Es tan pobre lo que Hollywood ofrece a todos aquellos mayores de 16 años, que lo que en otra época constituiría una película más, debe ser saludada como un acontecimiento. Sin ir más lejos, solo deberíamos remontarnos a los setenta, pues este jugón no es sino una adaptación de la película del mismo título que, en 1974, dirigiera Karel Reisz, con James Caan como protagonista y el maestro Fiódor Dostoyevski como referente.

Tampoco os vamos a engañar: la única razón para filmarla es el lucimiento personal de Mark Wahlberg, a la sazón productor de la misma, que pasea con convicción (y 30 kilos menos de su peso ideal) su autodestrucción por la pantalla.

Por supuesto, el de Wahlberg es un nihilismo de diseño, y no solo por los Armani que viste, sino porque el masoquismo del personaje en 1974 era de una fisicidad que hoy la industria considera insoportable para el gusto convencional. Secundarios como John Goodman y Jessica Lange hacen gala de su genialidad y compensan algún error de bulto en una realización que, probablemente, requería de un director más sensible que Rupert Wyatt (El origen del planeta de los simios).

Con todo, El jugador es cine adulto y eso, en los tiempos que corren de dictadura infantil, es una apuesta de lo más arriesgada que merece ser aplaudida.