Resulta asombrosamente fácil suscribirse, apuntarse o contratar los servicios de ciertas empresas, pero muy difícil librarse de ellas. Seguro que les ha ocurrido alguna vez. Para que pongas tu nombre, firma y número de cuenta corriente en un papel, las empresas te acosan por teléfono, te bombardean con publicidad, formularios y cartas, te envían sus correos electrónicos, mandan a tu casa a sus trabajadores, que deben sortear nuestra impaciencia, nuestros malos modos y el portazo en las narices. En definitiva, luchan con todos los medios a su alcance para que uno, usted o yo, contrate sus servicios y pague cierta cantidad al mes. Cuando uno quiere desentenderse de esas empresas (por diversos motivos: antojo, hartazgo, cambio de domicilio, mejores ofertas de otras firmas empresariales), es a uno a quien le toca comenzar la lucha. La lucha significa que esas empresas se olviden de tu nombre y de cobrarte.

Aún recuerdo las continuas visitas de los comerciales de Círculo de Lectores, donde por cierto compré buenos libros en lujosa edición. Años atrás claudiqué y puse mis datos personales en sus formularios. Luego quise borrarme. Pregunté cómo hacerlo a la mujer que me servía amablemente los libros y me aconsejó que redactara una carta. No salía de mi asombro: para apuntarte, ponen el mundo a tus pies; para borrarte, sólo hay impedimentos y peticiones escritas, igual que si uno quisiera contactar con un ministro. La otra opción era no comprar, y elegí ésta última. La parte del león se la llevó la trabajadora, que aún así debía pulsar cada mes mi timbre, hasta que, varias negativas después, dejó de acudir y la empresa de enviar la revista. De continuo, recibo llamadas de teléfono de la empresa a la que pertenece mi móvil, atosigándome con nuevas ofertas y canjeo de puntos. Y recibo llamadas de otras empresas de la competencia que me aconsejan que cambie de móvil y contrate sus servicios.

Pero lo más alucinante es lo que me acaba de suceder en Ono (antes Retecal), donde tenía contratados los servicios de internet por cable. A finales de enero me mudé de piso. Hice las gestiones necesarias para que un empleado me llevara el cable a la nueva vivienda: fui a la tienda, y también hablé con ellos por teléfono para notificar mi mudanza. Las cartas, o sea las facturas, empezaron a llegar allí. Meses después, me mudé de ciudad. Llamé a un teléfono de Ono, me presenté en la tienda. Hice lo necesario para borrarme y prescindir de esos servicios. La mala salud y otros menesteres me tuvieron apartado de mi tierra. Por otro lado, soy un completo desastre en relación a mis cuentas corrientes: dicen que, si alguien se acostumbra a vivir entre letras, empeora su relación con los números, y en mi caso es cierto. Pero el otro día vi una carta de Ono en el domicilio antiguo, el del año pasado. Busqué el resto de cartas y las abrí: eran facturas de Ono que seguían llegando a aquella casa, el primer sitio donde contraté internet. Fui a la tienda a pedir explicaciones: llevaban meses (desde febrero) cobrándome servicios en un piso del que me había mudado dos casas antes, servicios que no me prestaban, y para cuya renuncia había ido a la tienda, llamado por teléfono y recibido a un chico que cambió el cable de piso. En la última carta la empresa daba cuenta de su error y, me dijeron en la tienda, señalaban el dinero que debían abonarme y me habían cobrado por nada. Mientras tanto, y aunque reciba lo que me sustrajeron por servicios no prestados, han estado manejando mi dinero. Librarse de una empresa, ya digo, es más difícil de lo que parece. Nunca me ha sucedido al revés: que la empresa no me cobre por sus servicios. Por lo visto, es un tipo de error insólito.

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