Nunca una festividad de la Constitución se celebró con tanta intensidad en Ca n’Anglada. Este barrio de Terrassa (Barcelona) es el que cuenta con mayor porcentaje de población marroquí de Catalunya. El 35,88 % de sus vecinos son de origen extranjero y la comunidad más numerosa (el 68,37% de los foráneos) es la magrebí. Por eso sus bares estaban tomados el día 6 desde las 4 de la tarde. El motivo era el partido de fútbol que enfrentaba a las selecciones de España y Marruecos.

Al menos 5 cafeterías de la zona tienen propietarios marroquíes. Se las puede reconocer por los globitos rojos y verdes que han colocado en la puerta. O por las banderolas colgadas en las terrazas. O porque en el interior no cabe un alma. “Es nuestro partido más importante desde 1998”, recuerda Jamal, un señor de Tánger que aún tiene presente el último gran mundial que los Leones del Atlas disputaron en Francia.

El restaurante Anas Norte es una fiesta. Cánticos de apoyo, parroquianos golpeando con sus manos en la barra cada vez que el combinado africano hilvana una jugada de ataque. Gritos en una parte del bar y reproches en la otra, donde los aficionados siguen el partido en una tele que ofrece la señal casi con un minuto de retraso. 

Mucho se ha especulado estos días en las redes sociales con las consecuencias que este partido podría tener, fuese cual fuese su resultado. Aún están frescas en las retinas las imágenes de los disturbios provocados en Bruselas y Ámsterdam, tras la victoria del combinado marroquí contra la selección de Bélgica. En Ca n’Anglada, a causa del alto porcentaje de magrebíes, se saben en el foco. Pero insisten en que “aquí no vamos a romper a nada. Este es nuestro barrio”, aseguran los aficionados.

Un chaval de Tánger lleva la cara pintada de rojo y verde, pero viste una bandera de España a modo de capa. Dice que tiene el corazón dividido. Su amigo, que aún no habla buen español, no duda: “España, España”, repite haciendo el signo de la victoria con los dedos. El motivo: es argelino. Y aunque convive pacíficamente con sus conciudadanos de Marruecos, el fútbol le hace revivir la estrecha rivalidad entre su país y el vecino.

El partido está trabado. “Nos vamos a los penaltis, como ayer Japón y Croacia”, pronostican varios ya en la segunda parte. No iban desencaminados. Pocas ocasiones y mucho tabaco consumido en las puertas de los bares, porque los nervios no se van a pasar solos. Acaban los 90 minutos reglamentarios y el único realmente feliz es un tipo de Casablanca que ya había avisado: “He apostado dinero a que acababan 0-0”, celebra, ajeno totalmente a celebraciones patrióticas. 

Avanza la prórroga y la ansiedad se calma con té con menta y harsha, que es una especie de pan artesanal circular que desaparece tal y como sale del horno. Gritos con la ocasión del delantero Cheddira que desbarata Unai Simón. El partido está que puede pasar cualquier cosa. Faltan uñas en los bares y el dueño del establecimiento pide que se grite más bajito, para no molestar a los vecinos.

Llegan los penaltis. El que adivinó el 0-0 vaticina que Busquets va a fallar el suyo. Arranca la tanda de forma inmejorable. Marca Marruecos y falla España. La concurrencia cada vez lo ve más cerca. Nuevo fallo de España. Marruecos marra el suyo, pero el siguiente en lanzar es Busquets. El que ha pronosticado el fallo casi que ya lo celebra. Si ha apostado también a eso, se va a forrar.

Falla Busquets, marca Hakimi y Ca n’Anglada explota. La alegría se desborda. La gente sale en masa a las calles y empiezan los cánticos y la pirotecnia. Entre la multitud, algunos advierten: “Sin romper nada”.

Los aficionados se suben a las marquesinas, a los buzones y a cualquier lugar alto. No cabe más felicidad en la “Pequeña Tetuán”. “Yo soy marroquí, marroquí, marroquí”, cantan. Aquí nadie va a decretar un festivo nacional por la victoria, como pasó en Arabia. Pero el calendario es caprichoso: el puente de la Constitución española va a permitir a la comunidad marroquí más numerosa de Cataluña festejar durante varios días.