Vi a ratos, manteniendo a raya mi abulia, la serie que el jueves pasado dio Telecinco como quien da un regalo gordo a su audiencia. El regalo, como saben, fue la primera parte de Mario Conde, los días de gloria -hoy acaba-. Vaya castaña.

La pamema financiera -hecho fútil y de poca entidad a la que se ha querido dar importancia- se basa en un libro que el propio Mario Conde escribió -que no nos ciegue la admiración, que hasta un servidor o Ana Obregón tiene libro-, y como nadie vomita contra su nombre, el que fuera presidente de Banesto habla muy bien de sí mismo. La biblia de la serie se hace partiendo del texto, así que la serie es una loa al mártir Conde, perseguido por todo el mundo.

A lo que voy, a la serie. Algo tiene muy bueno, y es el actor que encarna al hombre que anda tieso como un palo y mira desde una atalaya en la que sólo vive él. El actor Daniel Grao consigue el milagro de hacer que su creación resulte tan repulsiva como el original. Por lo demás, casi nada me interesa de esta película.

En su primera entrega montaron una pista y pusieron en medio a Ana Rosa Quintana, dejando claro que el circo se hacía a lo grande al estar allí la estrella de lo que Telecinco entiende por periodismo serio, riguroso, y creíble. Esa pantomima, sumada al sopor de ver pasar los minutos de una historia que no acababa de arrancar, hizo el resto, es decir, me sumé a la altísima desbandada de una audiencia que le dio la espalda al invento. Apenas el 11% se tragó la extenuante pelea por tener más y más dinero y más y más poder.

Está claro que, convertido el Conde real en delincuente con estancia en el trullo, su salida no mejoró el material. Si el de antes se me escapa, el Conde de ahora me resulta patético.