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Paisanaje de Aliste

Ángel López Rivas, el famoso "churrero de Alcañices" que endulzó vidas alistanas y portuguesas: de vender churros en la calle a servírselos a Juan Carlos I

Su abuela Rufina fue la primera churrera del pueblo en el siglo XIX y hoy continúan el oficio su hijo "Angelito" y a sus nietos Alejandro y Abel

Antigua churrería de Alcañices. | CHANY SEBASTIÁN

Antigua churrería de Alcañices. | CHANY SEBASTIÁN

Aliste y Tras os Montes y Alto Douro es una tierra que ha fraguado su propia historia gracias a sus moradores, gentes de buen corazón e hijos ilustres de un territorio por el que ellos, de una u otra manera, cada uno en la medida de sus posibilidades, dieron su vida y sacrificios en su presente, para dejar un digno pasado y mirar al futuro con esperanza. Uno de esos alistanos insignes fue "El Churrero" de Alcañices.

Ángel López Rivas vino al mundo en una atemperada tarde de otoño, coincidiendo con el día 12 de octubre de 1936, festividad de la Virgen del Pilar, en el seno de la humilde familia formada por sus padres Alejandro López Riveras y Agustina Rivas Gago, en pleno fragor de la Guerra Civil.

Tras la triste experiencia de la "gripe española" de 1918, donde la mayoría de los nacidos morían incluso antes de ser cristianizados con el bautismo, llegaba una incongruente época bélica donde tan complicado era nacer como luego poder crecer y sobrevivir: unos niños para los que su primeros compañeros de viaje fueron la incertidumbre, el miedo y la miseria: "Durante la Guerra Civil, y tras ella, hubo muchas penurias, todos pasamos hambre, más o menos, nadie se vio libre, porque hasta el pan escaseaba; un simple cacho de hogaza casera aunque estuviera más duro que una piedra y solo untado con tocino asado a la lumbre era un manjar".

En 1942 y con apenas seis años le llegaba la hora de ir a estudiar. Fue un día especial, cogió su "cabás" y salía camino de la escuela de la calle Pérez Marrón, que desde 1909 se había convertido en la cuna del saber para los rapaces y rapazas alcañizanos.

Solo era un niño cuando su madre le colgó del brazo izquierdo la "cesta gitana", de mimbre y con tapa, y salió a la calle al grito de "¡Hay churros!: los mejores del mundo"

De mente preclara y buena memoria pronto aprendió Angelín a escribir y a echar las cuentas, las cuatro reglas: "lo justo para poder ganarme la vida sin miedo a que me engañaran" destacando entre sus maestros más recordados y queridos, don José y don Federico Huertas.

Fue él uno de los "niños de la guerra" y si ya de por sí fue complicado echar a andar en la vida mientras los españoles, padres contra hijos, hermanos contra primos, nietos contra abuelos se mataban a tiros en el Frente del Ebro, la mayoría de las veces sin saber por quién ni por qué luchaban, más lo sería una vez terminada la contienda fratricida y llegar una dura posguerra: "en todos los pueblos éramos muchos, familias numerosas, y había poco para comer".

Solo era un niño cuando su madre le colgó del brazo izquierdo la "cesta gitana", de mimbre y con tapa, y salió a la calle al grito de "¡Hay churros!: los mejores del mundo", ocurrente frase de un rapaz inocente y pícaro que, ya de anciano, gustaba de recordar la broma, que en sí era una gran verdad porque sus churros, efectivamente, eran de los más sabrosos y preciados de la península ibérica.

En 1946, con diez años, tuvo que dejar la escuela para meterse a corazón abierto en la "Universidad de la Vida". Una "cayata" de negrillo fue su compañera de aventuras en su primer oficio campero como cabrero cuidando las cabras y cabritos de la familia allá por el Monte de Sahú y la Sierra de Bruñosinos: "mira que el cabrio corría entre peñas y paredes sin parar en todo el día, pero nunca me dejaron atrás". Un periodo donde compartió la costumbre de "aprender nidos" controlando a pardales, correcarriles, abangavigas, pimenteras, pegas, escribideras, tordas, perdices y codornices.

Sus churros le hicieron conocido tanto en Aliste como en Portugal

En tiempos de Francisco Franco cumplir con la patria era lo primero y tras hacer la mili optó por convertirse en emigrante, en un "alistano errante" más de la necesidad para buscar en tierras lejanas aquel pan nuestro de cada día que le ayudase a progresar. Era un hombre de campo y eso le ayudó durante su éxodo rural a ganarse la vida trabajando como jardinero en Alemania.

Honesto, sencillo, bondadoso, trabajador y ahorrador cuando había juntado las "perras" suficientes cogió la maleta y la fardela con los marcos alemanes y regresó a sus añoradas tierras alistanas para casarse con su amada Mercedes Santiago Campos, allá por el año 1965: uno de los días más felices de su vida. Matrimonio del cual nacería su hijo Ángel López Santiago.

Su primera iniciativa empresarial en Alcañices fue comprar el Bar Avenida: "No sé cómo se las apañaba pero era especial, su bar era siempre el que más gente tenía". El secreto siempre estuvo en el don de gentes tanto de Ángel como de Mercedes.

Los churros en su esencia más pura, magníficos, de ello dieron fe miles de españoles y portugueses, estaban llamados a convertirse en parte vital de su vida hasta el punto que terminaría por ser conocido por su oficio como "El Churrero" en España y Portugal.

La Plaza Mayor había acogido la primera churrería de Alcañices allá por el siglo XIX, regentada por su abuela Rufina Riveras

La Plaza Mayor había acogido la primera churrería de Alcañices allá por el siglo XIX, regentada por su abuela Rufina Riveras. Continuaron con la tradición familiar heredando el negocio sus hijos Alejandro y Agustina (padres del señor Ángel), con churrería propia, primero en la calle Labradores y después frente al santuario de la Virgen de la Salud.

Su hijo Ángel fue aprendiendo el oficio, trabajando duro, ahorrando real a real, hasta que con 30 años, en 1966, abría su propia churrería en la céntrica Avenida San Francisco, ahora travesía de la Nacional 122. Allí desarrollaría su labor de churrero artesano durante 36 años. Su cierre coincidió con la puesta en marcha en el año 2002 ya junto a su hijo del Centro de Turismo Rural "La Atalaya", en la calles San Andrés donde los churros siguen siendo su alma mater.

Yo le hablo a la masa, lo mismo que el pastor a sus ovejas y el labrador a sus vacas

Cinco generaciones de churreros

Hablar de gastronomía tradicional en La Raya de España y Portugal es hablar de la saga de los "Churreros de Alcañices" que han mantenido la tradición durante cinco generaciones y en tres siglos diferentes: primero su abuela Rufina Riveras, luego sus padres Alejandro y Agustina, y ya como maestro artesano el señor Ángel (12 de octubre de 1936), que se lo enseñó a su hijo Angelito (11 de septiembre de 1968), que en el año 1997 se casaba con Irene Blanco Mata, de Matellanes, matrimonio del que nacieron Alejandro (1998) y Abel (2000) que, sin prisas pero sin pausas, fueron heredando y aprendiendo también la receta familiar orgullosos de su abuelo.

¿Sus secretos?: "Mis churros los hago con calma, siempre con aceite de oliva, harina, sal y agua, pero sobre todo con mucho cariño. Yo le hablo a la masa, lo mismo que el pastor a sus ovejas y el labrador a sus vacas, los alistamos le ponemos el alma y el corazón a todo lo que hacemos", aseveraba el señor Ángel con unas palabras que rezumaban paz y verdades como templos.

Los churros que comió Juan Carlos I

Para el señor Ángel uno de los días más inolvidables como churrero fue el día 8 de junio de 1997 cuando, coincidiendo con la conmemoración del séptimo centenario de la firma del Tratado de Alcañices del 12 de septiembre de 1297, allí estaban en su churrería el rey de España don Juan Carlos I y el presidente de la República de Portugal, Jorge Sampaio: "Me emocioné, se me soltaron las lagrimas y me faltó poco para llorar, allí está un rey de España y un presidente de Portugal saboreando mis churros. Le encantaron a los dos".

El día 6 de febrero de 2021 fallecía en Alcañices uno de los hijos más ilustres de nuestra historia, un hombre sencillo, ilustre y ejemplar, de esos que te preguntan por la salud y esperan a recibir la respuesta, un hombre con su manera de ser y sus exquisitos churros endulzó los paladares y las vidas de las gentes de uno y otro lado de "La Raya" de España y Portugal.

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