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La nueva novela del zamorano Luis Miguel de Dios: Un tributo al mundo rural y a los "catedráticos de la vida"

El escritor y periodista de Guarrate vuelve sobre sus obsesiones: un mundo rural que se desmorona

"El cielo nos pilla muy lejos" se presenta el 7 de mayo en la librería Semuret de Zamora

"Ha habido una especie de desprecio por lo rural; no hemos peleado por defender lo nuestro"

Luis Miguel de Dios fotografiado en la calle Balborraz de Zamora

Luis Miguel de Dios fotografiado en la calle Balborraz de Zamora / JOSÉ LUIS FERNÁNDEZ

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Cuenta Luis Miguel de Dios que "El cielo nos pilla muy lejos" tiene "tres veneros". Tres manantiales marcan el último libro del periodista y escritor de Guarrate: el cariño a la tierra, el respeto a las gentes sabias del pueblo y las vivencias de una generación irrepetible.

Un nuevo tributo –en la línea de otras novelas y relatos del autor– a los "catedráticos de la vida" que tanta sabiduría inoculaban en memorables vendimias, jornadas de "tres comidas", desde el almuerzo hasta la merienda, "cuando te ponías al corro y la gente tiraba de alforjas y sacaban bota y fiambrera". Evocadores ratos en las bodegas con We de Dios, el padre, los tíos Luis y Fasio, con Cayo y los "señores" ("así los llamábamos, con respeto") Melitón, Antonio, Gabriel, Segundo, Macario, Nisio, Emilio, Leandro, Isaías, Paco, Geño… Guardianes de una tradición oral que Luismi de Dios venera. "Gentes sin un aparato de radio, ni televisión, que veían un periódico de cuando en cuando, pero en lo suyo eran unos sabios. Tenían unas habilidades tremendas para los trabajos manuales y agrícolas".

Tiempos en los que el paso de las estaciones "te marcaba la vida, porque si venía una tormenta en verano o primavera, no había seguros. Dos años seguidos de pedrisco te podían obligar a emigrar porque te quedabas sin cosecha". Y no digamos los inviernos, "duros e inmisericordes, sin calefacción en casa".

Miguel Delibes

La obra del periodista y escritor guarrateño es un acto de "cariño a la tierra, al mundo rural", el territorio en el que se ha criado, que defiende a capa y espada, que habita casi como un acto de militancia. El pueblo y el campo como inspiración, con permiso de Miguel Delibes, maestro y pluma universal al que tuvo el privilegio de conocer, tratar, entrevistar y presentar a su padre, We, allá por 1985, cuando buscaba información para escribir un artículo sobre la entrada de España en el Mercado Común Europeo.

El soberbio escritor vallisoletano fue voz de un mundo rural que hoy Luis Miguel de Dios se resiste a ver silenciada. Por eso este nuevo trabajo, donde inmortaliza vivencias, términos, palabras, dichos y chascarrillos sin cabida en diccionarios y enciclopedias. "La gente joven, y no tan joven, no se acuerda ya de todo aquello que va desapareciendo. Y no es que te dé nostalgia de que se pierdan algunos trabajos que eran duros, pero si de una forma de vida, de cómo hacían frente a las adversidades y luchaban por la supervivencia, por la familia y la vida" evoca el periodista y escritor zamorano.

Luis Miguel de Dios con su nuevo libro

Luis Miguel de Dios con su nuevo libro / JOSÉ LUIS FERNÁNDEZ

Hombres y mujeres recios, una generación irrepetible que no se amilanó ante la dureza del trabajo. Hasta podían llegar a ser disfrutones como retrata Luismi de Dios en el semblante de personas normales y estrambóticas. Imposible entender esos pueblos sin la barra de la cantina por donde transitan Panza Burra, Gorgojo, Don Benigno El Pajarraco, El Afligido, Minúsculo, Próspero Trifulcas…. Algunos de los habitantes de Paternóster que igual podría ser Guarrate, El Pego (donde vive De Dios) o cualquier pueblo de la llanura, el páramo, "de la meseta meseta".

Paternóster como escenario de "vivencias, anécdotas e historias, que la mayor parte han sido reales, y también de palabras, que se van a perder y ya están desapareciendo a medida que se va la generación de mis padres", lamenta Luis Miguel de Dios. "Pretendo al menos que toda aquella vida quede plasmada por si alguien se pregunta, ¿esto fue verdad?".

El primer tractor

Lo fue, aunque hoy se tenga la sensación de que el tiempo no corría tan rápido. "Oí decir alguna vez a mi padre que hasta los años 60 vivíamos como los romanos. Y es verdad; con el arado, las mulas, prácticas agrarias y cotidianas muy rudimentarias. Y en poco tiempo cambió la vida mucho más que en diez siglos anteriores. Recuerdo cuando mi padre y mi tío compraron el primer tractor, un Lanz, 38 caballos, matrícula 889 de Zamora, en el año 60. Cada vez que llegaba un tractor al pueblo, iba toda la gente a la casa donde le traían y le daban la enhorabuena y le deseaban suerte. Decían, a ver si sale bueno".

Este libro, que se presenta el 7 de mayo en Semuret,–antes vinieron los relatos "El llanto del trigo", "Tierra herida" y la novela "Todas las muertes de El Sentenciao"– es, en fin, el retrato de un mundo rural "que se ha ido desmoronando".

¿Llegaremos a tiempo de que no se arruine del todo? "Esperemos que no. Volviendo a Delibes, le oí una vez decir que hemos enterrado el mundo rural en Castilla sin hacerle un funeral siquiera. Y es verdad, todo esto puede desaparecer sin que ni siquiera en ciudades como Zamora, haya conciencia de todo lo que se pierde".

Constata el autor el desafecto de rurales y urbanitas, también en esta provincia tan agraria. "Solo tenemos que mirar, cuando hay manifestaciones del campo en Zamora, la poca gente de la ciudad que se suma. Como si los problemas de los agricultores y ganaderos no fueran con ellos".

¿Por qué cree se ha llegado a esa situación? "Que unos son paletos y otros son ilustrados. Esa es la historia" sentencia el periodista en tono desabrido.

Garrulos y paletos

Luis Miguel de Dios siempre se ha rebelado contra esa concepción de las gentes de pueblo como garrulos o paletos. "Esas palabras han hecho tanto daño al campo como la bajada de los precios agrarios", se duele. "Hubo un tiempo que cuando la gente emigraba a la ciudad había que borrar enseguida la huella para que nadie se enterara de que eras de pueblo. Y eso ha pasado porque no hemos defendido lo nuestro, hemos preferido tomar el acento de una ciudad que nada tiene que ver con tus orígenes, ocultando de dónde vienes. Ha habido una especie de desprecio, de desdén, de marcar distancias. Creo que no hemos peleado por defender lo nuestro" lamenta el guarrateño. Y… de aquellos polvos vienen estos lodos.

¿Vivir en el pueblo es un acto militancia, eso es un deseo, es una necesidad? "Es un poco de todo. Cuando me prejubilé, mi mujer trabajaba de médico de área por la zona de La Guareña y teníamos una casa en su pueblo. Allí nos quedamos. Estoy a gusto, sin dejar de reconocer que hay ventajas e inconvenientes. Una de las cosas buenas es que la primavera te entra en casa todos los días. ¿Inconvenientes?, pues claro, yo para ir a buscar el periódico me hago 30 kilómetros todos los días, 15 de ida y 15 de vuelta a Fuentesaúco. Me dicen, lo puedes leer por Internet. Pero no es igual, me gusta palparlo, oler la tinta, soy de la vieja usanza. Pero yo también pienso que el pueblo no es solo un lugar físico, es un estado mental. Los que nos hemos criado en el pueblo lo entendemos muy bien, es nuestra vida, la forma de entender la existencia. Son sensaciones, a mí el campo me inspira, me da fuerza, energía, parece que ves la vida de otra manera".

¿Y qué va a ser de los pueblos? "Fui pesimista, luego, bueno…, y ahora pues no lo sé, porque todo cambia a tal velocidad que, a lo mejor, dentro de 10 años, si sigue lo del Estrecho de Ormuz, hay que arar con mulas, si alguno sabe".

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