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Lee completa la homilía de Teo Nieto, sacerdote de Aliste, para este Domingo de Pentecostés, 24 de mayo de 2026

Escucha la homilía del sacerdote de Aliste, Teo Nieto, del domingo de Pentecostés, 24 de mayo de 2026

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Celebramos hoy la fiesta de Pentecostés. Una fiesta en la que podemos recordar dos cosas:

En primer lugar, como mirada al pasado, la llegada del Espíritu Santo sobre los primeros discípulos. Una llegada que va unida al envío, a la misión y que, por tanto, marca el inicio de una nueva semana (nos dice el Evangelio que era el “anochecer de aquel día, el primero de la semana”). Se trata, en definitiva, de una nueva manera de contar el tiempo en el caminar juntos dejando atrás esa “antigua semana” en la que se vivía “con las puertas cerradas por miedo”.

En segundo lugar, que esa mirada al pasado no es para la nostalgia de colgar en las paredes de los ritos las fotos antiguas, sino para refrescar la presencia viva del Resucitado en medio de nosotros y, haciendo nuevo, cada día el envío a la misión. La mirada al pasado no es excusa para estancarse en lo que fue sino recuerdo continuo del origen, de la esencia (recordemos: volver a Galilea). Y, en este sentido, esta nueva semana, esta nueva manera de contar el tiempo es algo que debe ser revitalizado, refrescado, cada día en la conciencia de que la Iglesia no está ya definitivamente construida, sino que, en la presencia del Espíritu, se va renovando día a día porque va creciendo en la diversidad de sus miembros (que es el mensaje que San Pablo nos ha transmitido en la segunda lectura de hoy) y se va recordando la obligación de ser una Iglesia abierta, capaz de superar los encierros que brotan de los miedos.

Sin embargo, quizá deberíamos entender que no se trata de abrir las puertas para que entre la gente al “redil” de la Iglesia (no se trata de buscar adeptos como pretenden algunos grupos) porque Pentecostés nos habla de abrir las puertas para salir nosotros, para encontrarnos con las gentes en sus “propias lenguas”, es decir, en sus culturas. Este es un detalle que no se nos puede pasar por alto porque, en el pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles que hoy hemos escuchado se nos dice que, en la diversidad de culturas que se nos enumera, cada uno los oye hablar en su propia lengua nativa. Son los apóstoles los que hablan las lenguas y no se preocupan de que todo el mundo hable la misma lengua para poder ser ellos entendidos.

Si somos capaces de dejarnos guiar por el Espíritu para confesar que “Jesús es el Señor” (como nos ha dicho San Pablo) no deberíamos tener miedo a dejarnos empapar por el entorno, por las culturas, por todo aquello que de bueno tenemos en nuestro mundo.

 Y esto es un faro con el que la Iglesia puede alumbrar a nuestra sociedad. En medio de la oscuridad que provoca pensar en la propia identidad como excusa para envolvernos en banderas y construir fronteras, una oscuridad que mana de ver la identidad ajena como excusa para el odio y el enfrenamiento, una comunidad de discípulos y discípulas que viven la unidad en la diversidad (como fruto del Espíritu) puede ayudar a entender que la identidad propia puede ser compartida y que la identidad ajena puede ser fuente de enriquecimiento. Pentecostés es, de esta manera, una invitación a saber vivir la diversidad en la unidad y la unidad en la diversidad.

Pero no se trata de una diversidad que implica la dispersión de “cada uno con lo suyo”, sino la diversidad que brota del enriquecimiento mutuo porque (como nos dice San Pablo) “a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común”. Y esto me parece un concepto muy importante: vivir las cualidades personales como una manera de enriquecernos a todos y todas (para el bien común). En un momento social en el que se ha diluido la idea del bien común pervirtiéndola en conceptos como el “interés general” . En un momento en el que los talentos propios se consideran como posibilidades de prosperar (económica y socialmente) y por eso, cuando los jóvenes se plantean su futuro no lo hacen preguntándose cómo poner sus cualidades al servicio de los demás, sino qué empleo conquistar para ganar más. En este tiempo, seguir teniendo como guía de construcción social el bien común tiene que ser una llamada de atención continua de la Iglesia hacia el mundo.

Sin embargo, también se nos puede haber filtrado este virus individualista en el seno de la Iglesia incluso cuando hablamos del concepto de la vocación. De tal manera que se empieza a sentir la vocación como una aspiración personal y no como una llamada al servicio, dentro de una utopía compartida y conectada con el sueño de Dios. que se convierte en opción personal de vida.

Y esto se puede manifestar de dos formas:

Por un lado, la vocación no vivida como llamada al servicio sino como aspiración personal al margen del impulso del Espíritu. Vocaciones que no tienen como sueño la misión, es decir, sembrar Evangelio en el mundo, sino colocarse pulcramente ante el altar para ser bien vistos por la comunidad.

Pero, por otro lado, cuando se intenta transformar la Iglesia recordándole que ser fiel a su origen no es cerrar puertas porque eso es signo del miedo, también se puede caer en vivir esa reivindicación como una aspiración personal que no se ve conquistada.

Vivir esta vocación profética como servicio en la gratuidad implica asumir que la tarea es sembrar, no conquistar y eso nos lleva a agradecer lo que podemos disfrutar de lo que otros sembraron y sembrar para poder seguir avanzando y abriendo puertas, siendo dóciles al Espíritu.

Dejémonos empapar por ese Espíritu que está presente en nuestros corazones y en el corazón de la Iglesia y seamos fuente de unidad en medio de nuestro mundo dividido y de nuestra sociedad polarizada. Digámosle al mundo, con el ejemplo de nuestra vida, que es posible el abrazo fraterno en la diversidad poniendo nuestros dones al servicio del bien común.

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