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Raigambre

Tierra hermana: Miranda do Douro

Recreación de un hogar mirandés.

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Gustavo Rubio Pérez

Miranda parece portuguesa, y lo es, naturalmente. Sus banderas, su administración y su historia política moderna pertenecen a Portugal desde hace siglos. Pero bajo esa capa visible sobrevive todavía una pátina más antigua y leonesa que los tratados y las guerras no han conseguido borrar del todo.

Porque antes de ser portuguesa, Miranda fue parte del Reino de León en lo administrativo, lo militar, lo humano, lo lingüístico y lo cultural, y si queremos adentrarnos en el ser mirandés, hemos de retroceder hasta los siglos altomedievales cuando el occidente peninsular era todavía un territorio inestable, marcado por la repoblación y las disputas entre poderes cristianos. Durante el proceso expansivo del Reino de León hacia el sur y el oeste la actual Tierra de Miranda estaba entonces integrada en éste. Y es que Portugal aún no existía como reino independiente ( en 1143 se firmó el Tratado de Zamora, donde Alfonso VII de León reconoció oficialmente la soberanía portuguesa ante un legado papal) siendo de aquellas un condado vinculado a la corona leonesa, donde tanto las tierras de Miranda, como las de Zamora, Aliste o Sayago, formaban parte de un mismo mundo fronterizo y rural, organizado en torno al Duero y a viejas rutas ganaderas.

El surgimiento de Portugal como estado contribuyó a redefinir las relaciones de fuerza, aportando una nueva perspectiva al orden establecido. Afonso Henriques, figura fundacional del reino portugués, comprendió enseguida el valor estratégico de Miranda como atalaya natural sobre el Duero y llave militar frente al Reino de León. Por eso, en el siglo XII, el monarca portugués impulsó su fortificación y consolidación política. Desde entonces, Miranda pasó a convertirse en una plaza esencial en la frontera luso-leonesa.

Estas fronteras medievales eran zonas de tensión continua donde el poder cambiaba de manos con frecuencia, dependiendo la fidelidad en muchas ocasiones de que reino suponía la amenaza más directa para la zona en cuestión. En este sentido resulta obvio que Miranda sufrió ataques, ocupaciones y devastaciones especialmente en el contexto de las guerras entre León y Portugal. Algunas crónicas y tradiciones históricas señalan que las tropas leonesas (cuyo grueso estaba formado por milicias concejiles de Zamora y Salamanca) llegaron a arrasar la zona en torno al año 1200, ocupando el rey zamorano Alfonso IX de León temporalmente la plaza durante las campañas del primer tercio del siglo XIII.

Tierra hermana: Miranda do Douro

Tierra hermana: Miranda do Douro / J.N.

Aquellas guerras más que meros conflictos territoriales, eran luchas entre reinos hermanos que compartían lengua, religión y buena parte de sus estructuras sociales. De hecho, uno de los aspectos más fascinantes de la historia de Miranda es precisamente ése, la enorme dificultad para distinguir culturalmente a ambos lados de la raya, pues mientras los reyes combatían, la gente continuaba casándose entre sí, comerciando, cruzando el río y hablando variantes de un mismo tronco lingüístico.

Zamora desempeñó en esta historia un papel decisivo. La ciudad zamorana era como bien sabemos una de las grandes fortalezas del Reino de León y una pieza esencial en la defensa de la frontera occidental. Desde sus murallas se vigilaban los movimientos portugueses, y desde sus caminos partían expediciones militares hacia la raya.

Pero reducir la memoria de esta frontera a una sucesión de enfrentamientos es más que un error, puesto que su verdadera esencia reside en la trama de convivencia tejida a lo largo de los siglos. La raya fue y es, y sobre todo, un territorio de intercambio constante, donde las influencias se han dado con naturalidad desde hace siglos hasta nuestros días.

El ejemplo más evidente de esa continuidad cultural es la lengua mirandesa. El mirandés no es un dialecto portugués cualquiera, sino una lengua perteneciente al dominio leonés, es decir, un vestigio vivo de aquel espacio lingüístico que durante siglos vertebró al antiguo Reino de León. Por eso escuchar hablar mirandés produce en muchos zamoranos una sensación extraña y familiar al mismo tiempo. Hay palabras, giros y sonidos que recuerdan inmediatamente al habla sayaguesa, al leonés occidental o incluso a expresiones conservadas en los pueblos de Aliste, o en otras tantas latitudes de la geografía zamorana y del resto de León.

Y sí, durante siglos, las comarcas de Sayago, Aliste y Miranda compartieron una misma cultura de frontera, con la piedra como material esencial de construcción, con cortinas y cercados, con similar economía pastoril, semejantes tradiciones ganaderas, dándole una importancia capital al concejo, a las fiestas comunales, a las mascaradas, a la música de gaita y tamboril, a las danzas rituales y compartiendo hasta cierta manera grave, sobria y contenida de entender el mundo y la vida. Incluso la gastronomía mantiene ecos comunes en embutidos, asados, el buen pan y las recetas nacidas de una economía rural austera.

Esta frontera política quedó finalmente consolidada con el Tratado de Alcañices en el año 1297. Aquel acuerdo entre Fernando IV y Dionisio I de Portugal fijó buena parte de la frontera que todavía hoy separa a nuestros modernos estados. Pocas líneas fronterizas de Europa han demostrado una estabilidad semejante, aunque, incluso después de quedar definida jurídicamente, la raya ha continuado siendo un territorio profundamente permeable.

Miranda do Douro alcanzó asimismo una relevancia eclesiástica y administrativa notable dentro de Portugal. En el siglo XVI fue elevada a ciudad y convertida en sede episcopal. Aquella promoción transformó parcialmente la villa, dotándola de instituciones y edificios monumentales que todavía hoy reflejan su antigua importancia. La catedral de Miranda, austera y poderosa, parece levantarse además de como seña religiosa, como afirmación política de la presencia portuguesa en la raya.

A lo largo de los siglos, los habitantes de Miranda y de las comarcas zamoranas próximas han estado imbuidos en una relación ambigua donde han coexistido la vigilancia militar, el comercio y la familiaridad cotidiana. Hubo épocas de guerra y de tensión, especialmente durante las crisis entre las coronas ibéricas, pero también largos periodos en los que la frontera funcionó más como costura que como separación. El contrabando formó parte de esa realidad rayana, entendido como una suerte de pequeño intercambio de supervivencia propio de las economías rurales más humildes. Café, tabaco, ganado, tejidos o herramientas cruzaban discretamente los caminos de la raya mientras guardias y carabineros trataban de controlar un territorio absolutamente imposible a una vigilancia completa.

Hay quien dice, y yo también lo creo, que la propia geografía rayana ha contribuido a crear gran parte de esa personalidad compartida. Las/os Arribes del Duero constituyen un paisaje duro, abrupto y de una belleza casi bíblica, cual herida gigantesca abierta en la piedra por el padre Duero. Durante siglos, los habitantes de estas tierras aprendieron a vivir adaptándose a ellas/os y a un medio difícil, donde la agricultura exigía un esfuerzo agotador y donde la emigración terminó convirtiéndose en una constante histórica.

Tal vez por eso Miranda y Zamora conservan todavía en su ser melancolía semejante. Ambas conocen bien la despoblación, el envejecimiento y el silencio de los pueblos vaciados. Ambas contemplan cómo desaparecen lentamente formas de vida ancestrales que habían permanecido casi intactas desde el medievo. Y ambas mantienen, pese a todo, un orgullo sobrio y resistente, muy propio de las tierras fronterizas. Por algo son eternas tierras hermanas.

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