Contenedores repletos de residuos plásticos en un puerto de Malasia, interceptados por las autoridades. | EFE

Plásticos. España exporta todos los años decenas de miles de toneladas de residuos plásticos a los países asiáticos. Pese a que teóricamente el objetivo es que sean reciclados, en realidad terminan contaminando el medio natural de esa parte del mundo. Sin embargo, las cosas empiezan a cambiar, porque el principal receptor, China, se ha cansado de esta invasión de basura, igual que otros países del entorno.

España no solo exporta jamones ibéricos o turrones de Alicante a los demás países del mundo. Nuestro país es también un gran exportador de basura. Un voluminoso caudal de residuos plásticos fluye desde los puertos españoles hacia varios estados asiáticos, embarcados en contenedores que son directamente descargados en vertederos de China, Malasia, Vietnam o Hong Kong, aumentando así los problemas medioambientales de dichos lugares.

En 2017, España envió a China nada menos que 116.000 toneladas de residuos plásticos y 47.000 a Hong Kong. Un total de 223.000 toneladas fueron enviadas al conjunto de Asia en ese año, con el teórico propósito de que dichos países reciclen ese material. Sin embargo, la realidad acaba siendo muy diferente y una gran parte de ese plástico no acaba reciclado, sino abandonado en cualquier parte, tanto en vertederos que no cumplen ninguna normativa como en el medio natural. España contribuye así decisivamente a agravar el problema de la proliferación del plástico en todo el planeta.

Los vasos que hemos usado en la última fiesta de cumpleaños o el envase de crema solar que hemos utilizado en la playa puede encontrarse ahora mismo flotando en las orillas de Indonesia o atragantando el esófago de algún cetáceo en el Índico.

Se trata de un problema que no afecta solo a España, pues el tráfico de residuos de este tipo, generalmente hacia los países del Sur, es una práctica común desde las naciones desarrolladas. Según la ONU, todos los años 11,2 millones de toneladas de basura plástica recorren el planeta embarcadas en contenedores a bordo de cargueros sin estar sujetos prácticamente a ninguna normativa.

Eso ha provocado la aparición de verdaderas ‘provincias-vertedero’ en China y otros países asiáticos, donde viven a menudo millones de personas, dedicadas a separar, clasificar y recuperar los diferentes materiales. Se trata de grandes áreas invadidas literalmente por basura con elevado contenido tóxico, que causa gravísimos daños medioambientales sobre los bosques, los ríos y los campos. Ello es así porque, según denuncian tanto gobiernos como entidades privadas, son procesos de reciclaje en los que no se respeta ninguna norma. El daño que se provoca supera con mucho al beneficio que representa la recuperación.

Fuente: Ministerio de Industria y ONU



China dice ‘basta’

Pero a principios de 2018 las cosas empezaron a cambiar. China dijo ‘basta’ y prohibió la llegada de más basura plástica a su territorio. Además, el gobierno del país ha empezado a clausurar industrias ilegales, vertederos clandestinos y negocios sin ningún control. “En realidad, China no es que haya prohibido la entrada de residuos a su país, sino que ha cerrado la puerta a los residuos no valorizados, es decir, aquellos que llegan mezclados, sin clasificar, y que son de muy mala calidad para reciclar”, aclara el responsable de campañas de Greenpeace, Julio Barea. La decisión de las autoridades chinas ha hecho caer en picado la exportación de residuos plásticos desde España, ya en 2018. Otros países han seguido el mismo camino. Malasia, que desde el ‘portazo’ de China se ha convertido en el principal destino de la basura de plástico a nivel mundial, decidió desenmascarar las malas prácticas de los países occidentales que están inundando su territorio con basuras y contaminación. El pasado 29 de abril, Malasia devolvió cinco contenedores repletos de plástico a España. Fue el primer envío a un país de origen de este tipo de residuos ilegales. Posteriormente, más contenedores han sido enviados a Estados Unidos, China, Australia, Canadá, Japón o Arabia Saudí.

Fuente: Ministerio de Industria y ONU

“Seguiremos deshaciéndonos de las importaciones de residuos plásticos contaminados. Estos contenedores entraron en el país con declaraciones falsas de contenido y otras irregularidades que vulneran nuestras leyes medioambientales”, declaró a la prensa la ministra de Medio Ambiente malasia Yeo Bee Yin. La ministra añadió que “se trafica con basura con el pretexto de que es reciclaje. Los malasios tienen que sufrir el aire de mala calidad debido a la quema de plásticos”.

El presidente filipino, el controvertido Rodrigo Duterte, también ha anunciado que enviará 69 contenedores con basura a Canadá (de donde salieron entre 2013 y 2014), por ser una transacción no autorizada por Filipinas. Si Canadá no acepta la devolución de esos contenedores, su contenido será liberado en aguas marinas canadienses, según ha advertido Duterte.

Toda esta situación pone de manifiesto que el plástico se convierte en algo incómodo de manejar para todos. Nadie sabe qué hacer con él. “Hemos usado el medio ambiente como una alfombra bajo la que esconder la basura, lo que pasa es que se ha metido tanta bajo es alfombra que ya rebosa y sale por todas partes”, añade Julio Barea, para quien la única opción es que los residuos se reciclen en los propios países que los producen.

Un artículo de la revista Science Advances refleja que únicamente el 9% de todo el plástico fabricado desde 1950 ha sido reciclado. El resto ha terminado o bien incinerado (con la consiguiente emisión de tóxicos a la atmósfera) o sencillamente abandonado.

Los 187 países que forman parte del Convenio de Basilea, firmado en 1989 para regular el tráfico internacional de residuos peligrosos, han decidido ponerse en marcha. El objetivo es introducir cambios en el articulado del convenio para evitar que los países en vías de desarrollo, sigan recibiendo desechos plásticos sin control. Se quiere garantizar, al menos, que los residuos que lleguen estén adecuadamente clasificados y se puedan reciclar.



La otra cara de la moneda

Separación de residuos
No todo son noticias negativas. La Asociación Nacional de Recicladores de Plástico (Anarpla) agrupa a las empresas españolas que recuperan este material siguiendo la normativa, dentro del propio país. En Catalunya funciona el Gremi de Reuperació, con 320 asociados. Ambas entidades son el reverso de la moneda: «Es una actividad empresarial que vale la pena, pues cuando se habla de la economía circular, nosotros somos quienes la hacemos realidad», explica la directora general del Gremi de Recicladors, Victòria Ferrer. «Transformamos un residuo en un producto», añade. Lo que se lanza al contenedor amarillo «es nuestra materia prima» y para ello se necesita que «siempre esté lo más limpia posible» ya desde el momento en que se tira a su interior. Es así como un residuo se termina convirtiendo en un valor.
Redacción: Joan Lluís Ferrer (coordinador), Luis Mario Arce, Francisco José Benito y Minerva Mínguez. - Diseño y maquetación: Javier Caldito
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