Cornell Woolrich comienza así el que posiblemente sea su relato más conocido: "No sabía sus nombres. Jamás oí sus voces. A decir verdad, no los conocía siquiera de vista, puesto que con la distancia que nos separaba me era imposible distinguir sus facciones de un modo preciso. Y, sin embargo, hubiese podido establecer un horario exacto de sus idas y venidas, registrar sus actividades al día y repetir cualquiera de sus hábitos. Me refiero a los inquilinos que veía en torno al patio". Lo anterior pertenece, quizá lo hayan supuesto, al cuento "La ventana indiscreta", que luego Hitchcock convertiría en un clásico del cine.

A decir verdad, esa es una de mis películas favoritas del maestro: un hombre con una pierna escayolada que se dedica, para matar el tedio, a mirar por su ventana. Todos tenemos algo de ese personaje. Yo, por ejemplo, poseo en común con él mi larga convalecencia, que me obliga a permanecer en casa más o menos el día entero. Cuando me siento al ordenador, desde la ventana veo una calle de Lavapiés y, sobre todo, miro el movimiento de los vecinos entrando y saliendo de casa o asomándose al balcón: el cantante Ismael Serrano, los hindúes hacinados, los niños árabes condenados a una vida de ventana de primer piso, el jubilado español que se asoma al exterior. Lo que me diferencia del personaje de "La ventana indiscreta" es que, en el relato de Woolrich, aquel no gustaba de refugiarse en la lectura, al contrario de lo que a mí me sucede, que devoro libros sin parar, tendido en la cama. Y lo que me distingue de la maruja al uso es que prefiero imaginar las vidas de los vecinos, antes que esperar a que una vecina o la portera me enumere los detalles de sus idas y venidas y de sus biografías. De continuo me levantaba del lecho para utilizar el ordenador, y de ese modo, queriendo o sin quererlo, veía el trajín o la lenta espera de los inquilinos del edificio de enfrente. A partir de hoy pasaré una larga temporada en casa de un pariente, en las afueras de Madrid, sin poder registrar los movimientos de los vecinos.

El otro día contaba en un artículo que, desde que se produjeron los atentados de Londres, las cosas habían cambiado en el piso de los árabes que regentan la tetería de abajo. Salgo unas semanas de esa rutina y me quedo sin saber el resto. Porque, desde el jueves por la mañana, todo ha sido muy raro. Ni el jueves, ni el viernes, ni el sábado, ni el domingo, dicho negocio de té ha abierto sus puertas. Ninguno de los hombres que se movían entre la tetería y la casa ha vuelto a aparecer. Las ventanas, otrora abiertas para que los niños árabes condenados a una vida de ventana de primer piso se asomaran para tomar aire y ver la calle, han estado cerradas casi todo el tiempo. Alguna que otra vez al día la madre vestida hasta el cuello ha abierto para que el niño más pequeño se asomara. Del resto (y eran muchos, y algo ruidosos), ni rastro. No he dejado de preguntarme, desde que los vi por última vez en la noche del miércoles, qué habrá ocurrido. No he visto policías a la puerta, tampoco ha habido redadas en busca de traficantes de droga. Simplemente, han desaparecido. Algo que no era habitual, al menos desde que llevo viviendo en el edificio frente al suyo. Lo que me extraña, pero no es asunto mío, es que se hayan ido de vacaciones: serían vacaciones machistas. No les sorprendan mis recelos, en Lavapiés la policía detiene personas con frecuencia: okupas, traficantes, navajeros, terroristas. Por otra parte, bien puede ser que se hayan esfumado por temor. Según leo en un diario, en el ambiente vuelve a mascarse la xenofobia. Y eso es malo para todos. En especial, para los extranjeros que se ganan la vida honradamente.

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