Edades del Hombre Toro
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Ruta urbana por la ciudad de Toro

Ruta urbana por la ciudad de Toro

El recorrido supone un paseo por la historia de España que se abre en templos góticos y románicos, palacios nobiliarios y una vega, la del Duero, única

03-05-2016TuentiMeneame
Puerto de La Magdalena.
Puerto de La Magdalena. .  Javier Sainz .

JAVIER SAINZ Seguros de no incurrir en exageraciones ni desmesuras, hemos de proclamar con orgullo que el conjunto histórico y monumental de la ciudad de Toro es uno de los más notables de España entera. Preciso es divulgarlo en todas las direcciones, pues a escala del gran público requiere una difusión mucho mayor y el reconocimiento de su categoría.

FICHA TÉCNICA
Distancia desde Zamora: 31 km
Longitud total del trayecto: 7 km
Tiempo aproximado: 3 h
Dificultad: Baja (calle bien señalizada
Detalles de interés: templos románicos y góticos, palacios nobiliarios, enclaves legendarios, monasterios y conventos, arquitectura popular, castillo y restos de murallas, paisajes grandiosos.


En el casco urbano toresano se unen en armónica combinación testimonios de un pasado esplendoroso
Hallamos importantes vestigios de arquitectura civil y militar de tiempos heroicos, un sobresaliente legado de iglesias de variados estilos, cenobios fundados por reyes e infantas y palacios nobiliarios plenos de blasones y leyendas. Todo ello concentrado en un laberinto de sugestivas callejuelas en las que parece que el tiempo se hubiera detenido. Aparte, interesa agregar la pujanza de sus modernas bodegas en las que se elaboran vinos de alta calidad, reconocidos con primeros premios en numerosos concursos y festivales internacionales.

Como complemento de Aqva, la magna exposición de Las Edades del Hombre 2016, proponemos un itinerario ciudadano con el que los visitantes puedan hacerse una idea más completa de la riqueza patrimonial local. Para ello, tras haber visitado la colección expuesta en la monumental Colegiata, elegimos como punto de partida el contiguo mirador del Espolón. Desde este lugar contemplamos la impactante grandeza de la sede colegial, que en nada ha de envidiar a muchas catedrales, pues sólo le faltó obispo para serlo. Quedamos fascinados, entre otros detalles, con los preciosos ábsides románicos, la elegante y estilizada cúpula y el robusto campanario. Tras volver la vista hacia la vega, las panorámicas que se nos ofrecen son vastísimas
Divisamos el gran río Duero, tan sinuoso, escoltado por esbeltas alamedas. El viejo puente Mayor corta el cauce allí donde este resulta más visible. A la izquierda, se oculta la ermita de la Virgen de la Vega, románica de ladrillo, santuario del Santo Cristo de las Batallas, patrón de la ciudad. Asimismo, sobre los espacios despejados de occidente, en el año 1476 se dio la famosa Batalla de Toro, acción guerrera que cambió los destinos dinásticos de España.

Nos dirigimos desde aquí a la cercana Plaza Mayor, presidida por la Casa Consistorial, neoclásica, proyectada por Ventura Rodríguez. Bajo sus solares existe una enorme bodega subterránea. En frente se alza la iglesia del Santo Sepulcro, en la cual se exhibe la muestra complementaria de Las Edades. Fue la sede del Bailío de la Orden Militar de ese nombre desde el siglo XII hasta su unión con los caballeros de San Juan. Su prior ejerció como vicario general, con jurisdicción sobre los reinos de León, Castilla, Galicia, Portugal y Navarra.

Tras centrar la atención sobre las vetustas casas asoportaladas que cierran la plaza por su costado oriental, por la plazuela de los Bollos de Hito y la calle de San Lorenzo seguimos hasta la iglesia de ese nombre. Descubrimos un admirable monumento románico de ladrillo que encierra un retablo de Fernando Gallego, sublime creación de ese gran pintor del siglo XV. Destacan también los sepulcros flamígeros de los Castilla, hidalgos descendientes por bastardía del rey Pedro I el Cruel. Justo en frente se sitúa el sobrio palacio de los condes de Fuentesaúco, con un gran arco almohadillado en su portada. Por la contigua calle de Botellos accedemos a la plaza de San Agustín. Ese amplio espacio permite apreciar el recio Alcázar, significativa fortaleza, muy venida a menos. En sus estancias fue coronado como rey de León Fernando III el Santo. También tuvo momentos de gran protagonismo, con asesinatos y venganzas, en las guerras entre Pedro I y sus hermanos Trastámaras. Finalmente, después de la conquista de la ciudad por los Reyes Católicos en el año 1476, aquí resistió tenazmente, durante un mes, la irreductible María Sarmiento, partidaria de Juana la Beltraneja.

A través de las vías Puerta de San Román y paseo del Carmen, por una escalinata accedemos al convento de las Madres Carmelitas. En su interior se conservan cartas autógrafas y otros recuerdos de Santa Teresa, aunque el cenobio no lo instituyera directamente tan insigne fundadora. De ahí, por la calle de San Marcos llegamos hasta el convento de Santa Clara, con su amplia y austera fachada de ladrillo. Afirman que fue fundado por doña Berenguela, hija de Alfonso X el Sabio. En su coro descubrieron importantes pinturas murales góticas, arrancadas y exhibidas ahora en la iglesia-museo de San Sebastián. Salimos hacia la plaza de San Julián de los Caballeros, para contemplar la iglesia de ese nombre. Queda constancia de haber sido diseñada en el siglo XVI por Rodrigo Gil de Hontañón. En su fachada se recolocó la portada gótica del destruido monasterio de San Ildefonso. Dentro impacta su retablo renacentista de escultura y pintura. Casi en frente topamos con la casa natal de la pintora Delhy Tejero Tras doblar la esquina pasamos a la calle Rejadorada, llamada así por mostrar, en la casona de los Samaniego, la verja que la reina Isabel la Católica mandó recubrir de pan de oro en homenaje a la ahorcada Antona García, ferviente partidaria suya. Algo más allá, a mano derecha quedan el palacio de Valparaíso y el hospital del Obispo, éste con sus artesonados y gran patio. Más adelante se alinean los también hospitales de las Angustias y Convalecencia. Frente a estos últimos hallamos la reconstruida iglesia de Santa Catalina, dependiente antaño del navarro Roncesvalles, depósito de los pasos de Semana Santa local. Una manzana contigua cobija a la Plaza de Toros, coso de madera inaugurado en 1828, uno de los más antiguos de España. Al final salimos a las rondas por la puerta también llamada de Santa Catalina. Afuera se muestra el toro vetón, ruda escultura zoomorfa del siglo V antes de Cristo que quizás diera nombre a la ciudad. Proyectos hay para cambiarlo de lugar, pero aún sirve de ornato en la inmediata rotonda.

Torcemos a la izquierda y por la amplia avenida de Luis Rodríguez de Miguel dejamos atrás el gran edificio neogótico, de 1928, de la Fundación Villachica. Su postración actual marca un doloroso contraste con el pasado cercano, cuando acogió el rebosante Seminario Menor. Penetramos de nuevo en el casco antiguo por la puerta de la Corredera, creada en tiempos de Felipe III. Enseguida avistamos el templo de Santo Tomás, austero en su exterior pero admirable por su patrimonio artístico. Descuellan sus soberbios retablos, el mayor con pinturas de Lorenzo de Ávila. Calle adelante, cruzaremos junto a diversas casonas, como la de los marqueses de Castrillo. Recogida a mano derecha, con acceso por la calle Rey de Labradores, queda la ya citada iglesia-museo de San Sebastián, en la que, aparte de otras obras, destacan los murales góticos de Santa Clara. De nuevo por la Corredera, nos dirigimos a la plaza de Santa Marina, presidida por la esbelta Torre del Reloj, emblemática obra del siglo XVIII. En ese mismo espacio se enclava la grandiosa y austera iglesia de la Concepción y, tangente a ella, el palacio de los Condes de Requena, con sus espléndidos patios.

Por la calle del Amor de Dios descubrimos el Arco del Postigo, con su capillita superior, abierto en la más antigua muralla. A través de la calle de la Reina, accedemos al palacio Bustamante, en una de cuyas habitaciones se hospedó Santa Teresa de Jesús. Poco más allá resisten los exiguos restos del convento dominico de San Ildefonso y en frente los palacios del Obispo y del Marqués de Alcañices. En esa última mansión residió en su destierro y falleció el famoso y controvertido conde duque de Olivares. A través de la angosta rúa del Cañuelo, tras una esquina, pasamos a la plaza de la Trinidad, con la iglesia de ese nombre, cuyo maravilloso retablo es obra del pintor Lorenzo de Ávila. Un poco por detrás, en la calle de Capuchinos perdura la portada del que fuera palacio de las Leyes. En él se celebraron Cortes en 1505, en las que se redactó el código que estuvo vigente hasta tiempos modernos. Retrocediendo, ahora por la travesía llamada Puerta de Pozoantiguo, acudimos a las dolientes ruinas de San Pedro del Olmo, con su magnífico ábside de ladrillo. Al desviarnos a la izquierda, nos acercamos hasta el convento de las Mercedarias que encierra un admirable claustro gótico. Antaño fue un palacio señorial donde debió de nacer doña Magdalena Ulloa, tutora de Jeromín, el famoso Juan de Austria.

Retornando un trecho, por Mojalbarda arribamos a la iglesia de San Salvador de los Caballeros, pertenencia que fue de los templarios. Posee una espléndida cabecera triabsidal y contiene otro interesante museo. A través de las calles de San Salvador y Horno alcanzamos los espacios libres denominados Puerto de la Magdalena. Desde ellos divisamos una de las formidables cárcavas cortadas en vertical hacia el Duero. Preciso es evocar que en la oscura noche del 19 de septiembre de 1476 por tan agrestes taludes escalaron ciertos soldados de los Reyes Católicos para conseguir expulsar a los portugueses que aún dominaban Toro. La campana de las dominicas orientó sus paso.

Por la calle del Solejar y la de Santa Sofía damos vista al convento de ese nombre, habitado por monjas premostratenses. De su exterior destaca el torreón que fuera del palacio de la gran reina doña María de Molina, la cual entregó su mansión para que acudieran a vivir las religiosas, instaladas en precario en el centro de la inundable vega. Ya en el interior, fascina la armadura mudéjar y el retablo mayor de su capilla, éste con esculturas de Sebastián Ducete. Por detrás de las tapias conventuales se sitúa la iglesia de Santa María de Arbás, emotiva, aunque más modesta que las otras ya conocidas. Fue una pertenencia de la pujante y lejana Colegiata de Arbás, emplazada en la provincia de León, cerca del Puerto de Pajares.

Regresamos al Puerto de la Magdalena y desde allí acudimos hasta el inmediato Real Monasterio del Sancti Spiritus, de Madres Dominicas, uno de los cenobios más notables entre los femeninos de toda España. Su fundación, por orden de doña María de Molina, se debe a la manda testamentaria de la infanta portuguesa Teresa Gil, sepultada en el coro conventual. También yace allí la reina doña Beatriz de Portugal, segunda esposa de Juan I de Castilla. La riqueza artística aquí conservada es ingente, con valiosas esculturas e imágenes. Muy suntuoso es el artesonado mudéjar de su iglesia. Destacan además el gran claustro y la sala capitular. En el extremo suroeste de la ciudad se yergue el santuario de la Virgen del Canto, donde se da culto a la imagen gótica, cincelada en piedra, de la patrona de la ciudad y de su alfoz.

Desde ahí, orientados por la torre de la Colegiata y a través de las silenciosas calles Pajarinas y Berceras, volvemos hasta El Espolón. Concluimos de esa manera la ruta, a sabiendas que dejamos detalles igualmente interesantes en otros rincones.