Comparto plenamente la indignación de las enfermeras españolas y del Organo Colegial que representa a las 220.000 enfermeras y enfermeros que trabajan en España, ante la imagen "de marca" elegida por Corporación Dermoestética, para anunciar su salida a Bolsa. Quienes hayan diseñado la campaña de presentación han debido quedarse herniados ante la "originalidad" de la escenificación. A la tal empresa no se le ocurrió otra cosa mejor que vestir a 50 modelos con una indumentaria que pretendía emular a la de las enfermeras, mientras "arropaban" al presidente de esta empresa en el discurso que llevó a cabo con motivo del estreno bursátil de la compañía.

Es inexplicable que una entidad de carácter sanitario haga uso de imágenes semejantes para tratar de vender su producto, otra cosa es que lo consiga. En principio ha ofendido a todas y cada una de las profesionales españolas de enfermería, cuya labor resulta precisamente imprescindible y fundamental para que esta empresa pueda desarrollar su actividad. Resulta cuando poco indignante que se utilice la imagen de la enfermera para según qué fines. Las enfermeras, que se quejan no sin razón de falta de reconocimiento social, después de tantos años de historia, tantas vicisitudes y tantos cambios, deberían ser iconos nacionales, respetados, admirados, queridos y hasta reverenciados a tenor de la misión que cada día realizan a favor de los cuidados y de la salud de los españoles.

Tanto el cine, en ciertas películas de dudoso pedigrí, como ciertas marcas publicitarias, abundan en el personaje de la enfermera a través de su vestimenta pero sin acierto alguno en su mensaje o tal vez ofreciendo un mensaje equivocado que raya con la provocación y el insulto. ¡Y ya está bien! La enfermería y las enfermeras no son esa profesión y esas profesionales que, cuántas veces, nos pintan como reclamo para no se sabe bien qué. La enfermería es la más antigua de las artes por mucho que sea la más joven de las profesiones. Una profesión cargada de historia que se ha escrito en clave de epopeya. Es la épica particular de una profesión que, si no existiera, habría de inventarse. Y no hace falta remitir al lector a los tiempos de Florence Nightingale, su creadora.

La historia de la enfermería, que ha atravesado numerosas etapas y formado parte de todos los movimientos sociales, ha sido una historia de frustración, ignorancia, incomprensión y una gran epopeya llena de desgracias y triunfos, romances y aventuras. Los momentos decisivos de la historia también lo han sido para la enfermería. Por eso resulta como poco chocante que se utilice su imagen, una imagen de prestigio ganada a pulso, para vender un producto, de la forma tan chabacana y desgraciadamente manida tal cual hizo la compañía de marras.

Desde el respeto que me merecen estas profesionales, me solidarizo con ellas y las apoyo en estos momentos de disgusto ante el lamentable espectáculo ofrecido por una firma que ha puesto una rúbrica equivocada a su aparición en bolsa. "Atentar contra la dignidad y el honor de una profesión -como reconoce Máximo González Jurado, presidente del Consejo General de Enfermería-, sin cuya participación la propia entidad no tendría razón de ser y carecería de la más mínima calidad asistencial", no cabe en la cabeza, en una cabeza medianamente bien amueblada. No es de extrañar que el Consejo General haya emprendido todas las acciones legales a su alcance para pedir una rectificación de lo que considera "una ofensa gratuita e injustificable a la profesión enfermera y a la mujer".

Si creyeron hacer un bien, han hecho un mal. La enfermera es algo más que una señorita muy mona que sólo sabe sonreír y posar rodeando al jefe de turno. La enfermera es una profesional comprometida con su trabajo, cuya historia hay que abordarla como un episodio de la historia de la propia mujer. Comparto plenamente su indignación.