El Toco, una espectacular demostración de fuerza de la juventud de Aliste
Una celebración tradicional que finalizaba con una gran hoguera en la noche de Todos los Santos

Representación de la celebración de los mozos ante la gran lumbre del Toco de Sejas de Aliste. Imagen generada por Perplexity.
Cristina Manías Fraile (Raigambre)
Desde los albores del tiempo, las hogueras forman parte de nuestra cultura y de nuestras tradiciones. Los pueblos astures, que habitaron nuestra tierra y de los que somos herederos, celebraban con hogueras los solsticios de verano e invierno. Eran ceremonias de origen pagano, que posteriormente la Iglesia adoptó dotándolas de un significado cristiano. Rituales de fuego que han pervivido a lo largo del tiempo, también en nuestra tierra.
En un pequeño pueblo situado en Aliste, esa comarca en la que hasta no hace muchas décadas la vida parecía seguir su curso a un ritmo diferente al resto del país, en esa tierra de lobos, de hombres y mujeres curtidos por el trabajo en el campo, hasta hace poco se conservaba la tradición de una hoguera diferente. Esa localidad era Sejas de Aliste y la hoguera se prendía en la festividad de Todos los Santos. Se desconoce su origen, pero no parece tener nada que ver con los solsticios ni con los magostos donde se tuestan castañas para disfrutar de ese preciado fruto otoñal.

Hoguera de San Juan en Zamora / Jose Luis Fernández
Todos los Santos
La hoguera de Todos los Santos era el culmen de una exhibición de fuerza y habilidad de los jóvenes del pueblo. Era una exaltación de la vida, de la bravura de la juventud, de aquellos mozos sanos y fuertes que habían trabajado duro desde niños y que podían con todo lo que se les pusiera por delante.
Se trata del Toco, una de las tradiciones más curiosas de Aliste que se mantuvo vigente hasta la década de 1960.
La fiesta del Toco comenzaba de mañana. Los jóvenes de Sejas, comandados por el alcalde de mozos, se dirigían a la era del pueblo, salpicada de gigantescos robles. Previamente habían escogido uno o dos ejemplares de roble que estuvieran secos o en mal estado, pidiendo permiso al alcalde del pueblo y al guardamontes para proceder a su tala.
Primero cortaban las gajas, es decir, las ramas del árbol, cargándolas en un carro. Después, con ayuda de un serrón, que era un serrucho de gran tamaño, talaban el grueso tronco del roble que hacían caer encima de otro carro, en cuya parte delantera, en lugar de bueyes, se colocaban los dos mozos más fuertes del pueblo. No estaban solos, otros jóvenes realizaban un entramado con varias ramas grandes y sogas para poder tirar todos juntos del carro, dirigidos por el alcalde de la mocedad. De esta manera, aunaban sus esfuerzos para arrastrar el carro cargado de leña hasta el pueblo.
Para animar el evento solía acompañarles algún gaitero que a menudo se colocaba encima del carro, sobre el gigantesco roble, lo que sin duda añadía unos kilos más de carga. Los mozos tenían que realizar un recorrido que solía superar un kilómetro de distancia, arrastrando el carro por caminos a menudo embarrados, hasta llegar al centro del pueblo. Allí dejaban el carro con su preciada carga para admiración de la gente del lugar.

A. A.
“¡Es enorme! ¡Qué mozotes! ¿Cómo habrán podido traerlo hasta aquí?”, exclamaban invariablemente todos los años los vecinos de Sejas al imaginar el enorme esfuerzo realizado por los jóvenes.
Pero no había terminado aquí la hazaña. A primera hora de la tarde tocaba ejecutar la maniobra más compleja, subir el carro cargado con el tronco por la cuesta de la Capilla, hasta el lado de la Casa del Cura. Varios mozos tiraban del carro por aquella cuesta corta, pero empinada y resbaladiza. Brazos jóvenes y corazones bravíos empujando hacia arriba una carga brutal. Conseguían subirlo con mucho sudor y esfuerzo, ante los vítores y aplausos de los vecinos del pueblo que se congregaban en torno al espectáculo de demostración de fuerza de la juventud.
A continuación, se procedía a la subasta del tronco al mejor postor, quien dispondría de una buena cantidad de leña para pasar el invierno. Con el dinero obtenido, los mozos compraban castrones para asar en una gran lumbre que prendían en la plaza del pueblo, junto al río, con las ramas transportadas en un segundo carro. La celebración del Toco terminaba con una fiesta al calor de la hoguera, con los jóvenes comiendo, bebiendo y cantando canciones tradicionales en alegre jarana.
¿Por qué ya no se celebra?
Hace ya varias décadas que dejó de celebrarse el Toco. Dos factores se combinaron para ello: la emigración de los años 60 privó a la vecindad de suficientes brazos jóvenes para tirar del carro y, por otro lado, creció la conciencia ecológica y el sentimiento de intentar preservar al máximo la arboleda de esta bella localidad.
Actualmente, en la celebración de Todos los Santos ya no resuenan los carros recorriendo el largo camino desde la era hasta la Capilla. Los robles centenarios descansan, ajenos a otros peligros que les acechan hoy en día, tal vez mucho peores que los de tiempos pasados. El riesgo de los fuegos que asolan Zamora cada verano y que van destruyendo inexorablemente nuestros bosques. Y el riesgo del trazado de una carretera, la N-122, que en algún momento se convertirá en autovía, como todos los alistanos deseamos, pero que tal vez en su nuevo trazado siegue la vida de algunos de estos robles centenarios que se yerguen majestuosos en las extensas praderas de Sejas.
Varias conversaciones con vecinos de Sejas de Aliste me han llevado a conocer los detalles de la tradición del Toco. Antonio Faúndez, Ricardo Fraile y Lorenzo Rivas me hablaron del funcionamiento y relevancia de la sociedad de mozos en el pasado y de cómo se organizaban para arrastrar el carro cargado con el descomunal peso. Angelita Fernández, Carmen Fraile y Josefa Diebra me hicieron revivir la emoción que sentían los espectadores ante esta demostración de fuerza. Domingo Fernández y Aurora Fernández, que entrelazaban sus palabras, igual que han hecho con sus vidas, me dieron detalles de cómo se vivía la fiesta en los últimos años de su celebración. A todos ellos, gracias por conservar la memoria de nuestras tradiciones.
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