Por la puntualidad podría ser británico, porque llega como un reloj. Con un atuendo más allá del tiempo, la masculina cordialidad de quien hace rato dejó de intentar gustar a todo el mundo y una agradable energía que le acompaña sin apabullar. Como tiene un vozarrón importante, cuando José Sacristán dice en alto que ha cumplido los 75 se vuelven, asombradas, las cabezas de los clientes de la madrileña librería café Ocho y Medio, donde tiene lugar la entrevista con Magazine.

Allí acaban de colgar el cartel, con su autógrafo aún fresco, del último filme que acaba de protagonizar -El muerto y ser feliz, de Javier Rebollo-, que le ha procurado, por segunda vez, el premio al mejor actor en el Festival de San Sebastián, treinta y tantos años después de que recibiera el primero por Un hombre llamado Flor de Otoño. Esa fue la película que marcó la frontera entre el intérprete de españoladas y el prestigioso actor que se le considera hoy.

Mientras el celuloide le vuelve a situar en el lugar donde nunca debió dejar de estar, él se mete cada noche en la piel del cervantino Alonso Quijano, en el espectáculo teatral Yo soy don Quijote de la Mancha, acercándose con la reflexión a la bondad de un personaje que conoce bien. Y el ajetreo parece haberle sentado de maravilla.

En su caso, ¿después de la calma llega la tempestad?

Así parece. No estaba ya acostumbrado a estas idas y venidas. He pasado mucho tiempo sin que me hicieran ninguna propuesta destacada en cine. Y en el teatro, gracias a los musicales que he hecho con mi amiga Paloma San Basilio y algunas cosas más, he ido tirando. Cinco años por un lado, dos por otro. Y de pronto aparecen dos directores de cine jóvenes, como David Trueba y Javier Rebollo, con dos proyectos estupendos, y ese Quijote del que se responsabiliza también gente espabilada, que arriesga y se deja horas y horas en el empeño. Pero ninguno me lo ha puesto fácil. Trueba me metió en un cuarto de baño en pelotas, a mi edad, con María Valverde, para hablar de lo divino y lo humano -en el reciente filme Madrid, 1987-, y Rebollo me hizo recorrer 6.000 kilómetros argentinos -que parecen más-, en El muerto y ser feliz, y había días en los que, en el tiempo de rodaje, sólo decía una frase: "¿Tú sabes disparar?". Pero ha sido emocionante, rejuvenecedor y absolutamente divertido.

Aparte del aspecto físico, ¿se siente más Quijote o más Sancho?

Mitad y mitad, como todos. Cervantes ya creó a estos dos personajes como reflejo de cómo éramos los humanos entonces, y lo curioso es que todo siga igual tantos siglos después. Mi origen es absolutamente sanchopancesco. Nací en Chinchón, un pueblo cerquita de Madrid según para qué. Pero fui Quijote a la hora de procurar, desde mocito, que mi vida fuera otra, intentando ser actor.

Y en este momento concreto, ¿recomienda el sentido práctico del escudero o el idealismo del caballero?

Es necesario el caballero, el hombre que no se para a pensar cuáles son las dificultades con tal de defender unos principios. Que no permite que aquellos con los que se encuentra continúen viviendo en el estupor. Lo que ocurre es que en esta guerra que estamos viviendo sin darnos cuenta de que es eso, una nueva forma de guerra, no conviene subestimar a los molinos y a los gigantes. Puestos a aplicar la épica quijotesca a los tiempos de hoy, el contrincante se ha hecho cada vez más fuerte; los medios de comunicación, sobre todo los que han perdido el pudor y se arrodillan ante el poder, sirven de altavoz a sus a menudo ruines mensajes. Qué duda cabe de que la aspiración del Quijote es más hermosa y más noble. Pero por ello, precisamente, es mucho más difícil de alcanzar.

¿Quién ganará esa guerra a la que se refiere?

Tengo el pálpito, pero no la evidencia, por lo que no lo diré en voz alta. He cumplido 75 años. He vivido la transición y además he participado en el proceso de contarla en las películas. Ahí se reflejaban todas las expectativas, todas las ilusiones. Yo no me voy a resignar y no me voy a morir viendo la agonía de todo lo que me rodea, pero sí creo que es de obligado cumplimiento por parte de la izquierda, donde me sitúo ideológicamente, el hacer un examen en profundidad de todos y cada uno de sus errores, de todos y de cada uno de sus deslices hacia la comodidad y el -conformismo.

¿Cómo lo ha hecho la derecha?

Es que la derecha no tiene que hacer nada porque la corriente de la historia siempre le juega a favor. Tiene el dinero, a Dios y a la familia. Es su terreno. Y ellos nunca pierden sus referentes de vista. La izquierda los ha perdido. Y al margen de una estrategia, de una praxis política más o menos acertada, aquí lo que ha habido es un derrumbamiento moral, mucha corrupción y mucho señorito progresista de boquilla, pero con comportamientos claramente conservadores.

Hay que conocer muy bien al Quijote, para sacarle tanto jugo dentro y fuera de la escena...

(Ríe). Es que somos viejos amigos. Hasta le he interpretado en el musical El hombre de La Mancha, hace ya cerca de una década. Pero la cosa viene de lejos. Tenía yo unos siete años cuando mi padre salió de la cárcel donde estuvo bastante tiempo, como buen rojo que era. Y como no le dejaron volver a su pueblo, nos quedamos a vivir en Madrid capital, en una habitación con derecho a cocina, que compartíamos con otras tres familias. Mi padre, mi madre, mi hermana, mi abuela y yo dormíamos en la misma habitación. Y para que estudiara algo, me llevaban a casa de dos viejecitos muy pobres, que vivían cerca, que debían de ser dos profesores republicanos represaliados. Éramos seis u ocho niños. Y leíamos, en lugar de rezar el Padrenuestro o el Avemaría, un trocito de 'El Quijote' al empezar la clase y otro trocito al acabar.

¿Cómo salieron ustedes adelante?

Pues trabajando en lo que fuera, las horas que fuera. Haciendo de recadero en una tienda de ultramarinos, por ejemplo. Nos regalaban sacos de garbanzos y lentejas y los íbamos a vender a la plaza de toros de Las Ventas. En el pueblo quedaron cuatro tierras que cuidaba mi tío y de ahí salían las patatas y los tomates que comíamos. No pasamos hambre, pero precariedades, todas las imaginables, empezando por los sabañones y acabando por las derivadas de la falta de proteínas. Si ahora las cosas están mal, en los años cincuenta del siglo pasado también se pasaron canutas. Algunos, por supuesto. Otros, no.

Y con ese panorama, ¿cómo le explicó a la familia que quería ser actor?

Era aquel tiempo en que el frío del invierno era mayor y el calor del verano no había quien lo aguantara y el hambre estaba a la vuelta de la esquina y había que ir andando a los sitios o subido en el tope del tranvía. En fin, aquel puñetero tiempo. Pues fue complicadito soltarlo. Pero es que yo fui como el niño de Cinema Paradiso. Siendo un chavalín me llevó mi primo Venancio, que en paz descanse, al cine de Chinchón -delantera en gallinero-, a ver una película, y ya no hubo otra cosa. Yo creía que el indio era indio y que el que moría se había muerto. Para dar el paso me tuve que hacer una estrategia.

Empecé medio de tapadillo con un grupo de aficionados de la Sección Femenina y de eso que llamaban Educación y Descanso, que eran actividades que promovía el sindicato vertical. Y luego me salió hacer de regidor en una obra que se titulaba Una noche de primavera sin sueño, y cobré 75 pesetas y con eso me compré La preparación del actor, de Stanislavsky. Total, que aproveché que me tocó hacer la mili en Melilla para avisar a mi padre de que, después de los 18 meses que me iba a tirar allí, ya no volvería a trabajar en el taller mecánico donde estaba, porque quería ser artista. Y así quedó la cosa.

¿Notaba carencias en su educación para afrontar lo que se había marcado?

Todas las del mundo. Por eso, lo primero que hice al llegar a Melilla fue apuntarme en la biblioteca pública y coger el primer libro dela A. Memetieron en el calabozo cuando iba porla B. Estaba leyendo a un tal Nikolai Berdiayev -no se me olvidará en la vida-, que era un filósofo ruso al que no le cazaba una. Luego conocí a un par de universitarios que se hicieron buenos amigos míos y me seleccionaban un poco las lecturas. Me fue mucho mejor. Siempre he querido estar cerca de quienes saben más que yo.

¿Stanislavsky le sirvió de algo?

Como La niña de los peines. Como Quintero, León y Quiroga, los maestros de la tonadilla. Como Albert Camus. Como Vivaldi. Como tantas y tantas cosas.

¿Cuándo supo que había tomado la decisión correcta?

Lo supe desde el principio. Pero sobre todo cuando me di cuenta de que no me faltaba el trabajo. Que hasta me sobraba. Que me hacía unas funciones de zarzuela por la tarde y por las mañanas me iba a la televisión a grabar un Estudio 1. Estaba haciendo una cosa y ya sabía lo que iba a hacer después... Sí, he tenido muchas oportunidades y mucha suerte, pero he currado como un cabrón. Ahora, ya no. Ahora ya, las cosas de una en una.

Fue usted el prototipo perfecto del españolito de a pie en aquellas comedias previas a la transición.

Sí, pero eso no lo calculas. Ahora, al cabo de los años, predomina por encima de todo el agradecimiento a la gente que ha confiado en mí. Y luego estaban los compañeros. Trabajaba con Concha Velasco, con Alfredo Landa, con Toni Leblanc. Ahí, codo con codo. A mí me gusta mucho el cine y entiendo de cine, y aquellas películas ahí están. Que cada uno haga su valoración, pero que nadie les toque un pelo de la ropa. Las veo con simpatía y con ternura. Lo que recuerdo, por paradójico, es que toda aquella gente que me daba trabajo estaba muy próxima al régimen de Franco. Sería un desagradecido y un miserable si no reconociese que, sobre todo José Luis Sáenz de Heredia, que incluso me llamaba de usted, se portaron conmigo de maravilla. No he vuelto a sentir una emoción parecida a la de mi primer día en un plató de cine donde me iba a bautizar en la gran pantalla rodando La familia y uno más con una cámara delante y Alberto Closas al lado.

¿Y cómo hizo para seguir siendo el actor que mejor representaba al prototipo del españolito, después, cuando empezó la transición?

Yo creo que me veían como tal, más allá de lo que pasara en el país. Ni muy alto ni muy bajo, ni muy guapo ni muy feo, ni muy tonto ni muy listo, ni muy rebelde ni muy conservador. Yo me siento muy orgulloso de haber sido la correa transmisora de tantas esperanzas en aquellas primeras películas sin censura. Pero también se produjo un cambio importante en mí. En lo anímico y en lo físico. Mi primera separación sentimental fue muy traumática. Ocurrió mientras preparaba Vida conyugal sana, con Garci como guionista y con Ana Belén como compañera de cartel. Entonces perdí quince kilos y me pareció que así estaba mejor. Salí muy fortalecido de aquello, como con otra energía. Y eso sintonizaba muy bien con lo que se empezaba a respirar en el país y que se refleja en películas como Asignatura pendiente o Solos en la madrugada.

¿Alguna vez se le subió el éxito a la cabeza?

Creo que no. Yo creo que este país no da para eso. Aquí ser soberbio es ser patético. Esto es muy doméstico, muy de andar por casa. Yo voy a Chinchón y soy el hijo de mi padre, o el sobrino de mi tío. Y eso me ha ayudado. Y luego he tenido maestros como Fernán Gómez o Adolfo Marsillach, ejemplo de personas con una inteligencia y una sensibilidad excepcionales que tenían, sin embargo, los pies en la tierra.

Habiendo interpretado cerca de 150 películas, habrá personajes que ni siquiera recuerde...

Hay un territorio intermedio ahí... A veces me encuentro con algún compañero que me explica tal o cual anécdota. Y acabo diciéndole: "Claro, aquella que hicimos". Pero no siempre tengo muy claro de qué estamos hablando, la verdad (ríe).

¿Sí tiene unas cuantas inolvidables?

Sí, por supuesto. Aparte de las de Garci, Flor de otoño, Epílogo, La colmena, El viaje a ninguna parte... He sido muy afortunado. Todas tienen mucho de mí, y además coincidieron muchas de ellas con circunstancias personales que también implicaron cambios de rumbo en mi vida sentimental.

Pero no tiene Goya...

Ni Goya ni candidatura alguna. Fernán Gómez se enfadó un poco cuando no me seleccionaron por El viaje a ninguna parte. Decía que la culpa era suya porque me había pedido que compusiera un actor anodino e invisible, y lo hice tan anodino y tan invisible que nadie se dio cuenta de que estaba ahí (ríe). Era una película maravillosa. Un homenaje al cómico de ferias y caminos. Pero nada, no arranqué ni una mísera mencioncilla.

Ha hablado de Fernán Gómez, de Marsillach, de Alberto Closas, de muchos artistas que ya no están...

Hicimos los amigos un balance hace poco en una cena. Terrible. Los 31 de diciembre íbamos a casa de Fernando a pasarla Nochevieja. Desdeque murió voy a Chinchón con mi familia y, claro, se le echa de menos y especialmente esa fecha tan señalada. Últimamente han desaparecido muchos de mi quinta: Galiardo, Carlos Larrañaga, Sancho Gracia, Paquito Valladares...

¿Cómo lo encaja?

Bueno, uno sabe que se tiene que morir. Si digo que me es indiferente, miento, pero tampoco me obsesiona.

¿Teme el momento de la jubilación?

Toquemos madera o lo que haya que tocar, pero yo creo que el actor no se jubila. Tengo la sensación de que el tiempo pasa, claro, pero no es algo con lo que yo me levante por la mañana y me acueste por la noche. Con la evidencia de que el tiempo se acaba. No soy ningún inconsciente, seguramente esto tiene que ver con este acuerdo entre mi vida y mi trabajo que he tenido la suerte de llevar siempre de la mano.

No el trabajo como obsesión, sino el trabajo como ilusión. Si ahora me llamaran para una serie, para rodar doce o catorce horas, eso posiblemente ya no podría ser. Pero este crío de Chinchón que sigue aquí dentro puede tener la seguridad de que si se encuentra conmigo en cualquier lugar no se va a avergonzar. Sé que no va a dar media vuelta y no me va a decir: "Vete a tomar viento, no se trataba de esto". Resumiendo, lo que decía el tío Tomás de mi pueblo, quien estaba medio muerto, no veía un carajo, pero lo tenía claro: "Lo primero es antes".