La Coruña.- El gran escritor británico Graham Greene solía intentar explicar a los admiradores su incomprendido abrazo del catolicismo con el argumento de que en los recónditos rincones del Vaticano aún era posible percibir el pecado, el primer atributo para Greene de la condición humana, que no lo encontraba en el puritanismo protestante. Esos venerables pasillos, testigos de las más refinadas intrigas del poder en dos mil años, serán el retiro de la desbordante humanidad de un personaje coruñés que no desmerecerá del entorno. Católico antes que socialista, a Francisco Vázquez le ha sido impuesto un piadoso final a una carrera política en la que modeló a su medida la sociedad coruñesa de las dos últimas décadas.

«Paco ha de llegar muy lejos», decía el informe del hermano marista Benjamín que en 1963 calibraba las posibilidades del joven preuniversitario Francisco Vázquez, perteneciente a una promoción llamada premonitoriamente Vaticano II. No lo decepcionó. Francisco Vázquez irrumpió en la política con la vocación de llenar un vacío. Inspector de Trabajo de profesión, formó parte de la hornada de nuevos socialistas que ingresaron en el partido en 1975, con los estertores del franquismo. El PSOE, que no había conseguido en Galicia integrar para las primeras elecciones democráticas de 1977 al Partido Socialista Galego que agrupaba a la "intelligentzia" universitaria, estaba huérfano de cuadros.

La hora del entonces desconocido Vázquez -futuro vigía de la españolidad- llegó paradójicamente de manos del sector galleguista del PSOE, liderado por Ceferino Díaz, un hijo político de Beiras. «A Paco lo pusimos nosotros como secretario general cuando no tenía fuerza ni para salir en la agrupación coruñesa», declararía años más tarde un resentido Díaz.

El alumno se revelaría sin embargo más hábil que el pretendido maestro. Vázquez se destapa como un consumado animal político y aprovechará la crisis de la capitalidad en 1981 para matar dos pájaros de un tiro: acceder a la alcaldía coruñesa y depurar a su medida el partido, que pierde su autonomía de Madrid.

El ninguneo posterior de la política gallega del PSOE se llamará eufemísticamente la política de las ciudades y contará con la complicidad de los ejecutivos de Felipe González, desinteresados por gobernar una Galicia que a las puertas de los 90 se elige en un pacto de Estado como la isla de Elba en la que retirar a un Napoleón llamado Fraga.

El instinto de Vázquez le hace comprender que el futuro de A Coruña, en plena descomposición administrativa e industrial, pasa por un gran desarrollo urbanístico como ciudad de servicios en el que todo está por hacer. El Gran Constructor de María Pita -en el sentido místico de la tradición hermética masónica, es decir, un hacedor de universos- pondrá en pie una urbe nueva en un dilatado proceso que generará también una privilegiada esfera de influencia e intereses en la que se gestarán algunas de las grandes fortunas locales.

Para construir ese mundo a su medida, Vázquez centrifuga todas las opciones en un solo ideario -el vazquismo- que abarca toda la clientela electoral. Se presenta como socialista pero sus guiños no dejan de contentar sociológicamente a la derecha. Lo mismo aparece respaldado por los líderes socialistas que avala en las elecciones al candidato Fraga o se muestra comprensivo con un Aznar que en un "deja vú" franquista convierte María Pita en un Consejo de Ministros en pleno chaparrón de chapapote. El resultado es un pacto no escrito por el que la derecha renuncia a plantearle batalla en su feudo, con la salvedad de una agresiva campaña en la que su antiguo compañero marista Lendoiro -candidato a la alcaldía- implica a su familia en una trama de negocios inmobiliarios.