Benegiles, remanso en tierra fértil del Valderaduey
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Vista general de Benegiles / J. S.
l JAVIER SAINZ
Junto al río Valderaduey, en su margen derecha, existe un enclave fértil y acogedor, ocupado de antiguo por el pueblo de Benegiles. Se percibe aquí un profundo sosiego generado por sus características orográficas. Pese a que todo el entorno se presenta abierto e ilimitado, estos espacios se excluyen de la monotonía dominante. Un par de cadenas de cerros, una por cada lado, rompen la tiranía de la llanura, a la vez que actúan de baluartes protectores. Sus laderas aparecen ocupadas por pinares de repoblación, con ejemplares que en algunos casos ya han conseguido destacada frondosidad. Se agregan así profundos tonos verdes, bien apreciables cuando los ardores estivales agostan sembrados y barbechos. Llegar hasta aquí es sumamente fácil, pues sólo hay que recorrer 16 kilómetros por la carretera que desde la capital zamorana comunica con Villalpando, siendo el segundo pueblo que se atraviesa.
Evocando la historia local, se tiene constancia del paso de grupos humanos por estos parajes desde la más remota antigüedad. En el alto de la Cruz se han localizado diversos fragmentos cerámicos de la época vaccea. Ya de tiempos de la conquista romana, en el teso de la Mora, dentro del término de Molacillos, pero bien cercano a Benegiles, subsisten dos notables cisternas del siglo I antes de Cristo, vestigio de un asentamiento de las legiones que debieron de participar en las guerras contra los cántabros y los astures.
Avanzando hasta la Edad Media, tras la reconquista y consiguiente repoblación de la zona, perduran noticias de la existencia del pueblo desde al menos el 15 de agosto del año 1167. En esa fecha, una dama hacendada, llamada Sol Ramnádiz entregó a la Catedral de Zamora y a sus canónigos diversos bienes ubicados en esta localidad y en otras cercanas. Meses más tarde, ya en el año 1168, una nueva benefactora, María Románez, cedió las tercias que poseía sobre el templo local también a la sede zamorana de El Salvador y a su obispo Esteban, que era quien regía la diócesis en aquellos momentos. Posiblemente esas donaciones sirvieron para sufragar las obras de la propia catedral cuya construcción se había iniciado en 1151. Los informes señalados se hallan recogidos en el códice conocido como Tumbo Negro.

Cauce del río Valderaduey en Benegiles. / J.S.
Al situarse el pueblo contiguo con el cauce del Valderaduey, sus gentes soportaron a lo largo de los siglos desastrosas riadas. Una de las más dañinas ocurrió en la Nochevieja de 1961, pues destrozó el puente viejo y anegó gran parte del casco urbano, derribando varias casas, incluidas las escuelas locales que se habían inaugurado dos años antes. En un intento de subsanar definitivamente esos peligros se procedió a dragar y rectificar el lecho fluvial, hasta entonces muy sinuoso, con meandros sucesivos. El impacto paisajístico provocado fue muy intenso y ha tardado mucho tiempo en camuflarse. A su vez, con esas obras se eliminó el llamado Puente Romano, de evocadora estampa, levantado en piedra posiblemente en el siglo XVIII. Fue sustituido por otro de hormigón, actualmente en servicio, con cinco vanos adintelados de mucha mayor capacidad de drenaje, pero desprovisto del encanto del perdido. No obstante, en nuestros días, al hallarse el lecho actual relleno de nuevo con carrizos y otros cañaverales, su facilidad de desagüe ha vuelto a disminuir. Por ello, en años cercanos, como el 2010 y el 2016, se han vuelto a producir nuevos desbordamientos.
Enigmático es, en cuanto a sus orígenes y significado, el propio nombre local. Los estudiosos de la Toponimia sospechan que pudiera derivarse de vocablos árabes. Acaso proceda de "Bani" con la acepción de "hijos" y un nombre propio de persona, acaso un mozárabe; pero no existe una convicción absoluta. En las menciones más antiguas el pueblo aparece designado como Venexeres, cambiando a Venexires en 1421. El Benegiles actual, registrado indistintamente con b o v, aparece tardíamente, ya en 1770, en el diccionario histórico y geográfico de la provincia elaborado por el funcionario real Tomás López.

Plaza Mayor y Ayuntamiento de Benegiles. / J. S.
El término local incluye los territorios de viejos desolados. Se tiene constancia de la existencia de Villamunio y de Figueruela, aldeas situadas en las cercanías del río y que quedaron yermas desde antiguo. La última se ubicó contigua con la raya de Aspariegos. Algo parecido debió de suceder con Carricueva o Carralcueva, lugar que se transformó en dehesa, íntegra hasta su parcelación moderna. Se señala que este latifundio fue propiedad de la Orden de Santiago. No obstante de él también se indica que a finales del siglo XIV perteneció a Sancho Bernal. Por herencia recayó después en María Bernal, la cual se lo vendió a Pedro Yáñez Docampo en el 1403. Contó con una ermita consagrada a la Vera Cruz.
Al recorrer el casco urbano local comprobamos que la mayor parte de sus casas se han edificado de nueva planta o han sido intensamente remodeladas. Entre las recién construidas, algunas descuellan por sus ampulosos diseños y llamativo alarde. Tradicionalmente los edificios se levantaron con tapial, reforzado con ladrillo en esquinas y recerco de los vanos. Entre todos los inmuebles antiguos, en la calle del Puente sobresale una vivienda de mayor empeño, provista de una amplia fachada construida con sillería de arenisca perfectamente escuadrada. Posee una especie de zaguán o portalillo externo, con poyos para el descanso, al que se accede por un amplio arco que exhibe una voluta de doble espira cincelada en su clave. A su vez, el vano de la puerta aparece enmarcado con impostas con orejeras. A todo lo señalado hay que agregar las hermosas y sólidas rejas que protegen sus ventanas.

Iglesia de Santo Tomás Apóstol en Benegiles. / J. S.
La iglesia parroquial de Santo Tomás se halla un tanto descentrada respecto a los demás edificios locales. Su exterior se muestra sobrio, formado por una cabecera cuadrada que destaca en altura, dotada de contrafuertes en las esquinas. A ella se une el cuerpo más ancho de la nave, con una espadaña de tres vanos y remate angular, erguida sobre el costado de poniente. Observando con detalle, apreciamos que los muros de la señalada nave son románicos, probablemente de finales del siglo XII, pero la cabecera procede de una reconstrucción realizada probablemente en el XVI. Esos muros primitivos mantienen los aleros apoyados en los característicos canecillos. Algunos aparecen ornados con largas hojas, pero otros contienen rollos, bolas o figuras de personas o de animales, muy desgastadas por la erosión. La portada se abre en la fachada meridional, amparada por un angosto pórtico. Se forma con el arco de entrada, de medio punto, y dos archivoltas envolventes, carentes de cualquier detalle ornamental. No existen impostas de separación con las jambas, pero es muy posible que sí las hubiera antaño y fueron eliminadas. La presencia de una hilera de sillares más angosta así parece indicarlo. En una de las esquinas del portalillo, justo debajo de los canecillos, encontramos una enigmática cabeza humana cobijada dentro de un arquito. Alguien se ha atrevido a decir que puede reproducir la figura de un rey.
Ahora ya en el interior, muy limpio y bien cuidado, todas las superficies murales muestran la piedra desnuda, de una cálida tonalidad sumamente acogedora. Como techumbres, la capilla mayor presenta una bóveda de crucería de ocho plementos, cubriéndose la nave con una armadura sencilla de madera. Realmente magnífico es el conjunto de retablos existente. El más grande y suntuoso es el del altar mayor, el cual combina con dos gemelos colocados en las esquinas existentes a ambos lados del arco triunfal. Los tres muestran decoración rococó, muy abigarrada, realzada con dorados rutilantes. Sobre el principal se sabe que fue ejecutado en 1751 por el ensamblador José Rodríguez Losada y el tallista Isidoro de Bime. Su coste fue de 3700 reales. De los laterales, el del lado de la epístola está dedicado al Santo Cristo y el otro a San Antón. La escultura de este santo protector de los animales fue realizada en la segunda mitad del siglo XIX por el famoso imaginero Ramón Álvarez.

Retablo de la iglesia de Benegiles. / J. S.
El nicho central del retablo mayor sirve de trono para una valiosa imagen de la Virgen, denominada Nuestra Señora tras del Río, efigie de intensa devoción local. Es una pequeña talla, posiblemente del siglo XIV, que muestra sedente a la Reina de los Cielos, portando a su hijo sobre la rodilla izquierda. El divino infante aparece un tanto girado hacia su madre, en un indicio de comunicación y diálogo entre ellos. Sobre la historia de esta pieza se cuenta un relato a medias real y legendario. Dicen que fue hallada milagrosamente en espacios situados frente al actual pueblo, al otro lado del río, de ahí su nombre. Aseguran también que fueron unos cerdos, hozando en el suelo, los que desenterraron la figura mariana, la cual había estado oculta allí desde tiempos inmemoriales. Las gentes del pueblo recogieron la efigie con fervor y alegría, llevándola a la iglesia local. No obstante, ella tornó sola al lugar de su hallazgo. Lo hizo para indicar que trasladaran también una reliquia que ahí había quedado abandonada. Juntas ambas piezas fueron guardadas en el templo principal, ya sin volver a escaparse a su escondrijo. Testimonio de la veneración con la que la honran es la fiesta que le dedican el 9 de mayo. Su acto más excelso es la solemne procesión por las calles locales.
Documentalmente quedan noticias de que esta advocación mariana contó con una ermita sobre aquel paraje de su aparición, la cual perduró hasta el año 1786, fecha en la que fue derribada. Por esa zona y en otros enclaves se han hallado tumbas medievales de lajas.
Uno de los espacios urbanos más concurridos es la Plaza Mayor. Posee una pequeña glorieta central dotada de un jardinillo y árboles de sombra. En uno de sus laterales se emplaza la sede del ayuntamiento, amplio edificio de dos plantas, colocado en esquina, provisto de un balcón en su planta superior y con el reloj público en lo más alto. Otro lugar público atractivo es el frontón, junto al cual se sitúa un parque infantil bien dotado y otro biosaludable. Existe a su vez un largo y agradable paseo paralelo a la calle del Río. Queda protegido de los vientos, animado con árboles de sombra y provisto de oportunos asientos.
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