Los pueblos de Zamora como esperanza
Latedo, un remanso a la sombra de los olivos
El casco urbano ocupa una soleada ladera, bien protegida de los vientos más inclementes

Vista parcial del pueblo / Cedida
Javier Sainz
El mapa de la provincia de Zamora, en su línea fronteriza con Portugal, dibuja una especie de zigzag muy característico. Bien cerca de esas lindes, en uno de sus ángulos intermedios, se ubica el hermoso pueblo de Latedo. Para acceder hasta allí desde Zamora hay que tomar la carretera N-122 durante 71 kilómetros y, a la altura de Trabazos, desviarse hacia el propio pueblo por un ramal sinuoso pero bien cuidado, de 7 kilómetros de longitud. La distancia a Alcañices, su cabecera comarcal, es de unos 20 kilómetros.

Latedo, un remanso a la sombra de los olivos
El término local abarca espacios un tanto accidentados, constituidos por valles angostos e intrincados por los que discurren diversos cursos acuáticos. Separando esas hondonadas se alzan lomas de cumbres redondeadas pero de laderas abruptas. La diferencia entre las cotas más bajas y las cimas contiguas supera en corto trecho más de 150 metros de desnivel. La depresión principal es la recorrida por el fronterizo río Manzanas, el cual traza por aquí meandros muy pronunciados. A él se le unen el río Cuevas, que baja desde Trabazos y el río Arbedal, formado por la unión de la rivera de Arriba y el río Colmenares. Las tierras de cultivo se extienden por las zonas superiores, más amplias y llanas, siendo todo lo demás dominios forestales diezmados periódicamente por los incendios. En esos baldíos prosperan brezos y jaras. Muy densos se presentan los bosques galería asentados junto a los cursos fluviales, formados mayormente por alisos y sauces. Destacables son a su vez los alcornoques, cuya mayor abundancia en el pasado se evoca con el nombre de El Zufrero que posee uno de los pagos. También descuellan por su corpulencia los castaños.

Latedo, un remanso a la sombra de los olivos
El casco urbano ocupa una soleada ladera, bien protegida de los vientos más inclementes. Los diversos edificios se diseminan libres entre las fincas, sin formar alineaciones regulares, siendo las calles más importantes las rotuladas como de Arriba y del Medio. En todo el núcleo encontramos numerosas casas de nueva construcción junto a otras tradicionales bien restauradas. Con todas ellas el conjunto adquiere un aspecto muy positivo de mejora y progreso. Los inmuebles en los que se mantienen los caracteres heredados están formados por paredes de mampostería tramada con piezas irregulares de esquisto, no despreciando bloques globulares de cuarzo que contrastan por su blancura. En las techumbres se empleó teja curva, a la que agregaron losas de pizarra reservadas para los aleros. Ciertas fachadas se animan con los característicos balcones provistos de rústicos pretiles de tablas.

Latedo, un remanso a la sombra de los olivos
Pero lo más peculiar y exclusivo del pueblo está en que sus mismas calles aparecen sombreadas por multitud de olivos, los cuales asoman desde los huertos y corrales situados entre las propias viviendas. A ellos se unen las frondosas parras apoyadas sobre los muros de las fachadas. Los citados olivos ocupan además otras fincas periféricas, con ejemplares que en muchos casos han de ser más que centenarios. Sorprende esa abundancia, prácticamente única en toda la comarca. La presencia de esos árboles está registrada documentalmente al menos desde el siglo XVI. Esa profusión se debe a que el lugar goza de un microclima muy apropiado para su desarrollo. El rendimiento de aceitunas se destinó por entero para la obtención artesanal de aceite, consumida familiarmente.

Latedo, un remanso a la sombra de los olivos
Para la extracción de ese oro líquido construyeron rudimentarias almazaras. Hubo al menos un par de ellas, de las que se conserva una, bien cuidada, conocida con el nombre de "La Lagar". De ésa que perdura queda constancia de que se construyó en 1912 sobre un solar que cedió un vecino denominado Miguel Terrón. Su explotación fue comunal, funcionando por "roda". Era tanta la demanda que en los periodos de cosecha se utilizaba de seguido, día y noche. Tras un tiempo inactiva, la restauraron en el 2003 y desde entonces se celebra anualmente la "Jornada de elaboración artesanal del aceite", con la que evocan y muestran la tradicional actividad de antaño. Ese evento, por su excepcionalidad, se ha divulgado por diversos medios de comunicación, entre ellos un reportaje en el programa Aquí la Tierra, de Televisión Española. Contemplar ese proceso viene a ser toda una lección de Etnografía.
El edificio, emplazado en la zona baja del pueblo, por detrás de la iglesia, muestra su rústica construcción de mampostería. Un cartel junto a su puerta indica que es posible su visita. En el interior descuella el molino de las aceitunas, con su pila cilíndrica y la rueda pétrea dentro, que ha de ser movida por algún animal de tiro. A su vez impactan la gran viga y su contrapeso, cuya función es la de accionar la prensa. Existen igualmente diversos depósitos y conductos para separar el aceite de otros líquidos. Uno era agua, que se agregaba hirviendo para eliminar el amargor natural del producto. La simpleza y rusticidad de esta factoría marca intensos contrastes con la complejidad y automatismo de las modernas almazaras industriales.
El agua necesaria para el proceso señalado se acarreaba desde la cercana fuente, situada a unas decenas de metros hacia el norte. El manantial, emplazado en bucólico rincón, se halla recogido dentro de un depósito rectangular, techado con rusticas lajas escalonadas. Al lado se halla un pilón que hubo de aprovecharse como abrevadero.
Asimismo se mantiene un vetusto Horno de la tía Emilia para la elaboración del pan, igualmente restaurado. Fue donado por la familia de Emilia Álvarez Rivera, de ahí su nombre. Perdura también un molino accionado por las corrientes acuáticas, reparado en el 2008.
La Plaza local, provista de diversos bancos, está presidida por la iglesia. Este templo, consagrado a Santiago, se presenta modesto en su exterior. Consta de una cabecera cuadrada, nave más baja y una espadaña de tres vanos en su costado de poniente. Muy voluminosa es la torre aneja en la que se cobijan las escaleras de acceso a las campanas. Gran parte de los muros se hallan enfoscados y enjalbegados, camuflándose así el aspecto secular del conjunto. En su lateral del mediodía, los espacios contiguos con el acceso se hallan acotados por una corta pared y cancillas de hierro. Esos terrenos debieron de ser los del primitivo cementerio, animados ahora por estéticos rosales. La puerta, amparada por un acogedor pórtico, se forma con un arco de medio punto, creado con gruesas dovelas.
Evocando tiempos más antiguos, la primera vez que el propio Latedo aparece reseñado en documentos escritos es en el año 1187, citado junto con el cercano Trabazos. Así se recoge en las Memorias arqueológico-históricas del distrito de Braganza, recopiladas por Francisco Manuel Alves, Abade de Baçal. El pueblo siempre estuvo integrado en Aliste, participando en todas sus vicisitudes
Tras penetrar en el interior, preciso es resaltar la limpieza y el esmero con el que se mantiene. Las paredes se hallan pulcramente enjalbegadas y las techumbres son armaduras funcionales de madera. Pero la antigüedad del edificio se evidencia en su arco triunfal, posiblemente del siglo XIV. Es relativamente pequeño, pero marca una perfecta ojiva, apoyada sobre jambas macizas, rematadas en impostas abiseladas. Descuella el retablo del altar mayor, barroco, realzado con alegre policromía. En su nicho principal se halla una briosa imagen de Santiago a caballo, en actitud de blandir la espada, representado como jinete arrollador en su lucha contra los moros. En el ático se muestran las efigies de los Santos Mártires, Fabián y Sebastián, tan venerados en la comarca; acaso procedentes de alguna ermita desaparecida. Formando un todo común, ambos costados se agregaron dos cuerpos complementarios, más simples y modernos, pero positivos estéticamente, en los que se acogen efigies de yeso. Notable es también el retablo del lado del evangelio, nuevamente barroco, en el que se entroniza una talla de vestir de Nuestra Señora, muy venerada en la localidad. Curioso es el relieve de las ánimas del purgatorio, con las almas sufrientes, situadas entre grandes llamaradas, en actitud suplicante hacia la Virgen que acude a aliviar sus tormentos.
La distancia desde las casas locales a la frontera internacional es, hacia el oeste, de poco más de un kilómetro y el doble por el mediodía. Esa corta separación influyó y mucho en los periodos bélicos y de enemistad entre los dos países ibéricos, tanto en la Guerra de Restauración portuguesa entre 1640 y 1668 como en la de Sucesión Española entre 1701 y 1713. En aquellos momentos de hostilidades las gentes que aquí habitaban, sufrieron incursiones y saqueos que diezmaron sus precarias economías. En la memoria colectiva quedaron grabadas la destrucción de Alcañices en el año 1711 por parte del general luso Pedro Mascarenhas y la ocupación de Carbajales al año siguiente.
Llegados al año 1929 éste se fusionó con el de Trabazos y desde entonces ha pertenecido a él. Son ocho los kilómetros los que dista de la casa consistorial.
Aquellas épocas de agresiones se han superado por entero en nuestros días. Bien cerca se enclavan las aldeas portuguesas de Paradinha Velha y Quinta de Vale da Pena, con las que se mantienen cordiales relaciones de vecindad. Un poco más allá se emplaza Outeiro, con las ruinas de su castillo y, sobre todo, con su monumental basílica del Santo Cristo, en la que se venera una imagen milagrosa del Crucificado que el 26 de abril de 1698 sudó sangre. Llegar a pie hasta cualquiera de esos lugares es siempre una grata alternativa.
Evocando tiempos más antiguos, la primera vez que el propio Latedo aparece reseñado en documentos escritos es en el año 1187, citado junto con el cercano Trabazos. Así se recoge en las Memorias arqueológico-históricas del distrito de Braganza, recopiladas por Francisco Manuel Alves, Abade de Baçal. El pueblo siempre estuvo integrado en Aliste, participando en todas sus vicisitudes. Por ello en el siglo XIII perteneció a los templarios hasta la supresión de la Orden, siendo donado alrededor de 1371, por Enrique II, a Gómez Pérez de Valderrábano. Tras pasar después por diversos señoríos, recayó al final en los Enríquez-Almansa, siendo don Luis el primer Marqués de Alcañices por concesión de Carlos I el Emperador en 1533, agradecido por su apoyo en la batalla de Villalar.
En cuanto a su dependencia municipal, Latedo, con la instauración a mediados del siglo XIX de los ayuntamientos actuales, fue incluido en el municipio de Villarino tras la Sierra. Llegados al año 1929 éste se fusionó con el de Trabazos y desde entonces ha pertenecido a él. Son ocho los kilómetros los que dista de la casa consistorial.