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Sociedad

Muere Marcos Rodríguez Pantoja, el "niño lobo" que encontró en Sierra Morena la familia que no tuvo entre los hombres

Ha fallecido a los 80 años, dejando atrás una historia que quedará para siempre entre las páginas de este periódico

Un momento del desarrollo de las jornadas sobre "Lobo ibérico: mitos y realidades".

Un momento del desarrollo de las jornadas sobre "Lobo ibérico: mitos y realidades". / Araceli Saavedra

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Zamora

Marcos Rodríguez Pantoja, conocido durante buena parte de su vida como el "niño lobo de Sierra Morena", ha muerto a los 80 años en Ourense. Con él desaparece el protagonista de uno de los casos más singulares de aislamiento infantil documentados en España, pero también un hombre que durante décadas recorrió colegios, encuentros y jornadas contando una historia que parecía imposible, la de un niño que encontró entre los animales la familia que no había encontrado entre las personas: "Esto es tuyo, eso es mío", le dijo en 2020, durante una entrevista, a Susana Arizaga, periodista de LA OPINIÓN-EL CORREO DE ZAMORA, cuando ella le preguntó por los valores de la manada.

No era la primera vez que Marcos hablaba con este diario; ya había ocurrido en dos ocasiones antes de conversar con Arizaga.

Marcos Rodríguez, rodeado de los niños del campamento.

Marcos Rodríguez, rodeado de los niños del campamento. / Diócesis de Zamora

Del maltrato a la soledad de Sierra Morena

Nacido en Córdoba en 1946 y marcado desde niño por la pobreza extrema, Marcos recordaba que su madre falleció dando a luz a su octavo hijo y, siendo todavía muy pequeño, su padre lo vendió a un cabrero que vivía en Sierra Morena: "No sé si mi padre me vendió por el cortijo y un caballo rojo, o me cambió para poder usarlos", recoge este diario en 2013.

Cuando el cabrero enfermó y murió, Marcos se quedó solo.

En una de sus conversaciones con Susana Arizaga, Marcos recordaba cómo aquel hombre, ya muy enfermo, le entregó el colmillo de un jabalí que conservaría durante décadas como amuleto. También le había advertido de algo fundamental: que no dejara apagarse el fuego.

La muerte del pastor es uno de los episodios que Marcos repitió durante toda su vida. Intentó enterrarlo, contaba, pero no pudo hacerlo. Los buitres llegaron antes. A partir de entonces, la sierra pasó a ser todo su mundo.

El encuentro con la loba

De todos sus recuerdos, ninguno ocupaba tanto espacio como su primer encuentro con los lobos.

Contaba otro día a este diario que un día encontró unos cachorros y comenzó a jugar con ellos hasta introducirse en la lobera. Allí se quedó dormido. Cuando apareció la loba adulta, Marcos quedó acorralado contra las piedras: "Cuando llegó la señora loba, me enseñó los dientes y yo me acurruqué al fondo de la cueva contra las rocas. No tenía salida", escribía, por 2013, Araceli Saavedra.

La hembra llevaba carne para sus crías. El niño, hambriento, intentó coger el pedazo de uno de los lobeznos y recibió un golpe. Después, según recordaba, la loba apartó comida para él.

Marcos interpretaría siempre lo que ocurrió más tarde como el momento en el que fue admitido en aquella peculiar familia. La loba se aproximó y le lamió los restos de sangre que tenía alrededor de la boca.

A partir de ahí comenzó una convivencia que se prolongaría durante años.

El valle, los animales y una cueva se convirtieron en su hogar. Aprendió a imitar sonidos, a aullar, a observar cómo cazaban los lobos y a aprovechar los animales que abatían. También aprendió una regla que años después resumiría ante quienes acudían a escucharle: "Todos matamos para comer".

"No sé de fútbol, no sé de política"

Abril de 2013 en las conferencias "Lobo ibérico, mitos y realidades" celebradas en la Escuela Micológica de Ungilde, en Sanabria. Marcos vuelve a Zamora. Tenía entonces 66 años y ante los asistentes dejó una de las frases que mejor resumían la distancia que todavía sentía respecto a la sociedad a la que había sido devuelto décadas atrás: "Yo no tengo amigos porque no puedo mantener una conversación, no sé de fútbol, no sé de política. Es un aburrimiento estar conmigo", confesó.

De Sierra Morena, en cambio, podía hablar durante horas.

En Ungilde volvió a recordar los golpes recibidos durante su infancia, la convivencia con el cabrero y la posterior vida con los lobos. Y estableció de nuevo una comparación que atravesó prácticamente todo su relato vital. Hablando del maltrato sufrido cuando era niño fue tajante: "Eso no lo hacen ni los animales".

El Marcos que relataba su historia en Sanabria no idealizaba el regreso a la civilización. Para él, ser encontrado no había significado exactamente ser rescatado.

Recordaba que se defendió de quienes fueron a buscarlo de la única forma que conocía: mordiendo. Después llegaron las ataduras, la mordaza y el traslado a Fuencaliente.

Comenzaba otra vida, pero él no conocía sus reglas.

"Me trataron como a una cobaya"

La reintegración fue traumática.

Marcos tuvo que aprender costumbres elementales de una sociedad que le resultaba completamente ajena. No comprendía el dinero, rechazaba los zapatos y asociaba determinados objetos con peligros que había aprendido en la montaña.

"Cuando intentaron cortarle el pelo con una navaja, por ejemplo, trató de morder al barbero porque relacionaba aquel filo con matar. Tuvieron que sentar delante de él a otra persona y cortarle primero el pelo para que entendiera qué pretendían hacer", escribió Saavedra.

También recordaba con amargura los exámenes y observaciones a los que fue sometido después de su captura. "Me trataron como a una cobaya", dijo en aquellas jornadas de Ungilde.

Su llegada al mundo de los hombres tampoco acabó con los abusos. De adulto aseguró haber sufrido engaños precisamente porque no comprendía conceptos como el valor del dinero ni muchas de las convenciones sociales.

De repente había pasado de una infancia detenida en las montañas a las obligaciones de un adulto. Una frase con la que lo explicó en Zamora resumía el absurdo que él mismo encontraba en aquel proceso: "Hice la comunión y al día siguiente me mandaron a hacer la mili".

El "niño lobo" vuelve a Sanabria

Marcos regresaría a la provincia en 2015 para encontrarse esta vez con un público muy diferente.

En otra de sus visitas recogidas por LA OPINIÓN-EL CORREO DE ZAMORA pasó varios días junto a los cerca de 190 niños del Campamento Diocesano de Sanabria, organizado por la Delegación de Enseñanza.

Para muchos de aquellos jóvenes, el hombre que tenían delante era ya un personaje conocido. Su vida había llegado a las salas de cine en 2010 con Entrelobos, la película de Gerardo Olivares protagonizada por Juan José Ballesta y en cuyo rodaje había colaborado el propio Marcos.

Pero delante de los chavales no había un personaje cinematográfico.

Durante cuatro días convivió con los participantes del campamento, respondió sus preguntas y compartió episodios que habían quedado fuera de la película. No ocultó tampoco algo que había repetido muchas veces durante su vida: había deseado regresar a Sierra Morena.

La despedida convirtió aquella visita en una de las estampas más singulares de su relación con Zamora. Cerca de doscientas gargantas comenzaron a aullar juntas en Sanabria para decir adiós al "niño lobo".

La sorprendente historia del "niño lobo"

La sorprendente historia del "niño lobo" / Archivo

Marcos se emocionó.

Perdonar al padre que lo entregó

Había otro episodio del que Marcos hablaba sin el resentimiento que cabría esperar.

Era su padre.

Cuando fue recuperado de Sierra Morena, recordaba que le plantearon denunciarlo por haberlo entregado siendo un niño. Un sacerdote le aconsejó que perdonara y él aseguraba haberlo hecho. "Estoy orgulloso porque nunca tuve rencor", contó a este periódico.

Del monte a una vida contada miles de veces

Su fallecimiento devuelve ahora a la hemeroteca de LA OPINIÓN-EL CORREO DE ZAMORA la voz de aquel hombre que varias veces atravesó la provincia contando la misma historia y que, pese a haberla repetido innumerables veces, continuaba sorprendiendo a quien la escuchaba.

En Zamora habló de los lobos, pero casi siempre acabó hablando de los hombres.

Y cuando trataba de explicar la diferencia, regresaba una y otra vez a lo esencial: compañerismo, protección mutua y respeto. Las reglas de aquella manada de Sierra Morena que Marcos Rodríguez Pantoja nunca terminó de olvidar.

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