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Crónica negra zamorana (III)

El linchamiento que conmocionó a Villalcampo: la historia de Manuel Lorenzo y una tarde de «barbarie»

La intervención de la Guardia Civil evitó un linchamiento en Villalcampo, pero la tensión persistió hasta la muerte del hombre

Crónica negra zamorana (III). Muerte en Villalcampo

Crónica negra zamorana (III). Muerte en Villalcampo

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Raigambre

La tarde del 26 de octubre de 1935 en la localidad de Villalcampo nada hacía presagiar que antes de que terminase el día, el nombre de aquel pueblo alistano aparecería en los periódicos asociado a un suceso que los propios cronistas calificarían de "barbarie".

Todo empezó cuando Manuel Lorenzo iba caminando hasta su casa cargando con un saco sobre su hombro. Tenía unos treinta y cinco años, estaba casado con Isabel Lorenzo, era padre de varios hijos y según algunas de las informaciones publicadas en prensa días después, poseía "malos antecedentes". Aquella tarde, varios vecinos lo vieron pasar con el saco y sospecharon que en su interior llevaba una oveja que acababa de robar.

Acto seguido, Francisco Lorenzo, Vicente Garzón Domínguez y otros vecinos de Villalcampo salieron tras él. Manuel, al verse increpado, no se detuvo a dar explicaciones, echó a correr, los otros corrieron detrás mientras le arrojaban "boñigas de las caballerizas" según declararía días después uno de los hijos del perseguido.

En Villalcampo, pueblo en el que todos se conocían, éste y cualquier altercado adquirían la calidad de dimensión pública en cuestión de pocos minutos. Y así aquella persecución fue atrayendo cada vez más miradas y participantes, y a lo que unos preguntaban qué sucedía, el resto repetía que el Manuel había sido sorprendido con una oveja robada.

Finalmente Manuel consiguió alcanzar su casa. Allí estaban su mujer Isabel y sus hijos. Pero sus perseguidores no se marcharon. Por el contrario, fueron llegando más y quedando la casa rodeada. Desde el exterior se gritaba contra Manuel y los suyos y pronto empezaron a volar las piedras descontrolándose la situación.

Una pedrada alcanzó a la mujer, mientras que uno de los hijos recibió algo mucho más grave, un disparo de escopeta en el vientre, que le produjo una herida de extrema consideración. Manuel también había recibido numerosos golpes, y en medio de todo aquello, intentó huir, pero fue alcanzado. Acto seguido lo llevaron hasta una viga con la intención de ahorcarlo.

Prepararon la soga y se dispusieron a colgar de ella al hombre al que unas horas antes habían visto atravesar Villalcampo con un saco al hombro. Entonces apareció la Guardia Civil. La llegada de los agentes interrumpió el intento de ahorcamiento. Consiguieron arrebatar a Manuel de manos de sus perseguidores y se hicieron cargo de él. Debió de producirse entonces uno de esos breves momentos en los que parece que la realidad recupera el juicio. Manuel seguía vivo.

Uno de sus hijos necesitaba urgentemente asistencia médica, su mujer también estaba herida, y los agentes comprendieron que mantener al Manuel y los suyos en Villalcampo podía resultar extremadamente peligroso. Sin embargo el traslado familiar no se produjo hasta que el médico de la contorna, pasando por encima la negativa de las autoridades civiles del pueblo, determinó evacuar a Manuel y al hijo que había recibido el disparo en el vientre, recurriendo para ello a un vehículo sanitario perteneciente al servicio de los Saltos del Duero (nombre de la empresa pública -a la postre Iberdrola- encarga de la gestión de las presas hidroeléctricas del Duero, cuya obra fundacional fue el Salto de Ricobayo, operativo ya en 1934 y muy próximo a la localidad de Villalcampo).

Ambos fueron introducidos en el automóvil bajo custodia de la Guardia Civil y el coche se puso en marcha. Detrás del vehículo comenzó a correr gente. La escena que describen las informaciones de aquellos días resulta difícil de concebir con hombres, mujeres y niños absolutamente enfurecidos persiguiendo al automóvil por todo el pueblo. El vehículo trató de avanzar, pero finalmente la multitud lo alcanzó y lo rodeó, encontrándose los guardias encerrados dentro de un círculo de paisanos que exigían que el Manuel les fuese entregado. El conductor recibió órdenes de continuar, pero hacerlo significaba abrirse paso atropellando a la gente.

Entonces llegaría la amenaza. Según publicó Heraldo de Zamora, se advirtió al chófer que, si intentaba mover el automóvil, lo quemarían con todos los que estuvieran dentro. El coche quedó inmovilizado. Intervinieron el alcalde y el juez municipal. Intentaron contener a sus vecinos y restablecer el orden. No lo consiguieron. La multitud quería al Manuel. Y finalmente llegaron hasta él y lo sacaron del vehículo.

Entonces comenzaron los golpes. Cayeron sobre Manuel palos y piedras. Manuel Lorenzo quedó tendido en el suelo. Tenía treinta y cinco años. Había muerto, y sólo cuando la violencia se hubo consumado completamente, es cuando comenzó a recomponerse la autoridad que durante aquellas horas había sido incapaz de contenerla.

Crónica negra zamorana (III). Muerte en Villalcampo

Crónica negra zamorana (III). Muerte en Villalcampo / IA

Horas más tarde, la mujer y el hijo herido fueron trasladados al Hospital Provincial de Zamora. Allí aparecería una segunda versión de aquella tarde, particularmente valiosa porque procedía de alguien que la había vivido desde dentro. Era la de Ángel Lorenzo Lorenzo, hijo de Manuel, de dieciséis años, el mismo que había recibido el disparo.

El rapaz relató que, al regresar del campo, encontró a varios vecinos persiguiendo a su padre. Recordaba que este logró refugiarse en casa para cambiarse la ropa manchada por los excrementos equinos que le habían arrojado, así como el verlo herido. Guardaba también en la memoria el disparo recibido (aunque no a su autor), la lluvia de piedras y la desesperada búsqueda de refugio de toda la familia. Igualmente relató como su padre llegó a ocultarse en un pajar, pero que lo encontraron y seguidamente intentaron ahorcarlo, aunque si bien aquella intentona quedó frustrada. Varias horas después, y tras una falsa calma, el médico del pueblo determinó que él y su padre fueran llevados hasta Muelas del Pan (población anexa a Ricobayo) donde existían unas dependencias médicas a cargo de Saltos del Duero.

En su testimonio Ángel atribuyó a su padre unas terribles palabras pronunciadas dentro de la ambulancia cuando éste comprendió que sus perseguidores no iban a detenerse,

"Dejad que me maten y os salvaréis vosotros".

Hay, sin embargo, una ausencia muy llamativa en lo que contó el muchacho. Ángel no habló nunca de ninguna oveja. Tampoco del saco ni de los "malos antecedentes" que otras informaciones atribuían a su padre. La omisión merece señalarse, pero no permite dictar sentencia. Es posible que el muchacho quisiera proteger la memoria del Manuel después de lo sucedido, aunque también es posible que rechazase la versión difundida por quienes habían participado en la persecución. Las fuentes conservadas permiten constatar la contradicción, pero como casi siempre imposibilitan resolverla.

Días más tarde llegaron las detenciones. La Guardia Civil arrestó a varios de los considerados promotores de los hechos. También fueron detenidos el alcalde y el juez municipal de Villalcampo, pues debía esclarecerse su actuación durante aquellas horas. Los arrestados fueron trasladados a Alcañices y puestos a disposición judicial. Y Villalcampo recuperó "aparentemente" la calma.

Quedaban una mujer herida, un muchacho con un disparo en el vientre, varios detenidos y una familia rota. Quedaba también aquella primera imagen, casi insignificante cuando se compara con todo lo que vino después, de un hombre con un saco al hombro y unos vecinos convencidos (con razón o no) de que dentro llevaba una oveja robada. Puede que la llevase. Puede que Manuel Lorenzo tuviera los antecedentes que le atribuía la prensa y los "dicires" locales, pero todas estas cuestiones, que en aquella tarde parecían justificarlo todo, acabaron convertidas en las partes más pequeñas e injustificables de este nuevo "Fuenteovejuna" del Antiguo Reino de León.

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