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Opinión

"El discurso familiar no es casual, sino causal"

Asecal ayuda voluntariamente a la infancia herida, ofreciendo respuestas a tristes realidades de muchos niños y niñas zamoranos

Imagen promocional de la ONG Asecal

Imagen promocional de la ONG Asecal / Cedida

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Jonathan Rotstein

Quizá pueda parecer una paradoja, pero no lo es: el niño es el padre del hombre, porque el hombre es el producto de la infancia que tuvo, donde las relaciones y circunstancias familiares, cual lotería que toca en suerte, orientarán el tipo de adulto en el que después se convertirá.

Así, un niño a quien se cuida con responsabilidad y amor seguramente llegará a ser un hombre responsable y amable, mientras que un niño maltratado y abandonado, a quien se ha condenado a base de críticas, muy probablemente en su adultez se transformará en un hombre carente de sensibilidad y sentido del humor. El niño es el padre del hombre, sí, pero a ese niño hay que cuidarlo.

Entre otros motivos porque, salvo probada disposición genética de base, todos nacemos como tabula rasa, es decir, nacemos como una pizarra en blanco donde las personas cercanas a nuestra existencia, especialmente nuestros padres –o quienes cumplan su función– van a ir escribiendo palabras y deseos que después, como incansables detectives, los niños intentarán desvelar.

Palabras y deseos

¿De qué manera lo harán? Mediante la interpretación de ese discurso parental lleno de palabras y deseos. En este sentido, debemos tener presente que las personas hablamos siempre un lenguaje prestado, de segunda mano, que nos viene del otro, es decir, de otra persona –¿o acaso alguien aprendió a hablar por sí mismo?–, pero no de una persona cualquiera sino de una persona significante, es decir, que alberga un elevado peso psíquico en nuestra biografía.

Por ello, conviene recordar que antes que seres genéticos, químicos o animales de cualquier tipo, somos seres biográficos, de manera que todo lo que pasa –o deja de pasar– en nuestra vida tiene que ver con algo que se ha escrito –o dejado de escribir– en la misma, con sus particulares circunstancias y singulares condiciones, como puedan ser: una ruptura o unión sentimental, una mudanza o cambio de ciudad, el fallecimiento o enfermedad de alguien cercano, el comienzo o la pérdida de un trabajo, someterse o evitar rituales sociales y/o religiosos, realizar u olvidar un encuentro acordado o emprender o finalizar un proyecto ilusionante, entre otros posibles eventos biográficos relevantes.

De modo que los padres hablan, se dirigen a sus hijos y, consciente o inconscientemente, escriben y trasladan sus propias palabras y deseos a sus hijos quienes, inevitablemente, ya desde el nacimiento, deberán aprender a "hacer con eso".

El verdadero nacimiento

Así las cosas, podríamos plantear ¿por qué no? Que los hijos no nacen en tal o cual hospital, ni siquiera en tal o cual país, ya que, en verdad, los hijos nacen en el imaginario de los padres, a veces a muy temprana edad, cuestión fácilmente comprobable al hablar con un niño o niña que juegue con muñecos; en seguida nos contará que al ser mayor tendrá hijos, que se llamarán de cierta manera, tendrán determinado sexo y que, además, se dedicarán a tal o cual profesión.

Jonathan Rotstein

Jonathan Rotstein / Cedida

Los hijos nacen en el imaginario de sus padres y eso no carece de relación con el lugar y el trato que después les darán: de este modo, podemos encontrar hijos orgullosos a quienes sus padres tildan de haberles hecho la vida muy feliz o, por el contrario, hijos inhibidos que arrastran el sentimiento de culpa por creer haber roto la estabilidad personal de sus padres...

Las opciones son variadas –e incluso podrían rastrearse ciertas tradiciones discursivas, dependiendo de la región a la que se pertenezca, por ejemplo, a los países mediterráneos–, pero, en todos los casos, encontramos –a veces de manera evidente, otras no tanto– una relación directa que predispone a los hijos a comportarse como lo hacen frente al discurso de sus padres.

Fruto del deseo

Al fin y al cabo, nadie ha pedido nacer, de manera que si habitamos esta existencia es porque alguien, generalmente nuestros padres, nos han convocado a través de su deseo. En este sentido, una de las preguntas fundamentales constitutivas de los niños es ¿Qué quieren de mí? Palpamos aquí de manera inmediata la relación existente entre el deseo que alberga el discurso de los padres y el lugar que los hijos se ven llevados a cumplir. A veces, de manera inexorable.

Ya sea por identificación al lugar que les asignan los padres con su discurso –¿o acaso los discursos son pronunciados sin cuerpo ni biografía, desde las nubes?–, pudiéndose constituir en "el tonto, inútil, que no vale para nada" o "en la alegría de la casa, el ojito derecho", ya sea por continuar la cadena de alguna historia familiar inconclusa o, tal vez, bajo el secreto afán inconsciente de repetir la misma historia de los padres: el lugar que los padres entregan a sus hijos no es casual sino causal, es decir, obedece a una causa subjetiva propia de los padres.

Anuncio de los programas de voluntariado de Asecal.

Anuncio de los programas de voluntariado de Asecal. / Cedida

En consecuencia, podemos encontrar algunas repeticiones sintomáticas que los hijos heredan de sus padres como, lamentablemente, en muchos casos, puedan ser: el hecho de abandonar, maltratar, vivir bajo exigencias o imperativos constantes, establecer determinadas formas de relacionarse –ya sea con personas o sustancias–, la incapacidad para encontrar estabilidad laboral y un larguísimo etcétera.

Programas de Asecal

Frente a este panorama ¿Qué podemos hacer? En principio, existen dos soluciones, complementarias:

A nivel personal, sin duda, trabajar pacientemente la propia historia personal en psicoterapia, máxime si tenemos hijos, a fin de evitarnos consecuencias indeseadas a causa del discurso heredado –o, cuanto menos, para estar advertidos del mismo–, así como de la dinámica inconsciente que, sin saberlo, llevamos a cabo. Quien esté libre del discurso familiar que tire la primera piedra.

A nivel comunitario, seamos padres o no, existen diferentes programas sociales como el programa "Enlace" y "Te acompaño", que Asecal desarrolla en Zamora, donde ayudar voluntariamente a la infancia herida ofreciendo una respuesta a estas tristes realidades que muchos niños y niñas zamoranos padecen por la negligencia, el abandono o el maltrato de sus padres.

Así, el programa "Enlace" y "Te acompaño" conecta a un menor que, viviendo en un centro de protección a la infancia lejos de sus padres, puede encontrar en un voluntario adulto un referente que lo apoye y oriente a través del acompañamiento semanal mediante la realización de actividades.

El niño es el padre del hombre y en Asecal nos proponemos cuidarlo ¿Nos ayudas?

Contacta al teléfono 657 142 620, visita nuestra página www.asecal.org o envíanos un e-mail a voluntariadosalamanca@asecal.org.

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