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Opinión | Aliste

Javier Blanco González

Molinos de agua, los centinelas del río

«Al molino y a por carne, vaya de casa el más grande»

Molinos

Molinos / Javier Blanco González

Las viejas crónicas ya hablan de los numerosos molinos como el elemento sustancial en la vida de los pueblos que se extienden a sus orillas, en ellas nacen, mueren y son regados por el río, cumpliendo así su cometido, dando pan para las gentes y pienso para los animales.

La historia de un lugar varía según el momento en que nos situemos a contarla. Esta elección del momento modifica protagonistas, historias e incluso lugares.

Existen sitios como estos que en su origen tuvieron una determinada función y que la fueron cambiando radicalmente, hasta puntos impensados aún para sus creadores originarios. Ahora unos pocos, los que más suerte han tenido y siguen en pie, son casas rurales, restaurantes o museos. Algunos resisten el paso del tiempo y son mudos testigos de una época de oro donde los tostados trigales se transforman en harina con su maquinaria de madera, su piedra y su «rodreno» o rodezno.

Molinos

Molinos / Javier Blanco González

En unos momentos borro la realidad y viajo al pasado, escucho el habla cansina de la rueda de piedra y la voz del molinero, ruido de carros y cascos de caballerías en el camino empedrado.

Los carros, tirados por un par de vacas o burros, o las caballerías cargadas con el «costal» eran habituales en los caminos que comunicaban los molinos con las poblaciones para llevar el grano al molino o, ya triturado, con la harina de vuelta a las viviendas. Así fue durante muchos siglos hasta que el progreso y la tecnología aceleraron la agonía de los viejos molinos tradicionales y primarios.

«De mulo, río y molino, no quieras ser vecino»

Se trata de una construcción típica que podemos encontrar en los cursos de agua, en sitios casi siempre apartados de los pueblos, utilizados para moler el grano y obtener piensos para el ganado «molinos rastreros» o harina para la fabricación de pan «molinos maquileros», fueron hasta hace pocas décadas un elemento indispensable para la subsistencia de la población alistana.

Los molinos a diferencia de otros elementos de la arquitectura alistana, no destacan tanto por su acabado o estética, sino por su utilidad.

Son edificaciones fuertes para resistir las inclemencias del tiempo y las crecidas de los ríos.

De dimensiones reducidas, de poca altura ya que la mayoría solo tienen una planta cuadrangular de muros de mampostería o piedra brava, solo algunos, los que molían harina para hacer el pan tenían la maquinaria necesaria en una planta superior. El suelo de la misma tierra pisada o enlosado de pizarra, alguno revocado de barro por dentro. El tejado de sencilla madera, rematado a dos aguas con «lonjas» o pizarras. Solo dispone de una puerta de acceso que es fuerte, de madera de roble o de negrillo, construida con tabla corrida y algún ventanuco con una sencilla reja en cruz como seguridad. Tampoco tenían chimenea, aunque en muchos de ellos se hacía lumbre en un rincón durante toda la campaña de invierno.

A la entrada suelen tener un «poyo o poyato» pensado para servir de apoyo en la carga y descarga de carros y caballerías.

El interior contiene los mecanismos que permiten la molienda como «rodreno» o rodezno, muelas, tocador, tolva, tarabillo, farneiro etc, hechos en madera, hierro y piedra.

Molinos

Molinos / Javier Blanco González

La propiedad solía ser, o bien comunal «de todos», nunca municipal; o bien particular pero no de una sola persona, sino de una familia completa, por ello son conocidos por el apellido una familia... Molino Los Varas, Los Antones, los Calvo, etc., pudiéndose usar por todos y cada uno de los miembros de ella, que al ser numerosos tenía que ser por roda, por eso en épocas de gran actividad se molía incluso de noche.

«De tanto ir al molino, el burro olvidó el camino»

La molienda era realizada en estas zonas de escaso rendimiento agrícola por todas las familias, es decir, no había expresamente un molinero que se dedicara a esta función, sino que llegado el invierno cuando se había cosechado el grano y el caudal del río permitía utilizar el molino se pedían turnos para ir a moler tanto para dar de comer al ganado, como para la obtención de harina para amasar el pan.

«Quien primero viene, primero muele»

Así nos explica Gregorio Rodríguez Fernández (†) natural de Riofrío de Aliste en su libro «Paisaje y Alma de Aliste» (1991)

«El funcionamiento de los molinos de agua, que como su propio nombre indica, funcionaban con la fuerza del agua de los ríos que era desviada parcialmente hacia el molino a través del «caño»; este se aprovechaba a limpiar de hierbas, barro y malezas por el mes de septiembre para estar preparado, empezando a moler en el invierno, cuando las lluvias eran más abundantes y el río venía con más agua, ahora, por marzo y abril funcionaban a pleno rendimiento.

Al final del caño recibía el agua el «pozo», que es una presa o pozo que se va ensanchando en forma elíptica hasta «la canal» o entrada del agua hacia la maquinaria propiamente dicha.

La canal se iba estrechando en forma de embudo, la parte más ancha boca, la más estrecha «la fin de la canal» donde iba el varal con sacos enrollados en el extremo para hacer de tapón.

Para que el agua quedase embalsada se tapaba la compuerta del pozo de distintas maneras; desde fuera del molino, en el pozo, con un «varal» largo con trapos en el extremo taponando la parte más estrecha de la canal, para destaparlo y desembalsar el agua se tiraba del varal hacia afuera, también a través de una compuerta de chapa encajada en una moldura de hierro, la cual se accionaba desde dentro del molino con una varilla curva. Si el pozo se llenaba, el agua sobrante se aliviaba hacia el río por las «quebraderas».

Una vez lleno el pozo, para moler se quitaba el varal o la compuerta, el agua entraba a enorme presión en el «ranero», se llamaba así a la cavidad donde se encontraba el «rodreno» o rodezno. Esta concavidad estaba hecha de piedra para que el agua, una vez caída sobre el rodreno, se desaguase hacia fuera para volver otra vez al río. El agua caía sobre las aletas del rodreno, que es una especie de rueda de hierro con aletas, que al caer el agua sobre ellas con enorme fuerza, era capaz de girar a toda velocidad, mientras movía en el interior del molino la piedra de cantería.

Pieza importante era «la chapaza» que paraba el rodreno y por consiguiente, el molino, sin tener que detener el agua.

Molinos

Molinos / Javier Blanco González

El agua que caía lo hacía girar a gran velocidad para que un eje vertical de hierro moviese una gran piedra redonda «la de arriba» que está dentro del molino que giraba sobre otra piedra fija «la de abajo» que tiene una muesca para que saliese la harina, entre las dos machacaban el grano.

Las piedras había que picarlas o afilarlas de vez en cuando porque se gastaban, trabajo este pesado, pues había que mover las piedras para ello con la «cábria», una especie de grúa manual.

«Boca sin muelas, molino sin piedras»

Se iba graduando la cantidad por la «tarabilla» que iba cayendo despacio desde una especie de caja de madera abierta llamada «tolva» o torva, que es una especie de caja de madera abierta de la que iba cayendo lentamente el grano hacia las piedras que lo trituraban. Dichas piedras estaban cubiertas de madera por el llamado «tambor».

La harina ya molida por las dos piedras, se recogía en el «farneiro» que es un depósito donde se recoge la harina que podía ser molida para pan, más fina, o para piensos, más gorda que se graduaba según la separación de las dos piedras.

El trabajo en el molino era duro y pesado, había que madrugar ya que:

«Quien al molino ha de andar, debe madrugar»

Primero preparando y limpiando el caño, picar las piedras desgastadas, luego cargando los costales en burros o en el carro, descargarlo, moler; y cómo se molía en invierno y hasta de noche, pasar frío a pesar de que se hacía lumbre en un rincón del molino.

Había molinos que llevaban incorporados mecanismos de criba para separar la harina para pan y el salvado para piensos respectivamente. Este dispositivo iba colocado en el piso de arriba y pocos molinos disponían de él.

De lo contrario, había que separarlos, «cerner» por medio de la «piñera» o cedazo ya en casa. La piñera se compone de un aro ancho y delgado de madera y de un fondo agujereado. El fondo es más o menos tupido según la harina que se quiere sacar, para amasar el pan, más fina.

Y ya está terminado el proceso de la molienda, que aunque puede parecer sencillo, se precisaba maña y maestría».

Molinos

Molinos / Javier Blanco González

La importancia de estos molinos en la comarca de Aliste en general y en el municipio de Riofrío de Aliste en particular se observa en la gran cantidad de construcciones de este tipo en cualquier río. El número de molinos era históricamente muy importante aunque se han ido perdiendo debido al abandono, así por ejemplo si analizamos los textos del Catastro del Marqués de la Ensenada de 1752 figuran ocho molinos y tres batanes, en Cabañas se localizan restos de 25 molinos en el curso del río hasta Campogrande, en Riofrío 17 molinos y un batán y en Sarracín tres molinos.

En positivo, diré que en nuestros días se cuentan en el municipio once molinos, de los cuales algunos se hallan en estado ruinoso, incluida la «Fábrica», más moderna construida en los años 40, con funcionamiento por agua y eléctrico, fue tal su importancia que venían a moler de otros pueblos con carros y burros, moliendo día y noche.

El Molino la Culaga ha sido el último que funcionó.

Por este motivo, fueron recuperados, se rehabilitaron a cargo del Ayuntamiento de Riofrío de Aliste, los molinos de Las Fuentes, La Culaga, Juan Río en Riofrío y El Picón en Sarracín, creando así la «Ruta de los Molinos del Río Frío».

Incluso dan nombre a una de las calles más largas del pueblo, la calle de Los Molinos que llega a varios de ellos.

En el pueblo de Cabañas de Aliste, perteneciente al Municipio de Riofrío, hay otros dos molinos, conocidos como el Molino de Los Reguero y el Picón.

Pero aparte de los que siguen en pie existieron al menos otros seis, aunque no hay apenas restos, incluso la Iglesia tuvo su molino más abajo del Prao del Cristo y cercano a este, junto a la Fuente de la Peña, el Molino de Los Pisones, que no molía, sino que «pisaba» el paño y las telas hechas en los telares.

Los molinos, molineros y molineras han servido inspiración en nuestra comarca, tanto en leyendas, cuentos, historias, como en nuestro folclore.

Aunque algunos molinos se han conservado y otros se han restaurado, una gran parte de este rico patrimonio ha desaparecido o están en estado ruinoso.

Molinos harineros, batanes o pisones ¡Cuanto patrimonio destruido y olvidado en nuestra tierra!

Junto a nuestros ríos, de muchos molinos ya sólo quedan los restos, con el paso de los años sólo permanecen en pie las paredes de piedra que se encuentran protegidas por zarzas y demás maleza que creció a su alrededor. El tiempo y el abandono han dejado su huella. Su voz se apagó, permanecen quietos, los tejados han desaparecido; los muros caídos…centinelas callados, centinelas del río que se resisten al olvido.

«Agua pasada no mueve molino».

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