Rebeca Fernández Matellán tiene 36 años. Fue diagnosticada de cáncer de mama en 2017, con 33 años recién cumplidos y un diagnóstico complicado. A los seis meses de finalizar el primer tratamiento, le diagnosticaron otro tumor. Aunque reside en Canarias, ha vivido todo el proceso médico en Zamora, donde nació y tiene a parte de su familia. En esta entrevista, Rebeca Fernández cuenta su experiencia con motivo del Día Mundial de la Lucha Contra el Cáncer de Mama y lanza un mensaje de esperanza y positividad.

–¿Cuándo le diagnosticaron el cáncer de mama?

–La primera vez que me diagnosticaron fue en 2017. Me diagnosticaron un cáncer de mama con un estadio III y primero empecé con la quimioterapia para reducir el tumor y después había que operar. Mi tipo de cáncer es triple negativo, que es un cáncer agresivo. Aparte tengo una predisposición genética, que se llama BRCA positivo, lo que quiere decir que me viene de herencia familiar. Entre la genética y el tipo de tumor que era, se trataba de una situación complicada. Tras ese primer diagnóstico, estuve con quimioterapia y redujimos el tumor hasta que se podía operar. Me operaron y me conservaron el pecho porque consideraron que era una chica joven y como todavía no habían llegado los resultados de la genética, no querían dejarme sin mama. Una vez terminada la operación, seguí con quimioterapia en pastillas durante ocho meses y con radioterapia, que fueron 23 sesiones. Después regresé a Tenerife, pero a los seis meses, en la segunda revisión, insistí en que me hicieran una resonancia y me vieron otro tumor en la otra mama.

–¿En qué consistió el proceso esta segunda vez?

–Me diagnosticaron y me vine otra vez para Zamora porque es donde me siento cómoda con enfermeras, médicos y con mi oncóloga. Me operaron por segunda vez el año pasado y me hicieron la doble mastectomía. Después, también tuve quimioterapia.

–¿Actualmente tiene que seguir con algún tratamiento?

–Como tengo la mutación genética, el siguiente paso por prevención era quitarme ovarios y trompas. Tenía programada mi operación para marzo o abril, pero surgió el problema de la pandemia de coronavirus y me operaron hace tres meses.

–¿Qué cambios supuso en su vida?

–Lo que más te asusta es el no saber y que tú buscas una respuesta y no la vas a tener. Lo que peor se lleva de esta enfermedad, aparte de lo que supone, es la incertidumbre. Me gustó mucho el mensaje que me dio mi primera oncóloga, que me dijo que íbamos a luchar y a tirar para adelante. Otro cambio es que tienes miedo y te haces preguntas como qué va a pasar conmigo. Son cambios el no poder tener una vida como la que has tenido, que nada depende de ti, el querer hacer una vida normal y no poder, el ver que el mundo sigue para adelante y que tú estás viviendo una cosa muy complicada.

–¿Por qué etapas emocionales ha pasado?

–Hay varias etapas. La primera, que es cuando te lo dicen, es como si te cayera una losa en la cabeza. Fue un bloqueo tan brutal que ni escuchaba lo que me estaban diciendo. Es un shock brutal porque siempre tienes la esperanza de que te digan que no es nada malo. La segunda etapa es como la negación y preguntarte por qué, y luego pasas a tener miedo a lo desconocido, a cómo se siente la quimioterapia y a qué va a pasar. Lo que te cambia es la incertidumbre, el no saber y el miedo, que es verdad que se apodera en un principio, pero lo que sí que me ha enseñado son muchas cosas positivas como no dar nada por hecho. Ya no veo las cosas de la misma manera. Simplemente caminar, que me dé el aire, ver el mar o un atardecer lo veo diferente, pienso estoy viva.

–¿Crees que ahora valoras más esas cosas?

–Soy más consciente, valorar creo que las he valorado toda la vida porque, por desgracia, esta enfermedad no solo la he vivido en mis carnes, sino también la ha padecido gente que he querido y que por desgracia muchos no están y otros sí. Creo que soy más consciente. Valorar la vida siempre la he valorado, pero es verdad que cuando estamos bien nos acomodamos en dar por hecho las cosas y no se pueden dar por sentado porque no sabes lo que va a pasar. Me ha cambiado también en que soy mucho de dar gracias. Me despierto por la mañana y doy gracias por un día más e intento valorar que estoy aquí, pero también es verdad que si tengo que caer o sentirme mal, también me lo permito.

–¿Es necesario también permitirse sentir esas emociones de tristeza o de bajón?

–Sí, también si hay un día en el que necesito llorar y sentirme mal o estoy cansada, me he dado cuenta de que también hay que permitírselo.

–¿Qué ha sido lo más duro del proceso de la enfermedad?

–Todo el mundo te dice que el pelo crece, pero no es cuestión de estética, es cuestión de mirarte a un espejo y recordarte que estás enferma. El desgaste físico te lo recuerda. Te lo recuerdas tú cuando te ves, pero también cuando sales a la calle y la gente te mira. Es verdad que los tratamientos son duros y no son nada fáciles, pero para mi lo más duro ha sido el sufrimiento de mi familia. El desgaste que ha supuesto para ellos es lo que peor he llevado.

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–¿Durante el proceso ha recibido el apoyo de la Asociación Española Contra el Cáncer de Zamora?

–Sí, estoy muy agradecida con la labor que hacen. En todo momento me he sentido muy apoyada por el servicio de psicología, que hacen un trabajo increíble. Me han ayudado mucho técnicas como el mindfulness, de relajarse, respirar, ser consciente. También hacen cursos y siempre están pendientes. A mi me ha venido muy bien la labor que hacen no solo a nivel psicológico, sino también con otros servicios como el de fisioterapia.