Múnich (Alemania)

Sin el lustre del partido de ida, pero con la eficacia que le permite su amplio catálogo de recursos, el Barcelona tramitó en Múnich su eliminatoria ante el Bayern con un empate (1-1) que le clasifica para las que serán sus undécimas semifinales de la Liga de Campeones.

El Barça se recuperó de un inicio incómodo para acabar silenciando el estadio bávaro. Si en la primera parte salvó la papeleta con un fútbol práctico, en la segunda pudo desplegar el juego que ya le ha situado entre los cuatro mejores del continente. Nunca temió por la eliminatoria, sentenciada ya en Barcelona (4-0).

Mermado por las ausencias de Schweinsteiger y Podolski, el Bayern quedó a expensas de la inspiración de Ribéry, puro talento. Pero, más allá del francés, el Bayern fue un desierto futbolístico, un equipo metalúrgico. Planteó un partido más físico que en la ida. A empujones, el equipo de Klinsmann intentó cohibir al Barça, que plantó cara en la batalla psicológica, fiel a su estilo de afrontar cada partido como si fuese el último, por más que el 4-0 de la ida le permitiese un cómodo margen de error.

En partidos así, los primeros minutos son decisivos. Una jugada pudo cambiar el panorama de la eliminatoria. Abidal, de nuevo titular tras casi dos meses de lesión, regaló la pelota a Sosa. Su centro desde la banda derecha sólo lo acarició Toni. Un gol hubiera puesto en apuros a los azulgrana. El error del delantero italiano certificó que la eliminatoria no tendría historia.

El Bayern movió el marcador al arranque del segundo tiempo. Lo hizo Ribéry, el faro futbolístico del conjunto alemán. Con los jugadores del Barcelona aún buscando su posición, el galo llegó al área azulgrana, sentó a Valdés y firmó el 1-0.

No se inmutó el Barça. Dueño de la pelota, desactivó el posible aluvión de un Bayern que parecía conformarse con una victoria por la mínima para cumplir el deseo de su entrenador: caer con honores.

El Barça de Guardiola, en cambio, no está para firmar derrotas. Es un equipo ambicioso y vive instalado en un optimismo febril que le permite disfrutar de su fútbol. Anclado por Touré, una montaña en la medular, y dirigido por la sutileza de Xavi, el Barcelona gobernó el partido en la segunda parte con una autoridad incontestable. Apareció Iniesta y Messi pidió la palabra. Enfrente, el Bayern no encontró manera de persistir en una remontada imposible. No volvió a pisar el área de Valdés.

Tras un frustrado remate de Eto´o a dos metros de Butt, el Barça encontró el gol que premió su esfuerzo. Iniesta, Eto´o y Xavi combinaron en el área como si fuese un entrenamiento. El rondo lo cerró Keita, que remató a la red el balón cedido por Xavi desde el punto de penalti. Fue el mejor ejemplo del fútbol coral azulgrana.

El empate cerró definitivamente la eliminatoria, abierta con un espectáculo en el Camp Nou y clausurada con un gol «de la casa» frente a la impotencia del Bayern.