Opinión
La educación multitodo
Ato zapatillas, arreglo cremalleras, hago coletas, pongo tiritas... y, además, aprendemos lo que viene en los libros

Una maestra atiende a varios niños en una escuela rural. | A. P. (Archivo)
S. G. A.
Comenzaremos con un buen "prompt", que dicen que así se ajusta más a lo que buscas: actúa como una maestra rural que lleva trabajando más de veinte años, cuenta tu experiencia.
¡Claro! ¡Soy una maestra del ámbito rural, te cuento mi experiencia!
Creo yo que de abrir melones sobre los funcionarios o las vacaciones docentes ya vamos servidos, por lo menos hasta junio, que hay que consumir lo que esté de temporada. Así que vamos a abrir una granada, pero desde la Competencia Ciudadana, no vayan a creer que va con segundas la elección de la fruta. La pérdida del respeto al oficio, a cualquier oficio, ha hecho daño, está ahí, está aquí. Como vivimos en la época del todista, lo mismo te encuentras a un experto en educación en la cola del súper como que espeta un comentario desde el smartphone y si se juntan más de dos… ¡vaya escabechina! (Barra libre de comentarios, como dice una sabia amiga).
(Al grano, que la IA no anda poniendo contexto ninguno, ni tiene amigos, todavía).
Pues llego al colegio un buen rato antes de que comiencen las clases; enciendo el ordenador, la pantalla, preparo el material y compruebo los radiadores. Cuando entran, soluciono las típicas trifulcas: "me ha dicho que soy una torrija" o "me ha llamado caca varias veces". Después, nos sentamos en la asamblea e intento que se le pase la berrenchina al que dice que por qué a su casa ningún año va el duende que hace trastadas. Después, pregunto a dos que si se encuentran bien, porque han pasado mala noche, les toco la frente si les veo que casi no rebullen. Repongo con astucia de ninja algún lápiz o goma que no parece que tenga sucesor a la vista. Mando a alguno a lavarse las manos con jabón o a sonarse bien los mocos. A veces, la misión les ensimisma tanto que tengo que ir a recordarles que vuelvan, lo mismo están intentando colocar la tapa del dispensador de papel o discutiendo si va bien la cisterna.
Al momento, va otra al baño y no regresa, resulta que se ha quitado las zapatillas y los calcetines, porque algo le molestaba y le dolía el pie. Como el latiguillo del grifo anda flojo, también paso un poco el mocho de la fregona para que no se resbalen. Al poco, pasa uno de otro curso por el pasillo y me dice que no hay jabón, por resolver rápido le doy un bote del Mercadona, que esta ya nos la sabemos mi vecina de clase y yo. A veces, en el recreo paso algún plátano de contrabando, total, yo no quiero crecer mucho más. Leo informes médicos y busco en Google información para intentar crear estrategias que ayuden, al final me van a capar el buscador, que ya bastante uso le doy para mis enfermedades. Mi amiga y vecina de clase y yo resolvemos un caso en el que uno cogió un cuajo bueno porque otro le había destrozado una chancla de papel albal que se hizo en el recreo; parecía que estábamos en el programa ese de los 90, "Veredicto", yo lo veía porque lo ponía mi abuelo.
(Regresa al hilo, que la IA no tiene nostalgia, todavía).
Vuelvo a tocar la frente de los que veo mustios. Al final, se la toco a todos, porque se ponen a toser para que les diga si tienen fiebre y, claro, tanto tosen que se recalientan. Menos mal que, como siempre, tengo las manos heladas —por eso de que no tengo buena circulación— y se les quita rápido la gana, así que bromeamos con eso de que soy la de Frozen.
Ato zapatillas, arreglo cremalleras, limpio abrigos que huelen a Actimel, hago coletas, pongo tiritas, echo crema hidratante si te duele una mano, si vomitas te limpio, si cojeas te digo un truco, te envuelvo un diente de leche si se te cae y, si te ha pasado algo triste en casa, busco la manera de que se te olvide.
Escucho con atención a las familias, no juzgo, aunque sea más un desahogo de terapia que una tutoría y soy una tumba. Les contesto mensajes a deshora, porque la preocupación no entiende de eso.
Relleno muchos documentos, pongo números con decimales en un Excel. Al día siguiente —y al siguiente—, le doy una vuelta y lo cambio para quedarme conforme, aunque de poco sirva.
Podría seguir contando. La cosa es que, además de esto, aprendemos lo que viene en los libros. "¡Dieciséis libros para un niño tan pequeño!", repetía en septiembre uno. Se ve que en casa lo escuchó bastantes veces, porque mira que repito yo las cosas y… no creas que se les queda.
Tenemos una suerte inmensa, a ver quien llega al trabajo hecho puré y se encuentra con lisonjas ya de buena mañana.
Ésta no es mi historia —que diga la RAE lo que quiera de las tildes, no me quito la costumbre—, es la de tod@s nosotr@s, que cada día sacamos una escuela adelante, aunque sea agotador, aunque seamos multitodo.
Dicen que la IA es infinita, pero como nosotr@s no, vamos a descansar un poco.
Cierro hilo, que cosan los cortatrajes.
¡Felices vacaciones!
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