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Los Cencerrones devuelven la esperanza a Abejera tras un año marcado por la tragedia del fuego

Víctor Río Río reencarna al “Cencerrón” y Daniel Andrés Casas a su compañera la “Filandorra” en una fiesta que este año ha estrenado la declaración de Interés Turístico Regional

Abejera de Tábara ha dado la bienvenida a Año Nuevo aferrándose a la ancestral y tradicional mascarada de “Los Cencerrones” abriendo las puertas de par en par a la esperanza de un nuevo ciclo en su ya insigne historia tras dejar atrás un año para olvidar marcado por el trágico “Incendio de Puercas”, que obligó a evacuar el pueblo en la tarde del día 12 de agosto.

Víctor Río Río reencarnó este año al “Cencerrón” y Daniel Andrés Casas a su compañera la “Filandorra” completando el ritual David Gallego Andrés (Ciego), David Andrés Folgado (Molacillo), Alejandro Ratón Folgado (Gitano), Aitor Fínez Andrés (Pobre), Michael Blanco Hessler (Madama) y Óscar Río Río (Galana).

Todos ellos con una magnífica representación primero por la mañana en la “Pedida de Aguinaldos” que empezó por casa del alcalde pedáneo Ángel Andrés Ferreras, felicitando el Año Nuevo a todas las familias, para completar por la tarde la mascarada con todo su ritual en la “Plaza del Fornico” junto a la iglesia de la Virgen de la Natividad.

Un Año Nuevo especial, pues los Cencerrones se estrenaron como Fiesta de Interés Turístico Regional, un distintivo sin lugar a dudas merecido, que marcará un antes y un después, no tanto por lo que ha cambiado la mascarada, -que sigue siendo la misma-, sino por lo que simboliza la distinción otorgada por la Junta de Castilla y León.

Se trata de un reconocimiento oficial de que lo que sucede en Abejera no es solo una celebración local, sino una expresión cultural de valor colectivo, representativa de una forma de entender el mundo rural, la identidad y la comunidad”.

En Abejera un pueblo especial donde sus vecinos tienen medianamente claro, desde su fundación a antes de crearse el Marquesado de Tábara allá por el año 1541, así lo sentencian sus sabios y ancianos moradores que “hay celebraciones que no necesitan escenarios ni focos porque su fuerza nace del tiempo y los Cencerrones son una de ellas”.

Porque no son “una fiesta inventada para agradar a al visitante, ni una representación folclórica pensada para ser fotografiada: son un rito vivo, profundamente arraigado en la memoria colectiva, que cada uno de enero vuelve a ocupar la plaza y las calles como lo ha hecho desde toda la vida”.

El Cencerrón volvía a ser el alma, corazón y vida de la mascarada estrenando este año sus “Tenazas de Escalera” y una actualizada máscara para regresar al pasado y el tronar de sus cencerras, un ser diabólico tan admirado como temido que “no busca agradar sino imponerse, porque no es un personaje que se observa es un personaje que se sufre y se recuerda”.

La ceniza y los cencerros no son allí adornos al uso sino unos símbolos, porque golpear y hacer ruido servía y sirve “para ahuyentar los males y atraer un año próspero” lo cual viene a recordarnos que la mascarada ni mucho menos ha perdido su función original, solo ha ganado adepto”.

Los “Ciegos” con sus burras fueron, son y siempre serán, la parte graciosa con sus siempre satíricas coplas, tan improvisadas como mordaces, que con verdades como templos repasaron la actualidad del último año en Abejera: “Aquí la tradición no es solemne ni distante, es una crítica burlona y cercana” sin olvidar que los Cencerrones en su conjunto son memoria oral, una forma de contar la historia reciente desde el humor popular, sin filtros ni solemnidades”.

El valor cultural de Los Cencerrones reside también en la transición intergeneracional. Son los jóvenes quienes asumen representar a los personajes, pero a la vez son los mayores quienes les enseñan, recuerdan y corrijan: trajes que se elaboran en casa, coplas escritas al calor de la lumbre, abuelas que cosen y abuelos que aconsejan.

La mascarada pertenece al pueblo de Abejera, aunque la encargada de mantenerla viva es la Asociación Cultural “El Castro”.

Salvaguardar la tradición

La asociación cultural “El Castro”, ya con más de un centenar de socios, es la responsable de custodiar y mantener viva una mascarada. Una cifra especialmente significativa para un pueblo pequeño y envejecido, lo cual supone un respaldo que demuestra que los Cencerrones “no son solo una fiesta del calendario, sino un proyecto compartido que une a los vecinos, hijos del pueblo y personas vinculadas a la tradición”.

Entre los proyectos de futuro está el de afrontar la rehabilitación de las antiguas escuelas para reconvertirlas en la “Casa de los Cencerrones”, un espacio “no solo para custodiar los trajes y elementos del ritual, sino para convertirse en un centro de interpretación, un lugar de encuentro y transición de la memoria colectiva, abierto a visitantes, estudiosos y a las nuevas generaciones. El reto que se abre ahora no es crecer sin medida, sino conservar la esencia.”

El objetivo es que el reconocimiento como Fiesta de Interés Turístico Regional “no convierta el rito en un espectáculo vacío, ni la tradición en una postal. Que siga siendo, ante todo, una celebración identitaria, nacida del invierno, del campo, del humor popular y de la necesidad ancestral de empezar el año haciendo ruido para espantar los miedos.

Porque mientras haya un Cencerrón sacudiendo sus cencerros, unos Ciegos cantando verdades incómodas y un puesto a mancharse de ceniza, Abejera seguirá recordándonos que el patrimonio cultural no solo se conserva: se representa, se hereda y se vive”.

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