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Lee completa la homilía del sacerdote de Aliste, Teo Nieto, del Domingo de Corpus Christi, 7 de junio de 2026

La Iglesia invita a reflexionar sobre las excusas que impiden la comunión eucarística y a acoger el llamado a vivir la fraternidad.

Escucha la homilía del sacerdote de Aliste, Teo Nieto, del Domingo de Corpus Christi, 7 de junio de 2026

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Hoy celebramos la solemnidad del Corpus. Y, en medio de esta celebración, resuena con fuerza la invitación de Jesús a entrar en comunión con él acogiendo como alimento para nuestra vida su cuerpo y su sangre porque, tal y como nos dice el texto de Juan que hoy hemos escuchado, “yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”.

Y en un día como hoy me gustaría que trajésemos a la memoria del corazón otro pasaje: el de los invitados a la boda que ponen excusas para no acudir. Si repasamos la versión de Lucas veremos cómo educadamente le dicen al que los invita: “He comprado un campo y necesito ir a verlo. Dispénsame, por favor. Otro dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor. Otro dijo: Me acabo de casar y, por ello, no puedo ir” (Lc 14, 18-20). Tienen que ocuparse de lo suyo, no pueden asumir la invitación al banquete, es razonable.

La razón por la que me ha venido a la memoria este pasaje es porque me ha surgido la pregunta de si no nos estará pasando a nosotros lo mismo: ¿no estaremos poniendo excusas, razonables según nuestros criterios, para rechazar la invitación del “tomad y comed”?

Puede que haya muchas razones por las cuales nos alejamos de entrar en comunión con Jesús sentándonos a participar activamente en el banquete de la Eucaristía, pero quizá hay dos fundamentales:

  • Por una parte, está la toma de conciencia de nuestra pequeñez, ser conscientes de que somos indignos (“Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa” serían las palabras que tenemos grabadas a fuego en el corazón). Sin embargo, él nos conoce bien y, a pesar de ese conocimiento, mantiene vivo su ofrecimiento como pan de vida, Cristo sigue invitándonos a comer su cuerpo. El Maestro, Dios, sabe de nuestra fragilidad (una fragilidad que no solo nos lleva al error, sino también al pecado) y -precisamente por esto- mantiene viva su invitación porque, tal y como él nos dice, “si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. Es razonable sentir que somos indignos, pero no hagamos de ello una excusa para rechazar su invitación al banquete de vida, porque su cuerpo es alimento para nuestro ser.
  • Pero, por otra parte (y esta es la razón que más me preocupa), puede que rechacemos esa invitación porque quizá nos da miedo (consciente o inconscientemente) lo que implica comer su cuerpo, entrar en comunión con él. Asumir la vida que él nos ofrece a través de su cuerpo y su sangre implica asumir como estilo de vida personal y comunitario, el estilo de vida que nos mostró con su propia vida: la entrega generosa en el amor, el camino compartido en la fraternidad y con un especial cuidado hacia los más débiles, las más vulnerables. Y esta es la radicalidad que supone lo que hoy nos ha dicho Jesús en el evangelio de Juan: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. Por eso a mí me gustaría que nos preguntásemos si, realmente, puede darse esta comunión solo con la contemplación.

Asumir que su presencia viva, real, entre nosotros no es como pieza de museo a ser colocada en vitrinas, sino alimento que, en la conciencia de quiénes somos, tomamos con humildad, nos tiene que llevar a dar gracias a Dios por su entrega generosa y salir a la calle. Hoy, en esta solemnidad, debería volver a resonar en nuestro interior las palabras de aquellos hombres de blanco que le dicen a los discípulos: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?” (Hch 1,11).

En un día como hoy es Cáritas quien toma la voz de eso dos personajes de blanco para sacarnos de nuestra parálisis, para removernos de nuestra comodidad con el grito de “elige amar. Elige comunidad”, que es el lema elegido para el día de la Caridad de este año, porque sentarse al banquete de la Eucaristía y vida comprometida desde el amor forman parte de la misma realidad.

Frente a un mundo que nos dice que la felicidad la encontramos en nuestro interior, un interior cerrado a las inclemencias del encuentro con el otro, un yo que siente en el otro no un hermano sino un extraño e incluso (si no es de nuestra cultura, un enemigo), hoy Cáritas nos lanza la invitación a vivir en el amor desde la comunidad. Es decir, nos está invitando a tomar conciencia de que la vida plena no es una meta para conquistar en absoluta soledad sino un camino compartido en fraternidad sintiendo, en ese camino, que transitamos a través de un paisaje en una casa común (el planeta) que no es escenario de una representación teatral sino parte de nuestro ser.

Celebremos con gozo este día de la Caridad, este día en el que nos recordamos la presencia viva de Cristo entre nosotras y, aceptando su invitación a entrar en comunión con él, salgamos a la calle para elegir amar, elegir comunidad.

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