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Los sonidos de la nostalgia

Los pueblos se vacían de sonidos tradicionales, desde los toques de campana hasta la algarabía infantil, ante el avance del progreso y el silencio

Carro tirado por animales de tracción

Carro tirado por animales de tracción / Cedida

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Javier Blanco González

Javier Blanco González

Cada día nuestros pueblos están más tristes, más vacíos, más silenciosos. Mal asunto cuando echamos de menos el bullicio, los trajines del día a día.

El ruido, mejor dicho, el sonido de nuestros pueblos miden la actividad que en ellos se está desarrollando. Desgraciadamente hoy en día la mayoría de ellos permanecen silenciosos, casi mudos y muchas veces... ciegos.

Desde hace ya algunas décadas, los sonidos de los pueblos han cambiado de forma radical, ya no existen los sonidos que provenían de los antiguos oficios o trabajos agrícolas en los que las gentes se afanaban en infatigable trajín, ya apenas existe la explosión de algarabía provocada por los niños a las entradas, las salidas y los recreos de la escuela, si acaso nos lo recuerda un poco en los meses veraniegos o de vacaciones.

«Campanas de mi lugar,

yo os quiero bien de veras,

cantasteis cuando nací,

lloraréis cuando me muera»

Si hay un sonido común en todas las poblaciones, es el de las campanas. Los toques de campanas son ese medio de comunicación tradicional que transmite mensajes que la gente escucha y sabe interpretar; que constituye la vida comunitaria, marcando ritmos temporales colectivos; los toques también indican el espacio donde ocurren cosas importantes. Donde lo religioso y lo civil están completamente mezclados.

Comenzaban a tañer bien temprano, al amanecer, con el «toque a la oración» que se repetía al oscurecer, siendo encargados de esa misión los mayordomos de la iglesia. Al mediodía, el toque de «la visita», en la que el cura abría la iglesia a la que solían acudir las personas más mayores del pueblo. Además estaban los habituales toques «a misa» con el repique inicial, al rato «a entrar», consistente en varias campanadas consecutivas y por último «la una», que obviamente es una sola campanada. También diariamente, «a rosario» y «a la doctrina» para aprender el catecismo en el mes de mayo.

En Riofrío, como en muchos pueblos, hay una ermita, la del Cristo de la Vera Cruz que toca a las tres de la tarde todos los viernes y domingos con su inconfundible «voz de niño».

Campana de la ermita de Riofrío

Campana de la ermita de Riofrío / Cedida

Las campanas tiene su propio lenguaje con sus toques bien diferenciados que avisan de otros acontecimientos, algunos tristes como el de «encordar» o tocar a muerto, con toques distintos si era adulto o niño, en este caso se volteaba la campana; triste también cuando es «a fuego» y las gentes salían a ayudar formando cadenas o hileras hasta el río, esto lo hemos vuelto a revivir en los últimos años, el último, el pasado mes de agosto.

Tocaban «a tormenta», con frecuencia achacadas a las brujas, para conjurar y espantar a las nubes para que no descargaran la temible «piedra» o grandes granizos. Aun se mantiene en algunos sitios la costumbre de tocar alguna campana al acercarse el nublado. La comarca de Aliste conserva entre sus costumbres ancestrales el toque del «detente nublao» ya que se suponía que con el sonido de las campanas las temidas tormentas veraniegas que arruinaban las cosechas y condenaban al hambre a muchas familias pasaban de largo o cambiaban el granizo o «la piedra» por agua.

Con el repique del «tente nubrao o tente nubro» se cantaba o recitaba:

«Tente nubrau

no vengas tan cargáu

no mates a la gente ni al ganáu

ni a la uveja que está n'el práu,

ni al curderu que anda n'el ganáu...»

Campanario de la vieja iglesia de Riofrío de Aliste

Campanario de la vieja iglesia de Riofrío de Aliste / Cedida

A falta de relojes que marcaran el tiempo también sevían para «tocar a la vacada» ya que la vacada común se reunía en verano, comenzaba muy temprano, como todas las actividades comunales a toque de campana, que según el número de campanadas que sonasen se iba a un lugar u otro de pasto, en Riofrío, ellas solas buscaban el lugar hacia donde va a dirigirse «la vacada» según las oriente el amo que ya ha contado el número de campanadas, dos campanadas para La Ribera, tres para El Chano, cuatro para Las Chanas y cinco para L'Umidiano.

«La truena de mañana

y el concejo de tarde,

todo se vuelven aire»

También sevían de llamada «a concejo», hacendera o fagina en otros lugares. Para ir a concejo se reunían a toque de campana a un representante de cada casa, hombre o mujer con su herramienta casi siempre después de la misa diaria y partían en grupos a la zona que se les había ordenado realizando el trabajo encomendado que no solía ser muy exigente. Solían hacerse los trabajos solo por las mañanas salvo en excepciones por urgencias.

Cuando se celebraba una boda, tocaban «a los cachos», trozos o cachos de pan y vino con los que se agasajaba a niños y jóvenes, con el «baile de la cántara o la medida». Esta convidada se solía hacer por la tarde y tenían su propio toque.

«Ha dicho el señor cura,

que vayamos a avisar,

que están las campanas cotas

y no se pueden tocar»

Solamente enmudecen las campanas los días de Jueves Santo y Viernes Santo cuando «se cotan» en señal de duelo hasta la Vigilia Pascual. Era entonces cuando se percibe otro de los sonidos de los pueblos, el sonido de las «carracas y matracos» de madera para llamar a los fieles a los actos de culto, que se oían a bastante distancia.

Sonidos que se quedaron en el tiempo y permanecen en los recuerdos, como el de los carros por las calles con los aros de hierro de las ruedas sobre las piedras, o el arado colgado del yugo de las parejas de vacas o burros arrastrando por el suelo el timón de madera o «cavijales», curioso era, que obligaron a ponerle una goma para que no arrastrase la madera, bajo pena de multa por los «ceviles».

El sonido, más bien ruido, de los molinos harineros con el giro del «rodreno» por la fuerza del agua que movía la pesada rueda de piedra. Y un poco más abajo el chapoteo de la ropa que lavaban las mujeres en los lavaderos de piedra en la orilla del río, con todo el alborozo que había alrededor. No muy lejos y en la otra orilla, la otra «reunión» la de los hombres en la fragua golpeando «los machos», mazas o martillos grandes sobre el yunque, con su rítmico repiqueteo que hacían saltar chispas incandescentes y que se oía desde cualquier parte del pueblo, ese eco que ya enmudeció para siempre resonando en el recuerdo.

«Noria no usada,

noria arruinada»

El tintineo de la noria movida por el burro dando vueltas y vueltas, era habitual observar esta imagen en los huertos alistanos, un sonido propio del verano escuchar el pulso rítmico, monótono y acompasado del freno de seguridad o «gatillo» de la noria, aunque a menudo el sonido cesaba cuando el burro, cansado o aburrido, paraba de dar vueltas.

Burro tirando de la noria de Riofrío

Burro tirando de la noria de Riofrío / Cedida

Como curiosidad, diremos, que antiguamente al eje de la rueda de la noria se le llamaba «la marrana», el chirriar de ese engranaje al girar recordaba en cierta manera al gruñido del animal, de ahí que se utilizase ese término, debido a que era muy común asignar a algo el nombre cuya onomatopeya evocaba alguna cosa. Pero, a lo que vamos, por tanto, el origen de la expresión «joder la marrana» referida a algo que se fastidia, se estropea o molesta, proviene de la acción de sabotear la noria a través de atrancarla con algún palo o barra de hierro e incluso echando arena. De ese modo se impedía el giro de la misma siendo un perjuicio para el propietario del pozo.

Desaparecieron de nuestros pueblos, quedando algunos restos oxidados por los campos o adornando fincas y jardines como testimonio de lo que fueron... «Se jodió la marrana»

Ya no suenan las puertas «de cuarterón» que se entreabre al oír el sonido de la «corneta» del alguacil cuando iba calle por calle «echando el bando» a la voz de:

«Por orden del Señor Alcalde se hace saber...»

También avisando de la llegada de algún vendedor a la plaza del pueblo, terminando con la coletilla de «oído la pisada».

Cada época del año tenía sus peculiares sonidos asociados a los ciclos de la naturaleza, el del «gadaño» al segar el prado, la hoz, lo mismo con «el pan», el arado al remover las cortinas para sembrar la «herraña o ferraña», los nabos, las berzas o las patatas.

Los sones de los «changarros y cencerras» de ovejas, cabras y vacas alistanas con la «vacada» y la «cabriada» por las calles de los pueblos camino hacia los montes y prados.

Y el traqueteo infernal de aquellos viejos tractores «Ebro» con sus remolques o las motosegadoras de color azul marca BCS o Bertoli cuando iban o venían de la siega de la hierba o el cereal.

Como no, el sonido dulce, puro de la gaita de fole y el tamboril o los «cuetes» en el «sí» de las bodas que atronaban las mañanas alistanas, ahora ya prohibidos por el riesgo de incendios. Estos sonidos en forma de tonadas todavía siguen sonando en fiestas y celebraciones junto al incombustible tamboril.

En fin, muchos de esos familiares sonidos que han ido acallando poco a poco sin darnos casi cuenta y que echamos de menos o que se han sustituido por otros que nos ha traído el progreso. Ahora, si acaso, suena el pitido del panadero, el altavoz del «tío de los pollos» o la bocina del repartidor de las bombonas butano.

Así eran esos sonidos que no hace tanto tiempo que desaparecieron de nuestras vidas, aunque parezcan lejanos pero que permanecen grabados imperturbables en nuestros recuerdos.

Uno de los sonidos que más echamos de menos en muchos pueblos es la algarabía de los «rapaces» al entrar y salir de la escuela, en los recreos, sonidos alegres de vida, del presente y sobretodo del futuro de los pueblos.

Y así se van quedando nuestros pueblos, mudos sin sus tradicionales sonidos, desiertos, vacíos, sin alma, tristemente... los sonidos del silencio.

«Si por siempre enmudecieran,

¡qué tristeza en el aire y el cielo!,

¡qué silencio en las iglesias!,

¡qué extrañeza entre los muertos!»

(Rosalía de Castro)

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