Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

San Agustín del Pozo: arte, palomares y pasado romano rodeado de salinas

En San Agustín del Pozo se han encontrado restos arqueológicos que atestiguan la presencia humana desde el periodo neolítico, además de vestigios de época romana y medieval.

Vista parcial del pueblo

Vista parcial del pueblo

Javier Sainz

El término de San Agustín del Pozo es uno de los once incluidos en la Reserva Natural de las Lagunas de Villafáfila. Esa pertenencia le hace participar de ciertas ventajas y beneficios, pero por otra parte tiene que soportar diversas limitaciones. Ocupa uno de los sectores norteños de esa demarcación, distando unos pocos kilómetros de las propias lagunas, 3 de la de Barillos y 5 de la Salina Grande. Su casco urbano se ubica en zona llana, pero alzada levemente sobre las casi imperceptibles cuestas que se sitúan a occidente de la planicie por la que discurre del arroyo del Riego o de la Huerga, principal emisor de los señalados humedales. Pese a la desnudez de sus tierras, carentes casi por entero de árboles, éstas resultan muy fértiles, realmente apropiadas para el cultivo de cereales.

San Agustín del Pozo, arte, palomares y pasado romano rodeado de salinas

San Agustín del Pozo, arte, palomares y pasado romano rodeado de salinas

Estos parajes fueron habitados por grupos humanos desde la más remota antigüedad, pues se han encontrado hachas pétreas y puntas de flecha del periodo neolítico. A su vez, queda constancia de posibles asentamientos de época romana en los pagos de Las Neiras, Las Somadicas y Los Villares, pues al arar aparecen fragmentos de tégulas, cerámica doméstica y piedras redondas de molinos de mano. La tradición señala que en Las Neiras hubo un convento. Asimismo, en Las Somadicas, al excavarse el terreno para hacer la caja de la carretera, localizaron ollas enteras, posiblemente urnas funerarias. Finalmente, sobre Los Villares quedó constancia de que en el lejano año de 946 los monjes del monasterio de Eslonza tenían allí diversas propiedades. Como resto bien palpable, se sabe del hallazgo de una cabeza masculina de mármol blanco, fechada en el siglo I, custodiada en el Museo Provincial de Zamora desde el año 1986. Pieza un tanto tosca y erosionada, pero muy expresiva, es posiblemente algún retrato personal.

San Agustín del Pozo, arte, palomares y pasado romano rodeado de salinas

San Agustín del Pozo, arte, palomares y pasado romano rodeado de salinas

Edad Media

Llegados a la Edad Media, se desconoce el momento exacto de la repoblación del lugar tras la Reconquista. Es muy probable que ya contara con vida en el siglo X, al igual que otros poblados del entorno. No obstante, aparece citado tardíamente en los documentos. Una de las primeras menciones lleva la fecha de 1310. Otra, del año 1443, está recogida en el libro de heredades del monasterio jerónimo de Nuestra Señora de Montamarta.

El propio San Agustín siempre estuvo ligado a la vecina y más importante localidad de Villafáfila, formando parte de su jurisdicción. Al igual que esa villa mayor, dependió de la Orden Militar de Santiago, integrada en la Encomienda de Castrotorafe. En la pesquisa ordenada por el rey Carlos I en todas las posesiones santiaguistas, fechada en 1528, se censaron aquí 60 vecinos. Tras ciertas usurpaciones y turbulencias, a partir de 1542 quedó sujeto al dominio señorial de los Marqueses de Tábara, quienes lo retuvieron hasta la supresión de los privilegios feudales del siglo XIX. Durante la Guerra de la Independencia, el pueblo, al igual que muchos otros, hubo de recurrir a la plata de la iglesia para poder pagar las contribuciones impuestas por el invasor francés. Debido a la condición salina del terreno, también aquí se obtuvo sal, sabiéndose de la existencia de una fábrica de salitre hacia el año 1777.

San Agustín del Pozo, arte, palomares y pasado romano rodeado de salinas

San Agustín del Pozo, arte, palomares y pasado romano rodeado de salinas

Formando parte de su término se incluyó la dehesa de Fontiñuela, ubicada hacia la raya con Villafáfila, desaparecida ahora como latifundio. Esa finca, que se cita desde el año 1128, pertenecía en 1765 al Priorato del Puente, situado en Milles de la Polvorosa, dependiente de los canónigos de la lejana abadía de Benevívere, en Carrión de los Condes. Otros datos señalan que esta heredad pudo ser de la Orden de Santiago en algún momento.

Topónimo

En cuanto al topónimo local, desde antiguo llevó "San Agustín" como nombre básico, sin embargo, su apellido fue en algunos momentos "de Campos" y en otros "de Rebellinos". Adquirió definitivamente el "del Pozo" por un Real Decreto emitido en 1916. No obstante ya se había utilizado en 1528 en el Censo de Pecheros recopilado por esas fechas. Desconocemos cuál fue el pozo reseñado, acaso el que surtía de agua potable a los vecinos. Dos son las fuentes naturales que ahora perduran. La más cercana es la de la Rana, situada al norte, cerca del arroyo que discurre por ese lado. Según un cartel allí existente llegó abandonada a nuestros tiempos, habiéndose reformado en el año 1997. Su depósito, que aparece techado, posee un arco de ladrillo como acceso. Relativamente alejada hacia el suroeste, la fuente de la Dehesa se sitúa en los espacios que fueron del mencionado coto de Fontiñuela. Su manantial brota en un hoyuelo y aparece forrado con paredes pétreas y rústicas losas por encima.

El propio pueblo dista 45 kilómetros de Zamora y 20 desde Benavente, quedando Villafáfila a 4. Como acceso dispone de la carretera que desde Torres del Carrizal enlaza con la A-VI o autovía de La Coruña en San Esteban del Molar. Secularmente, cruzó por entre sus casas la Vereda de Toro, importante ruta ganadera que conectó la ciudad toresana con Benavente, pero aprovechada asimismo como oportuno itinerario para transeúntes.

San Agustín del Pozo, arte, palomares y pasado romano rodeado de salinas

San Agustín del Pozo, arte, palomares y pasado romano rodeado de salinas

Desde antiguo, los edificios locales fueron construidos básicamente con tapial. No obstante, en las reparaciones modernas ese rústico material ha ido sustituyéndose por el ladrillo, el cual domina por entero en las diversas viviendas de nueva hechura. Con todo ello el pueblo entero presenta un aspecto de progreso y confort muy positivos. Entre las diversas casas destacan algunas por su arquitectura más elaborada. En la calle Mayor existe una muy hermosa, de estilo modernista. Posee dos plantas, con los vanos recercados con ladrillo, arcos rebajados y azulejos decorativos, además de estéticas rejas. La cornisa superior resulta bastante compleja, con canes formados por ladrillos escalonados, sobre los que carga un antepecho animado con agudos pináculos. En una lápida marmórea colocada en lo alto, junto a las iniciales del nombre del dueño, leemos el año de 1926, que habrá de ser el de su construcción.

La calle del Sol

Uno de los espacios urbanos más gratos es la calle del Sol, dotada de doble calzada. Posee pequeños espacios ajardinados, ocupados a su vez por árboles que generan sombras acogedoras. En ella se ubica la sede del ayuntamiento, la cual ocupa un sobrio inmueble de dos plantas, bien mantenido, con dos blasones a ambos lados del balcón superior. Son timbres heráldicos cincelados con detalle, colocados modernamente. El uno reproduce las armas de Castilla y León, siendo el otro el escudo municipal. Éste muestra un águila explayada y por debajo tres cabezas humanas. La parte trasera de este mismo bloque forma uno de los laterales de la Plaza Mayor, recinto de planta cuadrada, bien urbanizado, provisto de asientos.

Pese a lo ya señalado, los elementos más vistosos que aquí podemos contemplar son los palomares tradicionales. Perduran tres, bien conservados, aunque antaño es casi seguro que existieran varios más. Se emplazan en terrenos periféricos, en las fincas que lindan con las casas por el oeste. Todos muestran plantas rectangulares, combinando el ladrillo con superficies enfoscadas, supuestamente de barro. Descuellan por su complejidad estructural y decorativa, mucho más acusadas que lo común. Disponen de tejadillos escalonados, cortavientos con pináculos, troneras con formas de torre y celosías caladas.

Bodegas y vinos

También subsisten diversas bodegas, las cuales testimonian una dedicación vinatera ahora desaparecida. Se agrupan en varios conjuntos, marcándose los característicos lomos térreos con los que se cubren sus estancias y galerías, pues no se excavaron en profundidad. Son perceptibles también las chimeneas de ventilación y las puertas en arco.

Situada en el centro del pueblo, la iglesia se hace visible desde lejos por su considerable envergadura, pues asoma por encima de todos los demás edificios. Es un templo de orígenes antiguos, consagrado a la Natividad de María. Su reciedumbre se aprecia en la portada, provista de un arco de entrada apuntado y dos archivoltas de la misma forma. A su vez cuenta con un alfiz envolvente. Todo ello está levantado con ladrillo, oculto bajo gruesos enfoscados. Esa hechura incita a pensar en la primitiva existencia de un inmueble románico de ladrillo, similar a los conservados en Villalpando, relativamente próximos. Sin embargo, el resto del edificio es muy posterior, quedando constancia de obras importantes realizadas en el siglo XVIII y en el XIX. En sus formas actuales posee cabecera cuadrada bastante prominente y el cuerpo más bajo de las naves, siendo el ladrillo macizo y los cajetones de tapial los materiales utilizados. Adosadas al costado del sur se hallan estancias auxiliares y un angosto portal, cerrado con reja, en el que se cobija la señalada puerta. El campanario es una esbelta espadaña de tres vanos que en su parte baja fue alzada con mampostería pétrea, elemento un tanto escaso por aquí, debido a la carencia de canteras. Las propias campanas descuellan por su considerable tamaño. Colocada como celosía de la ventana situada en esta fachada occidental, se halla una preciosa cruz de hierro, magnífica obra de algún herrero habilidoso.

El interior posee muros enjalbegados, contando con una cúpula como cubierta del presbiterio, con los padres de la Iglesia dentro de óvalos en las pechinas. Bien pronto las miradas quedan prendidas del retablo mayor, pieza renacentista notable, restaurada hace ya unos veinte años. Lo forman trece escenas pintadas sobre tabla, además de la talla de la Virgen patrona, colocada en el medio. Su marquetería está formada por frisos con cabezas de angelillos, medallones y guirnaldas vegetales, además de columnas cuyos fustes aparecen rellenos de grutescos. En cuanto a las señaladas pinturas, que reproducen momentos de la vida de María y de Cristo, resultan admirables por su composición y colorido. Se atribuyen a Martín de Carbajal y a Blas de Oña, artistas de la escuela toresana, muy activa en aquella época. Interesante es también la pila bautismal, colocada debajo del coro. Vemos un amplio cuenco de granito traído sin duda de lejos, con una gran cruz griega cincelada en su cara externa, a la que agregaron veneras y cruces menores, además de rústicos gallones.

Tracking Pixel Contents