Viernes Santo en la Cristiandad. Una alarma de atentados yihadistas obliga a cerrar oficinas gubernamentales y escuelas en Islamabad, la capital de Pakistán, al igual que las dependencias consulares de EE UU. Más de 300 detenidos. Apenas 200 kilómetros al Oeste, un grupo armado aniquila un convoy de suministros para las tropas de la OTAN en el vecino Afganistán. Mientras, aviones no tripulados del Pentágono bombardean santuarios talibanes y de Al Qaeda en la frontera entre los dos países.

La guerra se ha instalado en Pakistán, una potencia atómica. La "tierra de los puros" ha dejado de ser la retaguardia de los talibanes afganos para convertirse en escenario de una nueva yihad. Los datos de 2008 carecen de precedentes: 973 muertos y 2.318 heridos en 67 atentados suicidas. Más que en Irak. Más que en Afganistán.

Mientras que para los atentados se prefieren las grandes ciudades, la mayoría de los choques armados estalla en la zona fronteriza entre los dos países, administrativamente dividida en dos áreas: el montañoso cinturón tribal, donde se supone oculto a Bin Laden y a la cúpula de Al Qaeda, y la inmediata Provincia de la Frontera del Noroeste (NWFP). Aquí, los talibanes paquistaníes han suplantado a la autoridad local en varios distritos -en los que han impuesto la ley islámica- y se enfrentan a milicias tribales, apoyadas por el Ejército. El ejemplo más notorio de la expansión talibán lo representa el valle de Suat, en la NWFP, a sólo 140 kilómetros de Islamabad. Antaño balneario turístico, el valle conoce la guerra desde que hace año y medio se inició una ofensiva islamista de trágico balance: 1.200 muertos, entre 250.000 y 500.000 desplazados, 150 escuelas para niñas destruidas, 90.000 menores privados de educación.

Semanas atrás, los yihadistas firmaron un acuerdo de paz con el Ejército a cambio de la implantación de la ley islámica (sharia) en el valle. Pero las dilaciones les han impacientado y el pasado jueves denunciaron el pacto. Ese mismo día, dos centenares de hombres armados penetraron desde Suat en el vecino distrito de Buner, situándose a tan sólo cien kilómetros de Islamabad.

Combates similares se registran en distritos del cinturón tribal como Kurram, Kyber y, sobre todo, Bajaur, un poderoso enclave yihadista que, además, es acosado desde el otro lado de la frontera por las tropas de la OTAN. Pakistán vive, pues, una situación explosiva que, unida a su viejo enfrentamiento con la India, lo convierte en el principal avispero del planeta.

Esta coyuntura de alto riesgo se agrava por la fragilidad y el desprestigio de su democracia, la división de su Ejército y la ausencia de control civil sobre su poderoso servicio de inteligencia militar (ISI), proclive a hacer la vista gorda ante los talibanes. La capacidad de presión del Gobierno sobre el Ejército y el ISI en la lucha contra el yihadismo queda, por otra parte, limitada por el rechazo de la oposición y por el miedo a un golpe de Estado militar.

El actual polvorín paquistaní hunde sus raíces en la guerra afgana contra la URSS de la década de 1980. Millones de refugiados huyeron al país vecino. Allí, alentados por EE UU y el ISI, y adoctrinados en las madrasas (escuelas coránicas), nutrieron la constelación yihadista que expulsó a los soviéticos y, ya en 1996, llevó a los talibanes al poder con el visto bueno de Pakistán.

Sin embargo, los atentados del 11-S obligaron a Islamabad a volverse contra sus protegidos del país vecino, aunque sin convencimiento y con la opinión pública en contra. La derrota militar de 2001 expulsó a los talibanes, de etnia pastún, hacia el cinturón tribal paquistaní, también poblado por pastunes. La frontera artificial entre los dos países, resultado de un pacto decimonónico entre Reino Unido y Rusia, nunca había sido aceptada por los lugareños y quedó más diluida que nunca.

Los talibanes se reagruparon en la retaguardia paquistaní, mientras EE UU, obsesionado por Al Qaeda, se despreocupaba de ellos, favoreciendo que, en 2004, estuvieran en condiciones de volver a la carga. Actualmente, controlan las tres cuartas partes del territorio afgano y han convencido a Occidente de que no es posible derrotarlos por las armas.

Ante el renacer talibán, Washington acentuó su presión para que Pakistán combatiera a los yihadistas en sus santuarios.

La doctrina "Af-Pak"

Este estado de cosas es el que ha llevado al presidente de EE UU, Barack Obama, a incluir a Pakistán en su nueva estrategia para Afganistán. Es la doctrina que ya se conoce como "Af-Pak". Washington -que quiere una salida afgana al conflicto, pactos con los talibanes moderados y la destrucción de Al Qaeda y los núcleos duros del yihadismo- exige al Gobierno de Islamabad un compromiso real de lucha contra los rebeldes y una purga del ISI que acabe con los dobles juegos. A cambio, promete mantener la ayuda militar y triplicar la civil.

La reacción afgana y paquistaní a la nueva estrategia ha sido tibia: necesitan más dinero y más ayuda militar, además de cooperación civil para combatir las causas sociales del integrismo. Por otra parte, Pakistán reclama oficialmente el traspaso de los medios necesarios para encargarse de los bombardeos de santuarios yihadistas, alegando que EE UU está violando su soberanía y excitando el antiamericanismo de los paquistaníes. Extraoficialmente, sin embargo, se admite que los ataques de los «drones» están orientados por la inteligencia paquistaní y permiten a Islamabad quedar al margen de un trabajo sucio e impopular. Mientras, la India ve con preocupación cómo la amenaza yihadista se extiende a su territorio.