Hierbas, rezos y cuchillos de pedernal curanderismo en la Zamora del siglo XX
En Sanabria, los 'salutadores' invocaban a la Virgen del Azogue contra el mal de ojo, mientras que en Sayago, las 'santiguadoras' realizaban ritos para curar hernias infantiles

Salutador zamorano en una imagen creada con IA.
Gustavo Rubio Pérez (Raigambre)
En la Zamora del siglo XX los curanderos y curanderas no eran meros embaucadores ni santones de postal, sino quienes cuidaban de la frágil salud de un pueblo expuesto al hambre, al frío y a cientos de males que la ciencia aún no nombraba. Eran jornaleros de día, herreros, molineros, alfareras, pastores o mujeres de luto perpetuo con manos que olían a ruda¹ y a humo de encina, pero sobre todo, guardianes de un saber susurrado de abuelas y abuelos a nietas y nietos en las cocinas follacas² o en un corral alistano. No precisaban títulos ni boticas puesto que su autoridad radicaba en la fe colectiva y en la creencia de que el mal podía ser salutáu³ y extraído con hierbas del camino, rezos y gestos que a veces rozaban lo prohibido. Y es que desde los albores de dicho siglo, cuando la mal llamada gripe española segaba inclemente las almas de pueblos enteros, hasta bien entrado los años setenta estos taumaturgos rurales fueron los únicos gestores de las cuitas y dolores de los zamoranos a lo largo y ancho de nuestras doce comarcas.
Niño mordido por un zorro
1930, San Cristóbal de Aliste, Simón Díez Fernández (conocido como el "Curandero de San Cristóbal") era convocado al alba para "salutar" a un niño mordido por un zorro rabioso. No aplicaba sueros ni quirófanos, llegaba con su bastón de fresno, imponía las manos desnudas sobre la herida, y mascullaba un ensalmo en leonés: "Sae’l mal que sae dende dientru, que la tierra lu trague y el ríu lu leve" ("Salga el mal que sale de dentro, que la tierra lo trague y el río se lo lleve"). Luego, ungía al rapaz con grasa de marrano mezclada con ajos e hipericón, ya que se creía que esta hierba contaba con el poder de ahuyentar a los demonios según referencian las viejas encuestas del Ateneo madrileño en nuestra hermana Salamanca.

Un zorro. / LOZ
Finalmente el niño sanaba, pero no sólo por gracia divina, sino por el hecho de que Simón poseía el don de la sanación al haber sido el séptimo hijo varón, o bien por haber nacido en Viernes Santo. Asimismo, se decía que poseía una marca mística en el paladar, identificada por algunos informantes como una cruz de Caravaca y, por otros, como la rueda de Santa Catalina, y que de acuerdo con la tradición popular, las personas nacidas con dicha seña tenían una predisposición para lo sobrenatural a la par que eran conocedores de determinadas prácticas curativas o rituales.
Las matanzas
En las matanzas domésticas, consideradas momentos delicados tanto en lo práctico como en lo simbólico, se prestaba especial atención al primer corte. Cuando el degüello no resultaba limpio y la sangre era tenida por "mala" o "caliente", se creía que podía causar enfermedad a quienes habían intervenido en la faena. La aparición posterior de fiebre o malestar era interpretada como consecuencia directa de ese fallo inicial. En tales casos también se recurría a Simón, reconocido en la comarca por su capacidad para tratar estos males, entendidos no solo como afecciones físicas sino como desórdenes provocados por una práctica incorrecta. Simón no cobraba dinero y aceptaba únicamente la llamada "voluntad", que consistía generalmente en productos de la propia matanza —huevos, chorizo, tocino—, lo que reforzaba su condición de mediador comunitario y no de profesional mercenario.

Sara Fernández
Los chamanes
En Sanabria el curanderismo se encontraba elevado casi a lo chamánico, con los "salutadores" invocando a la Virgen del Azogue contra el mal de ojo, esa maldición silenciosa de la envidiosa que secaba la leche materna, pudría la mies, o cualquier otra suerte de fechoría que imaginemos. Veamos un caso. 1950, una mujer de Cernadilla, con el vientre retorcido (dolor cólico abdominal intenso) acude a la "Sanabresa", mujer de ojos profundos que le hace ayunar, beber infusión de consuelda y ruda —usado contra abortos y esterilidad—, y luego, en la noche sin luna, traza cruces con un cuchillo de pedernal sobre la tierra húmeda del robledal. "Azogue, azogue, saca el clavo puesto", rezaba, mientras quemaba sal y orines de mula en la fragua. El "clavo" —hechizo clavado por celos— salió humeante, y la mujer concibió. En estas prácticas se trenzaban, como dos hebras de un mismo cordel, lo celta y lo cristiano. Allí, igualmente, los sanabreses diagnosticaban el "susto", ese espíritu que se desgarra y huye del cuerpo por el espanto, y pretendían recobrarlo al calor de mesillas atestadas de yerbas como el saúco para domeñar las fiebres o la dedalera para encarrilar los corazones díscolos. Todo ello también tenía su reflejo en las otras dos provincias de León, en lugares como Oseja de Sajambre con sus salutadores, o en Salamanca, donde las curanderas de Villarino echaban mano de tejas sumergidas en pozos para propiciar la descendencia, pero era en Zamora donde estas artes adquirían un filo más áspero, casi feroz, como si el aislamiento las hubiera ido afilando siglo tras siglo.
En Sayago
Por su parte, en Sayago existió un buen enjambre de curanderas especializadas, tales como las "santiguadoras" de Muga de Sayago, que para librar a los niños de las hernias infantiles oficiaban el rito del "paso por la mimbre", introduciendo al infante por una raja abierta en un sauce, susurrando plegarias a Juan y a María, y luego anudando la rama como testimonio de la llaga ya soldada. Aún en 1920, una viuda de Fariza ungía los eczemas con ortigas maceradas en aceite bendito, mascullando la advertencia: "No mires atrás, que el demonio te galopa en la sombra". A su alrededor bullían creencias tales como que los curanderos resistían el hierro al rojo vivo —gracia del líquido amniótico que los protegía—, o que pisaban brasas sin que el fuego los mordiese. Mas no todo era fulgor piadoso, el cura desde el púlpito los lapidaba como "plaga de la humanidad" o los médicos los motejaban de embusteros; y, no obstante, cuando la rabia —pretérito azote endémico en los ganados de nuestra tierra— arreaba, el salutador siempre aventajó al veterinario en la preferencia de nuestros abuelos.
Benavente y Campos
En Benavente y la Tierra de Campos, los curanderos de menor jerarquía aliviaban los reumas a fuerza de mosto de saúco, aplacaban las quemaduras con saliva en ayunas —ese "fuego de San Antonio" que lamía la piel—, y entablillaban huesos quebrados con vendas untadas en grasa animal y extractos de yerbas silvestres. Hacia 1960, una curandera de Villalobón extraía el "maloficio"⁴ frotando bolitas de ámbar del Duero en las axilas del paciente, para que el potenciar de la carne avivase el despojo. En la Carballeda, exorcismos menudos invocaban aguas de fuentes taumatúrgicas —como la del Poyo en Zamora capital— para domar temblores "endemoniados". En el otro extremo de la provincia, en Toro y contorna, los partos desesperados se encomendaban a la "oración de las cuarenta vírgenes", con paños de consuelda que ablandaban "las puertas del cuerpo". Y como en el caso de Simón el alistano, el resto de salutadores zamoranos nada cobraban a precio fijo, sino por "voluntad" o en especie, y ese desinterés encendió siempre aún más la fe de los fieles.
Vocabulario
¹ Ruda: planta aromática, de olor fuerte y sabor amargo, de uso no sólo medicinal sino también ritual contra el mal de ojo, en santiguados y limpias o bien se llevaba encima o colgaba en casa como protección.
² follaco/a: natural de Fermoselle.
³ Salutáu en leonés significa "curado" o "sanado", refiriéndose a la curación de enfermedades o males. En Zamora, especialmente en comarcas como Aliste y Sanabria, los salutadores o saludadores eran curanderos tradicionales del que "salutaban" dolencias como la rabia, el empacho o el "mal de ojo" mediante rezos, hierbas y manos impuestas.
⁴ maloficio: palabra leonesa proveniente del latín maleficium.
En cualquier caso, conviene pues recordar que, en Zamora, antes que ambulancias y UCIS, hubo mujeres y hombres anónimos que se dejaron la vida mascando oraciones sobre heridas ajenas y cargando sobre sus espaldas el miedo colectivo a la muerte y al infortunio. Su ciencia, tejida con hilos de conocimientos ancestrales, paganismo y evangelio, fue el pobre lujo de un pueblo que no tenía otra cosa que ofrecer a sus enfermos que la fe y la sapiencia heredada. Y aunque el implacable tiempo haya ido borrando sus nombres y diluyendo sus ritos, tengo la certeza de que sin ellos nuestra historia hubiera estado mucho más enferma.
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