Crónica de una montería en Badilla de Sayago
La jornada cinegética se llevó a cabo en El Picón, con 742 hectáreas monteadas, 42 puestos, 4 rehalas 12 jabalíes abatidos

Participantes en la jornada cinegética en Badilla de Sayago. | CEDIDA
Javier Paniagua
La mañana aún no había terminado de nacer cuando el campo empezó a exhalar escarcha y monte. Una niebla cerrada envolvía los cortados y encinas, espesando el silencio hasta volverlo casi tangible. En la antigua escuela de Badilla de Sayago (1910), entre tazas humeantes y saludos, se entremezclaban los nervios y la ilusión mientras los todoterrenos iban ocupando la plaza.
El cielo clareaba despacio. Al fondo, la mancha aguardaba cerrada y expectante, como si presintiera que aquella jornada quebraría su calma. Los rehaleros ajustaban collares -hoy asistidos por geolocalizadores que facilitan el siempre duro trabajo en el monte- y los perros, tensos y vibrantes, leían el aire con hocicos temblorosos. Todo estaba dispuesto.
El sorteo de puestos discurrió entre bromas y palmadas en la espalda. A cada cual le tocó su suerte, y con ella la responsabilidad de honrarla. Recordadas las normas, dedicatorias a los que ya nos están, y concedida una tregua por la niebla, los vehículos comenzaron a desfilar hacia la mancha. Colocadas las armadas, el monte nos fue absorbiendo en un silencio denso, casi reverencial.
En el puesto, la espera se convirtió en rito. El leve crujido de una rama, el latido propio amplificado por la quietud, el aroma a jara y tierra húmeda que traía la brisa. Entonces, como un trueno que nace en la hondura, rompió la ladra.

Montería en Badilla de Sayago / Cedida
Primero fue un murmullo disperso; después, un clamor que avanzaba entre jaras y pedrizas. Los jabalíes, sorprendidos en sus encames, comenzaron a romper monte. Uno apareció fugaz, recortado apenas un instante entre la espesura. Un segundo suspendido en el tiempo. La respiración contenida. El disparo limpio. El eco rodó por los barrancos de los Arribes mientras el animal, noble hasta el final, quedaba tendido entre la maleza.
La montería estaba viva
Los cochinos cruzaban los tiraderos como sombras compactas, con la astucia vieja de quien conoce cada arroyo y cada refugio. Alguno burló la línea; otro quedó en el claro, vencido por la puntería serena de un montero que apenas necesitó encarar.
Entre lance y lance, el tiempo se desdibujaba. La ladra subía y bajaba como una marea antigua. El monte, herido por el estruendo, recuperaba poco a poco su respiración pausada.
Al sonar el toque de fin, los puestos se levantaron con esa mezcla de cansancio y plenitud que solo concede el campo. La abrupta orografía - Arribes puros desgajados por el imponente Río Duero, frontera natural y majestuosa con Portugal- hizo imposible cobrar buena parte de los cochinos abatidos, en cortados y laderas inaccesibles.
En la comida, un generoso asado acompañado de buen vino y cerveza templó el frío de la mañana. Los monteros hilvanaban la memoria del día sin alardes, solo con apretones de manos y miradas cómplices. Crecieron las anécdotas: el macareno que rompió por lo más sucio; los corzos que, por respeto a la modalidad, no se podían tirar; o aquella piara de más de doce guarros que se escurrió como humo y cruzó el Duero como si fueran nadadores de fondo rumbo al país vecino. Un lance imposible que quedará grabado más en la memoria que en la estadística.
Espera e incertidumbre
Porque la montería no es únicamente el disparo ni el trofeo. Es la espera y la incertidumbre; el respeto por la pieza y por el monte. Es la voz de los perros abriendo camino, el crujir de la jara bajo las botas, la hermandad que nace a la intemperie.
Al caer la tarde, uno comprende que ha participado en algo antiguo y esencial. Y sabe, con íntima certeza, que regresará cuando otra jornada vuelva a romper sobre la mancha.
Estas jornadas cinegéticas -caza en estado puro- son también días de convivencia entre vecinos y gentes llegadas de distintos puntos de nuestra geografía, e incluso del país vecino. Destaca, por encima de todo, la presencia creciente de jóvenes -muchos chicos, pero también un número cada vez mayor de chicas ocupando puestos o batiendo el monte con los canes-, signo esperanzador de relevo generacional, pese a quienes, desde la distancia, hablan sin conocer la realidad del campo.
Caza y tradición en terrenos ásperos y exigentes, dentro de un entorno rural incomparable. Badilla de Sayago y sus impresionantes Arribes del Duero merecen atención y compromiso frente al desafío silencioso de la despoblación. Porque aquí, donde el río talla la roca y el monte impone su ley, aún late una forma de vida que se resiste a desaparecer.
19 de enero de 2026, relato que se construyó desde el rincón que me inspira, con la chimenea encendida y los cepos de encina agradecidos, dando calor, como memoria viva de esta tierra. Escribo mientras el termómetro marca -3° al otro lado de la puerta. El frío aprieta afuera; dentro, el fuego dibuja sombras cálidas que invitan al recuerdo y a la palabra pausada.
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