Es un titular gastado que China sufre la peor crisis de coronavirus desde Wuhan. Lo han merecido durante más de dos años los sucesivos rebrotes que burlaron su política de tolerancia cero. Es inédita su magnitud. Aquellos rebrotes de inquietud progresiva contaban con decenas o centenares de casos diarios. China anunció 5.100 nuevos contagios de ómicron el martes tras cuatro días consecutivos superando el millar.

Inquietan las cifras de contagios y aún más su dispersión. No se enfrenta China a un foco localizado que basta con aislarlo. Más de 37 millones de personas están encerradas en casa. Una docena de ciudades ha ordenado confinamientos completos y muchas otras han impuesto restricciones de movimiento de distinto grado. Una veintena de provincias y municipalidades contabilizan casos y los expertos locales alertaban recientemente de que la pandemia crece de forma exponencial.

Está encerrada Shenzhen, la macrourbe meridional, desde el domingo. No es una ciudad cualquiera: casi 20 millones de habitantes, bastión de la revolución tecnológica y el cuarto puerto del mundo. “Mi complejo inmobiliario me ha dado tres tarjetas para toda la semana que me permiten salir dos horas para comprar lo esencial. Miran mi bolsa para comprobar que traigo comida cuando regreso”, informa por teléfono Yao Fangming, consultora en la industria del entretenimiento y residente en el distrito de Futian. La obligación de la prueba PCR diaria, en cambio, se cumple con laxitud. El confinamiento debía finalizar el viernes pero ya se ha alagado hasta el domingo. Abundan los anuncios oficiales que recuerdan la obligación de teletrabajar en casa, las calles están vacías y sólo circulan los vehículos autorizados, revela.

Hacia el confinamiento absoluto

Shanghái, con 25 millones de habitantes, cerró días atrás escuelas y parques públicos, canceló las líneas de autobuses de larga distancia y desviará un centenar de vuelos internacionales para rebajar la presión de hoteles de cuarentena e instalaciones de aislamiento. Han prometido sus autoridades que no ordenarán el confinamiento absoluto pero la tendencia va hacia allí. Tras los quirúrgicos encierros de inmuebles tras algún positivo detectado se dictan ahora los preventivos de distritos enteros. May, relaciones públicas de una empresa de moda, contesta desde el supermercado. En la sección de frutas sólo hay naranjas y no le gustan las naranjas. “El conserje de mi edificio me ha dicho esta tarde que todo el barrio será cerrado mañana. La comunicación oficial suele llegar a medianoche y entonces ya es tarde para ir a la compra. Supongo que serán dos días pero en otras zonas ya suman tres”. La guardería de su hija y su oficina están cerradas desde el lunes.

Jilin, la provincia nororiental y fronteriza con Corea del Nortees la más golpeada. Concentra casi la mitad de los casos y sus autoridades emiten mensajes contradictorios. “Es una situación grave y complicada” pero la habrán dominado “en una semana”, han prometido en medio del escepticismo. Sus 30 millones de habitantes no pueden salir de los límites provinciales, una medida inédita desde que se aplicara a Hubei en los días más duros de Wuhan. Más de 7.000 soldados han sido movilizados y se levantan hospitales para el aislamiento a la carrera. Los nueve millones de habitantes de Changchun ya suman nueve rondas de tests y las fotos en redes sociales mostraban recientemente sus esperas bajo la nieve.

La prensa local señalaba esta semana que China “es capaz de controlar” todos los focos y recordaba la acreditada eficacia de la receta que incluye confinamientos masivos, tests para todos y controles estrictos. Pero la variante ómicron, encontrada en el 80% de los positivos, es un rival más exigente. Sus síntomas más leves y su menor tiempo de incubación dificultan la identificación y aislamiento de los contagiados. Australia o Corea del Sur, que habían controlado a las anteriores variantes, han sucumbido a esta y asumido la convivencia. No se discuten los éxitos de la lucha china contra la pandemia, el blindaje del país al virus y la mortandad evitada, pero vuelve el debate sobre su fecha de caducidad. Para jubilarla se recuerda que casi el 90% de la población ha recibido la pauta de vacunación completa y el mundo camina hacia la apertura. Los estudios internos, sin embargo, alertan de que una política laxa causaría una cifra de muertos que ni la sociedad ni el gobierno tolerarían.