogollón de ratitos concatenados hasta que la muerte nos separara. Y eso que la arriba firmante es ave que no se enjaula, ave que no vende su plumaje porque para volar me hace falta. Sin embargo, por él, sería capaz de desprenderme de las alas, amén de otras muchas concesiones que me reservo.

El no puede ser otro, no es otro que George Clooney, por supuesto. El hombre más sexy del mundo, un actor comprometido, con lo difícil que eso resulta en un país, el suyo, propenso a la caza de brujas. Dice el titular de mi chico: "De galán a conciencia crítica". Y esa es otra de sus múltiples facetas que me ponen. Los chicos objeto que tanto proliferan en el mundillo cinematográfico, los guaperas, todo músculo, entregados al sexo, al alcohol y a la droga como todo aliciente en sus desastrosas vidas, me exasperan. Si a los hombres les quitas el cerebro no les queda nada o prácticamente nada.

Y, claro, con el cerebro va el compromiso. Las sociedades del mundo mundial tienden a descomprometerse, si se me permite la expresión, a guiarse por el principio de "a vivir que son dos días" y pasan de lo elemental. Mi George, no. Mi George es hombre que defiende con el ejemplo las libertades, base y principio de la democracia. Mi George es hombre de causas que no tienen por qué estar perdidas si todos a una las defendiéramos sabiendo que es de razón hacerlo. Tuvo predecesores, gentes como el director y guionista Dalton Trumbo, cuyo nombre permanecerá ligado de por vida a títulos cinematográficos como "Más dura será la caída", "Exodo", "Espartaco" y "Johnny cogió su fusil", John Huston, o actores como Katharine Hepburn, Humphrey Bogart y Lauren Bacall, entre otros muchos.

Mi George es de esa estirpe y de esa pasta, tan alejada de la de ciertos actores españoles comprometidos de boquilla, sólo de boquilla y nada más que de boquilla, de esos cuyo compromiso se limita a la firma de un manifiesto o a unas declaraciones puntuales pero nada más, de esos que hacen el ridículo más espantoso en la espantosa gala de los espantosos Goya. Mi George está por encima de esas fruslerías tan del gusto del gremio. A una declaración suya le remito: "Mi padre, un demócrata convencido, siempre ha dicho que da igual quién esté en el poder, Clinton, Nixon, Carter... Si nadie les vigila se corromperán. Por eso aprecio el periodismo y creo que hay que cuidarlo". Tómese nota, por favor.

Cuando digo lo de mi George, que conste, lo digo con reservas porque tiene compañera. La preserva de toda incursión curiosa. La tiene a buen recaudo para que nada enturbie la relación. Y eso también me gusta, porque los que, como Pitt o como Cruise, se aman cara a la galería, como que me da grima, como que me da qué pensar. Clooney es un hombre de los pies a la cabeza. Y su cabeza está francamente bien amueblada, incapaz para la frivolidad. Qué le vamos a hacer si por fin se ha decidido a cohabitar con compañera fija. La tocada de gracia y otros toques que, a buen seguro, serán magistrales es verdaderamente afortunada, privilegiada. Lo digo sin rabia pero no sin cierta envidia.

Me chifla que mi George sea un galán de conciencia crítica. Usted ya sabe que de ilusión también se vive y el actor no cobra por soñar con él. Aunque los sueños sean en technicolor, cinemascope y sensurround.