Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Los pueblos de Zamora como esperanza

San Román de los Infantes, la diminuta villa de Zamora con larga historia

El pueblo ofrece un tranquilo rincón con historia, ligado a la infanta Sancha Raimúndez y con un pasado eclesiástico relevante

San Román de los Infantes.

San Román de los Infantes.

Javier Sainz

A doce kilómetros del centro de Zamora y siete más si se acude por carretera, se ubica el pueblo de San Román de los Infantes. Su casco urbano se emplaza en un apartado valle, a desmano de las rutas principales. Por ese aislamiento se ofrece como un silencioso y bucólico rincón, sumamente apropiado para el sosiego y descanso.

Integrado al menos desde el siglo XIX en el ayuntamiento de Pereruela, su término resulta bastante extenso, pues abarca unas 2800 hectáreas. Pero de esas tierras, pocas fueron las explotadas directamente por los vecinos locales, pues gran parte de ellas pertenecieron a vastos latifundios que aún siguen vigentes. Se ubican aquí las dehesas de Congosta, Barbadillo, Mezquetilla, La Carba y Las Vegas.

San Román de los Infantes, un lugar diminuto de larga historia realzado con la categoría de villa

San Román de los Infantes, un lugar diminuto de larga historia realzado con la categoría de villa

Atendiendo a la orografía, estos parajes se presentan un tanto quebrados, accidentados por profundas y sinuosas hondonadas por las que se deslizan diversos arroyos. Entre esas vaguadas quedan lomas redondeadas en cuyas cimas se extienden las parcelas cultivadas. Los cursos acuáticos más importantes son la rivera del Campeán y el arroyo que cruza por el propio pueblo, rotulado en algunos mapas como de San Julián. Ambos desaguan en el río Duero, formando agrestes barrancos en sus desembocaduras. Diversos retazos de los baldíos aparecen ocupados por pinares de repoblación forestal, aún de talla modesta.

San Román de los Infantes, un lugar diminuto de larga historia realzado con la categoría de villa

San Román de los Infantes, un lugar diminuto de larga historia realzado con la categoría de villa

Atendiendo a la orografía, estos parajes se presentan un tanto quebrados, accidentados por profundas y sinuosas hondonadas por las que se deslizan diversos arroyos. Entre esas vaguadas quedan lomas redondeadas en cuyas cimas se extienden las parcelas cultivadas. Los cursos acuáticos más importantes son la rivera del Campeán y el arroyo que cruza por el propio pueblo, rotulado en algunos mapas como de San Julián. Ambos desaguan en el río Duero, formando agrestes barrancos en sus desembocaduras. Diversos retazos de los baldíos aparecen ocupados por pinares de repoblación forestal, aún de talla modesta.

San Román de los Infantes, un lugar diminuto de larga historia realzado con la categoría de villa

San Román de los Infantes, un lugar diminuto de larga historia realzado con la categoría de villa

La historia local

Evocando la historia local, se desconoce el momento en el que la aldea primitiva fue repoblada, aunque sí consta que ya existía en la primera mitad del siglo XII. Su nombre aparece citado, con fecha de 1126, en el Tumbo Negro de la catedral de Zamora. Se sabe que poco después era un señorío de la infanta Sancha Raimúndez, hermana del rey Alfonso VII. Esta importante dama, el 30 de abril del año 1157, donó el lugar al obispo Esteban y a su iglesia de Zamora. En poder del Cabildo catedralicio zamorano se mantuvo a lo largo del resto de la Edad Media, recibiendo fuero los colonos allí asentados, para delimitar sus derechos y deberes. Aunque el texto y la fecha en la que se otorgó esa carta foral se desconocen, sí se sabe de su existencia, pues está mencionado en diplomas recogidos en el ya señalado Tumbo Negro de la seo zamorana. Llegados al año 1575, el rey Felipe II, inmerso en una de sus intensas crisis financieras, expropió a las autoridades eclesiales este lugar, para ponerlo en venta a continuación. Algún tiempo después el Cabildo consiguió recuperarlo. Finalmente, lo perdió definitivamente en el siglo XIX, debido a la Desamortización de Madoz.

Diminuta pero digna

La localidad siempre fue diminuta. Se sabe que alrededor del año 1600 habitaban en ella 18 familias. Pese a su insignificancia demográfica, en el siglo XVIII poseía la categoría de villa, título y dignidad que aún conserva, pues el Nomenclator oficial de 1991 así lo especifica.

La dehesa de Congosta, la más extensa de todas ellas, también fue donada en 1157 por la infanta Sancha al obispo. Al igual que en el propio pueblo, queda constancia de que a sus moradores se les concedió asimismo fuero. Contó con iglesia propia, pues perduran datos de que en el siglo XIII el Cabildo disfrutaba de todos sus derechos. Aprovechando el inmediato curso del Duero, construyeron ahí una aceña, que rindió abundantes ingresos. Aún resisten las ruinas de esa factoría harinera, desafiando firme las arremetidas de las riadas. Con la Desamortización, el latifundio fue adquirido por el Conde de Chinchón, desembolsando la considerable cantidad de 425.100 reales. Más tarde pasó a otros propietarios. En 1955 ciertos vecinos de Carrascal compraron 60 hectáreas, parcelándoselas entre ellos. Aparte de las viejas casas de la finca, un tanto abandonadas, se ubica ahí un magnífico establecimiento hostelero denominado "Posada Dehesa de Congosta", sumamente apropiado para disfrutar de paisajes espectaculares en un entorno campestre pero apartado, muy apto para el reposo.

San Román de los Infantes, un lugar diminuto de larga historia realzado con la categoría de villa

San Román de los Infantes, un lugar diminuto de larga historia realzado con la categoría de villa

Ese mismo Conde de Chinchón se hizo a su vez con las vecinas dehesas de Barbadillo y La Carba, menos extensas que la otra, las cuales también pertenecieron al Cabildo.

Mezquetilla, de 733 hectáreas, aparece citada por vez primera en el 1210. En el siglo XVIII su propiedad estaba compartida entre el obispo zamorano y el convento de las Dueñas. Lo mismo sucedía con Las Vegas. Tras ser desamortizadas, las mitades del obispo fueron adquiridas por el Marqués de Villaverde y las del convento por un particular llamado M. Llorente.

El señalado término local linda al norte con el río Duero, el cual dibuja por aquí un recodo muy cerrado, una de las anomalías más peculiares de todo su trazado fluvial. El cauce, al chocar con un potente sierro rocoso, se ve obligado a torcer violentamente hacia el norte, para virar después en dirección contraria y recuperar al fin su dirección dominante hacia el oeste. La longitud total del meandro viene a ser de unos 16 kilómetros. En ese tramo se inician los barrancos que formaran el gran tajo denominado Los Arribes.

Esta singularidad orográfica fue aprovechada a comienzos del siglo XX por el ingeniero Federico Cantero Villamil para instalar la primera gran central hidroeléctrica de la provincia de Zamora y una de las más antiguas de España. En 1902 taladró el meandro en su base, excavando un túnel de kilómetro y medio, para conseguir un desnivel de 11,5 metros. Tras retener las aguas del Duero con una presa, canalizó parte de esos caudales por el señalado túnel, los cuales, en su caída, hacían girar un par de grandes turbinas. Éstas accionaron a su vez otros tantos generadores, produciendo así energía eléctrica abundante y barata, útil para el alumbrado y la fuerza motriz. Largas líneas de postes y cables la transportaron hasta las ciudades de Zamora, Salamanca, Toro y Valladolid, además de a pueblos menores.

La empresa fundada para su explotación se denominó "El Porvenir de Zamora", creada en el 1899, siendo absorbida por Iberduero en 1951. Después de los más de cien años de existencia, la obra y mecanismos así erigidos siguen activos, bien es verdad que renovados y modernizados. Además de los grupos electrógenos, se creó un poblado para acoger a los empleados encargados del funcionamiento. También se habilitó una carretera de acceso, que se aprovechó como vía de comunicación para el pueblo. Ahora todo está automatizado y no es preciso residir ahí, pero perduran esos edificios, admirables por su calidad y sus gratos diseños. Interesan asimismo por su ubicación en paraje grandioso.

Bloques de cuarzo lechoso

Centrados en la propia localidad, sus casas se escalonan en una soleada cuesta, formando calles un tanto sinuosas. Quedan entre ellas numerosos solares vacíos, ocupados antaño por viviendas y tenadas, arruinadas en nuestros tiempos, de las cuales perduran parcialmente las paredes que las limitaron. Los inmuebles tradicionales estuvieron construidos con una mampostería generada por bloques de esquistos muy oscuros e irregulares, en muchos casos colocados en seco, carentes de cualquier tipo de argamasa que los ligara entre ellos. No despreciaron los bloques de cuarzo lechoso que afloran por los alrededores, los cuales resaltan de entre las demás piezas por su intensa blancura. Se originó así una arquitectura áspera, casi negra, pero muy vistosa y llamativa. Hace una década, en una de esas casas por entonces decrépita, perduraban un par de hornos, verdaderamente atractivos, con sus muros semicilíndricos y su cubierta de losas de pizarra. Pese a que todo el conjunto urbano debió de mostrar una estética sumamente impactante, el confort de aquellas viviendas debió de ser un tanto precario. Por ello, se han levantado casas nuevas que, aunque han alterado un tanto la llamativa estampa heredada, ésta aún retiene su pintoresquismo en gran medida.

Para acceder hasta aquí desde Zamora hay que tomar la carretera que comunica con Bermillo de Sayago y Fermoselle. Tras dejar atrás el punto kilométrico 13, hemos de desviarnos hacia la derecha por un ramal que nos lleva al propio San Román. Este último trecho ha sido mejorado en el año 2025 con el ensanche de su plataforma y la mejora del firme. Poco antes de llegar al pueblo, en zona alta y solitaria, se emplaza el cementerio local. Es un pequeño recinto rectangular, limitado por recias paredes de piedra, provistas de modestas pirámides en sus esquinas y una cruz pétrea por encima de la puerta. Su soledad, unida a las menguadas dimensiones y al evidente desamparo, generan a la vez dulce ternura e intensa melancolía.

El primer edificio local al que accedemos es el destinado a las escuelas. Hallamos un inmueble moderno y funcional, construido con ladrillo y cemento, de muros enjalbegados, caracterizado por los cinco grandes ventanales por los que penetra una intensa luz natural. En nuestros días carece de función docente. A sus orillas queda un modesto parque infantil.

El templo

La iglesia, situada sobre solares dominantes, se ubica un poco más abajo. Es templo de firme apariencia externa, levantado posiblemente en el siglo XVIII. Hace unas dos décadas se ha mejorado por una profunda restauración, con el cambio de los tejados y el rejuntado de parte de sus muros. Posee planta rectangular, con cabecera recta, agregándose la sacristía en el costado del norte. Sobre el hastial de occidente se alza una espadaña de dos vanos, con remate superior en ángulo poco penetrante. La puerta, adintelada, se abre hacia el lateral más soleado. Queda protegida por un amplio pórtico, formado con un par de sólidos arcos, dotados de verjas de hierro. Al igual que en muchos otros lugares sayagueses, aquí también recrecieron y alisaron una de las fachadas del edificio, la oriental en este caso, para aprovecharla como trinquete o juego de pelota. Aún se conserva el suelo original de tierra compactada, pero ha desaparecido la red superior que retenía las pelotas que se desviaban.

El interior, sencillo pero acogedor, posee techumbres de madera. De las piezas artísticas ahí guardadas acaso la más destacada sea la imagen de un Crucificado, de correcta anatomía, la cual presenta a Cristo ya muerto, con una expresión serena en el rostro. Por sus formas, es posible que fuera tallada en el siglo XVII.

Tracking Pixel Contents