Entrevista | David Adalid Banderillero
David Adalid, banderillero: "Se debería recuperar el bolsín de Zamora y hacer una escuela taurina en Toro"
"Mis conceptos y mis códigos han sido basados siempre, tanto en la plaza como fuera de ella, en la verdad y en la pureza"

El banderillero David Adalid, en la ganadería zamorana «Toros Villalpando». | C. T.
David Adalid, madrileño de San Martín de Valdeiglesias y "toresano consorte", lleva toda una vida dedicado a la tauromaquia. Este año cumple 30 como banderillero tras una década en la que, previamente, fue novillero sin caballos.
Cumple 30 años en la profesión como banderillero, que se dice pronto…
30 años de banderillero y otros diez que intenté ser torero, pues 40, toda una vida. Tenía unos dos años y estaba ya con las toallas o con el trapo de la cocina toreando y, en el colegio, cuando nos preguntaban qué queríamos ser de mayores, yo tenía muy claro que torero.
Ya en serio empiezo a los 10 años de la mano del matador de toros Fernando Rivera, empiezo a entrenar con él y es quien me enseña a torear de salón y demás. Con 11 años, empiezo a torear becerras en el campo, y con 12, estaba matando becerradas. Con 13 años, ingresé en la Escuela de Madrid y me quedé a las puertas de debutar con picadores.
Cuando volví de la mili, por las circunstancias en mi casa, yo no podía estar con el romance de torerito. Tuve que ponerme a trabajar y decidí que tenía que coger otro camino y me hice torero de plata, empezando desde menos cero.
¿Cómo condensaría en unas pocas palabras esos 30 años?
Creo que mi carrera ha sido la entrega, superación, pureza, que es lo que me ha llevado a ser lo que soy ahora. Sobre todo, de superación porque, cuando empiezas en una profesión sin nadie que te ayude ni que te la enseñe, sino que tienes que ir solo, como yo lo viví con 20 años, porque yo tenía un vestido de torero y a mí me cogían todos los días dos o tres veces, pero nadie me corregía ni me enseñaba. Todo eso ha sido un aprendizaje y un concepto que he ido haciendo yo porque no he tenido a nadie. En la Escuela de Madrid me enseñaron a banderillear, pero los registros en el oficio y en la técnica eran mínimos; cuando me hago torero de plata, es cuando empiezo a coger ese oficio y esa técnica a base de que me cojan los animales y a base de ir haciendo el concepto.
La palabra sería la de superación, de evolucionar, de amar esta profesión y de no aburrirte, que cuando estás en medio del mar en una balsa tú solo, aguantar un año tras otro se hace duro. Los compañeros toreaban en Madrid y a mí me costó mucho entrar, creo que llevaba ocho años de banderillero y yo decía "a ver si es que no voy a servir para esto". Fíjate qué sensaciones, lo veía tan lejos para mí y, claro, a esos compañeros les tenía un respeto y una admiración grandiosos.
¿Esa pureza y verdad de las que habla son el concepto al que se refiere que ha ido buscando con su autoaprendizaje?
Exacto. Lo decía el maestro Juan Belmonte: se torea como se es y se es como se torea. Cuando uno quiere expresar en la plaza una verdad, una pureza, creo que, en la calle, es lo mismo. Tu concepto va a ser de verdad y de pureza, no podemos expresar una cosa que no somos.
El toreo nace en la barriga, en un sentimiento y en una expresión que es lo que tienes que sacar adelante. Mis conceptos y mis códigos han sido basados siempre, tanto en la plaza como fuera de ella, en la verdad y en la pureza.

Adalid, poniendo un par de banderillas. / CEDIDA
Ha hecho más de 100 paseíllos en Madrid y se ha desmonterado unas 80 veces, ¿satisfecho?
Totalmente, porque tendré una situación de torear más o menos, pero creo que he demostrado y me he demostrado a mí mismo que condiciones y capacidad para ser torero y para estar en esta profesión he tenido y tengo.
Lo que sí he tenido claro, y vuelvo a hablar de la verdad y de la pureza, que lo que me gusta es que sea tratado de torero, eso sí que lo busco; si veo un torero donde no me van a tratar como torero que soy, que para mí es la palabra más grandiosa que hay, prefiero torear suelto. Con los toreros que tengo alrededor siento ese respeto, esa torería, esos conceptos y esos códigos; en eso sí soy muy romántico, muy bohemio y estoy muy anclado en la tauromaquia más añeja, donde había unos valores, una ética, una profundidad de todo muy grande porque te juegas tu vida.
Esto tiene que tener un sentido grande, pero, sobre todo, para tu alma. Todo lo que he ido consiguiendo me ha hecho sentirme superfeliz, muy torero y querido y respetado por profesionales y por aficionados, que creo que es lo más bonito que hay.
En 2013, dio la vuelta al ruedo en Madrid junto a sus compañeros de cuadrilla, algo que no había pasado nunca, ¿es uno de los momentos más bonitos de su carrera?
Sí, ese día fue mágico. Yo me siento un torero de plata de Madrid, totalmente reconocido y querido. Aquella tarde, que en Madrid, la plaza más importante del mundo, 24.000 almas pidieran una vuelta al ruedo con el toro vivo no había pasado en la vida.
A mí me costó 14 años entrar en todas las ferias, empezar en la feria de Castellón y acabar en Zaragoza, esa vuelta al ruedo era acordarme de mi abuelo Julio, que fue el primer creyente en mí y me habría encantado que lo viera, y de poner sentido a esos 14 años, volvería a pasar otros 14 años igual por el Valle del Terror, por pueblos de Toledo, de Guadalajara, de Ávila,... por volver a vivir esa vuelta al ruedo.
Quiso ser torero, pero, después de todo esto como rehiletero, ¿siente que este era su camino o aún le habría gustado ser matador de toros?
Me encanta torear, voy al campo y me encanta coger una muleta y pegar 20 pases a un animal, pero siempre he intentado ser una persona muy realista y muy seria conmigo mismo. Para ser torero, aparte de hacer falta unas condiciones y cualidades tremendas, hay que tener un valor muy gordo, con un corazón tremendo, y creo que en esa etapa, todo eso me faltaba.
Y yo creo que no me he equivocado; si volviese a nacer, me volvería a poner esta misma vida. Sé que soy torero, me encanta torear con la muleta, pero respeto y admiro mucho a los matadores de toros. Soy muy feliz, me hace sentirme torero, me hace sentirme persona, lo disfruto mucho con mi familia, con Beatriz, mi mujer, que es otra loca del toreo, y tengo la gran suerte de poder vivir el día a día de torero a su lado, porque en mi casa se habla de toros las 24 horas.
Precisamente, está vinculado a la provincia por matrimonio, ¿cómo se siente aquí?
Superquerido. Me encanta el vino de Toro, me aficionó Beatriz, y me encanta la gente, yo me siento muy de Toro, de Zamora, porque, desde el primer día que pisé, sentí el trato y el cariño de la gente, siento el respeto, la admiración, la amistad, tengo grandes amigos.
Hay una afición tremenda. Además, tengo un vínculo con el maestro Molinero, que ha aportado tanto a mi carrera y era de Zamora, y la primera escuela taurina estuvo aquí, creo que tenemos un hilo muy bonito. Me encantaría que hubiera una escuela taurina en Toro, creo que es vital que se recuperara ese bolsín taurino que Zamora tenía, creo que una escuela a todo eso le iba a dar mucha vida. Zamora ha sido una tierra de muchas novilladas sin caballos, hay muchísima afición y creo que esas dos piezas son importantes.
Y ha tenido la oportunidad de torear en plazas de la provincia...
Sí, en Toro, en Zamora capital, Fuentesaúco, Villalpando,.. y me ha permitido ver una afición muy pura, sabiendo ver el animal y al torero, ese equilibrio tan importante de analizar. Veo grandes aficionados y es una tierra en la que me gustaría torear todos los años.
Su lema es "triunfar o morir", ¿ese es su modo de vida?
Totalmente. Sin ese lema, hubiera sido imposible. Ha significado todas las cosas bonitas, pero también siete cornadas, dos de ellas, más pegado a la muerte que a la vida; el tributo que pagamos los toreros es con sangre, también es la grandeza del toreo. Sin ese lema en mi cabeza, creo que no habría podido ser capaz de llegar a ser el que soy.
Muchas veces, mi mujer me dice "en tu vida no existe el gris". O quiero o no quiero, amo o no amo, me gusta o no me gusta. Y hay muy pocas veces que Adalid tenga el gris, es todo o nada y es eso, triunfar o morir. Y creo que la vida, la profesión, me ha ido mostrando que ese lema ha sido muy importante y ha sido el que me ha hecho llegar donde estoy.
Desde hace unos años, es profesor en la Escuela Taurina de Navas del Rey (Madrid), ¿cómo vive esa otra vertiente profesional?
Desde siempre me enseñaron que ser torero conlleva unos compromisos, y unos compromisos de aportación a la tauromaquia, de seguir dejando un legado en ella. Llegará un día en que no estemos, pero que cada uno vayamos dejando de ese legado que nos han ido dejando los antiguos.
Para mí, la escuela taurina era un poco el compromiso de que debía algo a la tauromaquia y creo que la mejor manera en que lo podía devolver es poner mis conocimientos, enseñar la profesión, transmitirla y dejar ese legado que nos han dejado. No es fácil, pero tiene unas sensaciones muy bonitas de transmitir y de formar toreros, de verles la evolución y el crecimiento; haber contribuido en su carrera y haberles aportado ese granito de arena me hace sentirme muy feliz, sobre todo, porque sé que estoy devolviendo una parte mínima de todo lo que la tauromaquia me ha dado a mí.
¿Cómo de importante puede ser para estos jóvenes contar con el apoyo y la referencia de alguien como usted? ¿Y cómo de importante para usted ser ese espejo?
Sobre todo eso, el mostrarles yo creo que la falta de lo que yo tuve: que muchas veces uno se equivoca en este camino, en momentos, en acciones, en cosas porque nadie te está enseñando el camino que es. Eso es lo que intento evitar e intento que vayan aprendiendo la profesión de atrás, desde cómo trazar un muletazo o cómo pegar una verónica, pero para mí es muy importante también ese legado de la tauromaquia, esa liturgia, esos conceptos, ese ritual..., para mí todo eso es lo que es ser torero, que sean toreros dentro y fuera de la plaza. Intentar que en la profesión, que es la más dura, los caminos los tengan lo más llanos y limpios posibles y luego, si se tienen que equivocar, que se equivoquen, pero que no tengan sensaciones como las que yo tuve porque yo no tenía nadie que me corrigiera. Lo que intento es que respeten a la tauromaquia, al toreo, que sean muy fieles a ellos mismos y que no se engañen ni se dejen engañar, y que vayan creciendo como personas y como toreros.
Con sus alumnos, suele frecuentar la provincia de Zamora para hacer campo. ¿Por qué aquí?
La vida me ha puesto tres personas, Paco y los ganaderos de Toros Villalpando, Jesús y José, que tienen una comunión con la escuela muy bonita, tienen un alma y un corazón muy generosos, ya son varios los años que llevan ayudando a muchos alumnos y su ganadería siempre la ponen a disposición de la escuela.
Es su laboratorio, pero es el nuestro también, donde ellos pueden evolucionar y crecer como toreros. Los toreros luchan por esa puerta grande, pues es una ganadería en la que entras por la puerta grande.
¿Cómo está yendo su temporada como banderillero?
Muy ilusionante. Llevo unos 15 festejos toreados, este año estoy toreando suelto, pero con toreros que me ilusionan mucho, como Sergio Rodríguez, un torero joven que tiene mucho que decir y le tengo muchísima fe; con el maestro Rafael Cerro, otro torero más veterano, pero que está en un momento de verlo y con unas condiciones tremendas para funcionar. He toreado también un festival con el maestro Julio Aparicio, que me ha hecho sentirme un torero. Y tanto con Jesús Moreno como con Pepe Luis Cirugeda y novilleros de la Escuela de Navas del Rey. La verdad es que me ilusiona mucho y todos me hacen sentir que soy torero.
¿Hay algún matador de toros que a lo largo de su carrera que le haya marcado especialmente?
Sí, todos han ido dejando. Me ha encantado irme empapando de la tauromaquia y me han aportado muchísimo para la profesión, con la admiración que tengo a todos los matadores de toros. Torear con el maestro Frascuelo, ese sabor añejo, hacer esos esfuerzos con esas corridas de toros, que he tenido el gran placer de ir en su cuadrilla y matarlas a su lado, me hace sentir cosas muy bonitas y muy especiales del toreo. Con el maestro Ferrera, me han mostrado también grandeza del toreo, conceptos y formas que te dejan enamorado de la profesión.
Y Javier Castaño, Morenito de Aranda,... toreros que a lo largo de mi carrera me han ido aportando y han ido sumando para ir creciendo la profesión. Estamos en una profesión que es el universo, si uno tiene humildad y afición, no deja de aprender en esta profesión. De todos estos matadores he aprendido mucho, me han servido mucho y sigo aprendiendo de los de ahora y van sirviendo para, en ese universo tan grande que es la tauromaquia, seguir evolucionando y seguir creciendo.
Se dice que los toreros tienen una faena soñada, ¿usted tiene un par de banderillas soñado?
Sí tengo. El banderillear lo más despacio posible, el llegar a esa perfección que todos buscamos. Todos buscamos esa perfección, pero la vuelta al ruedo en Madrid me enseñó en mi profesión y para la vida que para llegar a la perfección tiene que existir la imperfección. Y, muchas veces, no nos fijamos en nada más o intentamos buscar lo perfecto; no, nos vamos a tener que equivocar y en esa imperfección es donde va a estar la evolución para llegar a esa máxima perfección. Creo que me quedan todavía muchas cosas por equivocarme y muchas cosas por crecer y poner ese par de banderillas tan soñado.
¿Cómo de cerca o de lejos ve su retirada?
Cada vez que lo pienso, con pena y con tristeza y con miedo. Quizás es de las cosas que más miedo me están dando de la profesión porque voy a cumplir 50 años y, como máximo, me quedan cinco porque nos jubilamos a los 55.
Ver cómo me siento: joven, fuerte, todavía capaz de hacer cosas importantes a los toros, de vestirme de torero, de pasar esas líneas rojas, esos miedos, esas ilusiones, esos sueños,... pensar que me quedan cinco años me da miedo porque soy muy intenso, muy pasional, y mi preocupación es si, cuando pasen estos cinco años, voy a saber coger mi sitio de la vida y si voy a saber, con mis conceptos, mis códigos, mis formas..., con 55 años, dejar de vestirme de torero, dejar mi vida apartada. Me da miedo pensarlo, intento no hacerlo porque es de las cosas que más miedo me ha dado de esta profesión, ser consciente de que dentro de cinco años no me volveré a vestir más de torero.
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