El pastoreo, uno de los oficios más duros del campo zamorano

Pastor en Tola con una cabana o cabaña para protección de las inclemencias del tiempo / Cedida
Cristina Manías
A menudo denostado por la dureza del oficio, el pastoreo es uno de los trabajos más importantes desarrollados en el campo. Los pastores llevan el rebaño de cabras o de ovejas a los montes y praderas para que se alimenten, y practican la trashumancia en verano para conducir a los rebaños hasta los verdes pastos sanabreses.
Antiguamente, el oficio de pastor solía pasar de padres a hijos. Algunos niños comenzaban a realizar las labores de pastoreo a edades muy tempranas, a partir de los siete u ocho años.
Los pastores se levantaban temprano, comían algo y se marchaban con el rebaño al amanecer para aprovechar mejor el día. En su zurrón o morral llevaban un trozo de pan, un poco de tocino, chorizo o queso, un chisquero para hacer fuego y, con frecuencia, también una navaja, que algunos utilizaban para hacer pequeñas tallas de madera o para adornar con dibujos sus cayados. Cuando practicaban la trashumancia llevaban, además, un pequeño caldero para preparar la comida al fuego, como las sopas de pastor, huevos revueltos o las famosas migas tradicionales de Porto, en Sanabria.
Los pastores tenían que conducir el rebaño cuidando de que no entrara en fincas cultivadas. Debían llevarlo también a fuentes o riachuelos donde los animales pudieran saciar la sed. Y, a la caída de la tarde, regresaban a casa para guardar el rebaño en los corrales, salvo desde abril a noviembre, que se quedaban los animales en el campo, resguardados en chiqueros formados por vallas de madera portátiles. Cada noche se colocaba el chiquero en una tierra de labor diferente, que por la mañana amanecía abonada con las heces del rebaño.
En estos meses en que los animales dormían al aire libre y durante la trashumancia, los pastores tenían que pernoctar en el campo. Cuentan las antiguas pastoras que solían juntarse varias por la noche para estar más protegidas, porque dormir al aire libre era una actividad peligrosa para una mujer, especialmente para las más jóvenes.
Algunos pastores fabricaban cabanas o cabañas, una especie de paravientos que se elaboraban con listones de madera y pajas de centeno, para poder tumbarse y resguardarse del viento, del sol y de la lluvia.

El pastoreo, uno de los oficios más duros del campo zamorano
En las tierras donde pernoctaban con frecuencia, construían pequeños chozos de piedra para guarecerse del frío y de la lluvia. A veces aprovechaban desniveles del terreno, cuevas y oquedades naturales de la roca para utilizarlas como refugio, añadiendo alguna pared de piedra o un tejado para completar la construcción.
Recorriendo los pueblos zamoranos aún podemos encontrar muestras de estos chozos, antaño ocupados por los pastores, que resisten el paso del tiempo y son testigos de esta forma de vida que paulatinamente va desapareciendo.
Muy peculiares son los famosos chiviteros de Torregamones, construidos por un pastor en los años 70 del siglo pasado para proteger a los cabritos recién nacidos durante el día, mientras las cabras pastaban en el campo. Y las corralas de varios pueblos alistanos y tabareses del entorno de la Sierra de la Culebra donde se guardaba el ganado por la noche.
El oficio de pastor está en peligro de extinción. Cada vez hay menos rebaños y menos gente joven que quiera dedicarse al pastoreo. La dureza del trabajo, estar siempre expuesto a las inclemencias del tiempo y no disponer de días de descanso porque las ovejas y las cabras comen a diario y no entienden de festivos, restan atractivo a este oficio.
Pero los pastores que llevan toda su vida con las ovejas o las cabras, hablan con cariño de su trabajo y de los animales a los que cuidan. Es un oficio duro, pero en el que te sientes en conexión con la naturaleza y disfrutas del aire libre.
En los campos zamoranos ya no se ven pastores usando la antigua vestimenta tradicional, como la capa parda alistana, la casaca y el tapabocas. Los pastores actuales van con cazadoras y abrigos modernos para resguardarse del frío. Pero aún siguen llevando un cayado o cayata para apoyarse al andar y para dirigir a las ovejas
Julián Porto Cruz, que trabajó durante muchos años como pastor de ovejas en Fornillos de Aliste, ha traspasado el rebaño a su hijo para que continúe con la tradición familiar. Julián se lamenta de las dificultades actuales para sacar rendimiento al rebaño. "La leche no te la compra nadie, salvo que tengas alguna quesería cercana a la que le pueda interesar". Añade que la lana tampoco se vende, incluso hay que pagar para que la retiren y se la lleven a un vertedero. "Ya nadie quiere lana, ahora ya se hace toda la ropa con textiles sintéticos, nos estamos vistiendo con plásticos", me indica con cierta amargura, pensando en la lana desperdiciada después del trabajo que cuesta esquilar a las ovejas. En la actualidad, el principal provecho económico de los rebaños son los corderos para la venta de carne, que cada vez es más apreciada.
Julián habla con cariño de los perros, compañeros inseparables del pastor, que le ayudan a guiar y proteger el ganado, especialmente en las zonas donde prolifera el lobo. Explica que "los perros de raza carea leonés son muy inteligentes, son los que conducen al rebaño y evitan que las ovejas se metan en los sembrados".
También habla con orgullo de los mastines, animales grandes y fuertes que protegen al rebaño de la amenaza del lobo. Aunque esta raza recibe el nombre oficial de mastín español, en los pueblos zamoranos es más conocido como mastín leonés. Son perros dóciles y trabajadores, que se crían desde cachorros con las ovejas, aprendiendo a protegerlas.
En los campos zamoranos ya no se ven pastores usando la antigua vestimenta tradicional, como la capa parda alistana, la casaca y el tapabocas. Los pastores actuales van con cazadoras y abrigos modernos para resguardarse del frío. Pero aún siguen llevando un cayado o cayata para apoyarse al andar y para dirigir a las ovejas.
Con los incendios que ha habido estos últimos veranos se ha hablado mucho de la importancia del pastoreo para el medio ambiente. En las zonas donde hay rebaños, el campo está limpio, no hay tantos rastrojos y los fuegos no avanzan tan rápido, controlándose con más facilidad.
El pastoreo es, además, un oficio que sigue manteniendo a numerosas familias en nuestra provincia, que contribuye a combatir la tan temida despoblación, pero su futuro depende de que se asegure un relevo generacional que pueda hacerse cargo de continuar con la cultura del pastoreo en años venideros, como ha ocurrido con la familia de Julián en Fornillos.
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