Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Escucha la homilía del sacerdote de Aliste, Teo Nieto, del Cuarto Domingo de Cuaresma, 15 de marzo de 2026

"Una de las cosas a las que estamos acostumbradas al leer el evangelio es a ver cómo los enfermos se acercan a Jesús para pedirle y remediar sus males"

Escucha la homilía del sacerdote de Aliste, Teo Nieto, del Cuarto Domingo de Cuaresma, 15 de marzo de 2026

Una de las cosas a las que estamos acostumbradas al leer el evangelio es a ver cómo los enfermos se acercan a Jesús para pedirle y remediar sus males. Sin embargo, en esta ocasión es Jesús quien se acerca al ciego, y la curación no brota de la petición del enfermo sino como respuesta a una pregunta que le hacen a Jesús: “¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?” Esta pregunta tiene que ver con la idea que tenían en aquella época de que la enfermedad era castigo de Dios por el pecado cometido y por eso les surge la duda: si ha nacido ciego, es decir, si el castigo ya le viene desde el primer momento… ¿quién ha podido pecar para que se le aplique semejante castigo? Y esto implicaba que esa persona, que estaba obligada a pedir limosna por su incapacidad estaba, además, excluida, rechazada por su supuesto pecado, pero Jesús se acerca a él y lo cura con saliva y barro y le manda lavarse en la piscina de Siloé (Enviado). Esa agua, símbolo de agua viva, no sólo le devuelve la vista, sino que, además, le hace renacer a una nueva vida de fe y libertad. 

A partir de aquí, esta curación (este “signo” que es como Juan llama a los milagros), suscita interrogantes.

Los primeros que se preguntan sobre ello son sus propios vecinos, aquellos que están acostumbrados a verlo tirado y ahora lo encuentran integrado. Pero no aciertan a buscar una explicación y por eso deciden llevarlo ante los fariseos, los que en aquel momento se suponen que conocen y saben interpretar la voluntad de Dios y, entre ellos, también brota la discusión.

Pero el interrogante también crece en el propio corazón del ciego sanado… Y no es simplemente su sanación lo que le hace creer, es el encuentro final con Jesús el que hace que esta persona pronuncie la confesión de fe: “’Creo, señor’. Y se postró ante él” (dice el evangelio).

Este evangelio, cargado de interrogantes, también lo está de emociones: la sorpresa de los vecinos, las dudas del propio sanado, el miedo de los padres, la rabia de los fariseos, quizá por no encontrar una respuesta coherente que les pueda mantener en sus convicciones sobre Dios y la religión. Porque lo que, en definitiva, se está debatiendo aquí son dos maneras de entender a Dios:

  • O como el juez castigador que crea la religión del miedo y la sumisión. Una religión de tinieblas.
  • O como el Dios ternura, compasión. El Dios luz que se acerca a tocar las miserias, para sanarlas. Es cierto que existen las cosas negativas en la vida, es cierto que los actos siempre traen consecuencias (buenas o malas, grandes o pequeñas) pero considerar que las consecuencias negativas de nuestros actos son castigo de Dios es no haber entendido ni la responsabilidad humana, ni la novedad del evangelio quedándose en el Antiguo Testamento. Una sociedad que sigue responsabilizando a los pobres de su pobreza, es una sociedad que continúa, aunque no pronuncie el nombre de Dios, pensando en la pobreza como castigo divino y no como fruto de la injusticia humana.

Pero hay otra enseñanza interesante en este evangelio porque en él también podemos observar cómo, ante esa debilidad humana, se dan dos tipos de respuestas:

  • Los que piensan en el castigo divino y que, por tanto, rechazan a la persona.
  • Y la respuesta de Jesús, que ve en él a un hijo de Dios al que se debe acoger desde la ternura.

En definitiva, esto nos da una lección y es que “Dios está en las debilidades humanas y ante ellas podemos responder desde la ternura o desde la soberbia”. Quizá sea bueno que hiciésemos como ejercicio del corazón un repaso de esas personas a las que, en su debilidad, se les rechaza… ¿cómo nos estamos comportando con ellas: en la ternura de la acogida o en la soberbia del rechazo? ¿Cómo me estoy comportando yo?

Puede que también nosotros necesitemos dejar que Jesús ponga barro en nuestros ojos para que, tras lavarnos, empecemos a ver, empecemos a sanar nuestra mirada para poder mirarnos unos a otras sin prejuicios, limpiando nuestra mirada de las etiquetas que nos alejan y nos aíslan. Para sentir que Dios no es castigo, sino luz.

Si dejamos que la luz de este Dios ternura empape nuestro corazón, si transformamos nuestras relaciones con los demás desde una mirada limpia, brotará de nuestro corazón la alegría… Por eso, en este cuarto domingo de Cuaresma, en este tiempo de reconocer nuestras sombras para dejarnos llenar de la luz de Dios, celebramos el domingo de la alegría.

El barro modelado por Jesús ya está en los ojos de nuestro corazón… Vayamos a la piscina de Siloé a limpiarnos para ver con los ojos de Dios. Feliz domingo de la alegría.

Tracking Pixel Contents