Los pueblos de Zamora como esperanza
Monumenta, enclave hermoso y apacible, ceñido por extensos encinares
El término mantiene con fidelidad la arquitectura tradicional de la comarca

Iglesia de Monumenta.
Javier Sainz
Asentado en el centro de la comarca sayaguesa, Monumenta dista poco más de dos kilómetros de Luelmo, a cuyo ayuntamiento pertenece. A su vez, la distancia en línea recta hasta Bermillo es de 9 kilómetros, los cuales se incrementan en tres más si se acude por carretera. Para llegar hasta allí existe un solo ramal asfaltado, el cual arranca desde el citado Luelmo y concluye en el propio pueblo. Ese relativo apartamiento, lejos de los itinerarios más frecuentados, hace de la localidad un enclave bucólico y sereno, en el que se puede disfrutar de una naturaleza amable y acogedora, sumamente atractiva.
Llama la atención el propio nombre del lugar, a la vez extraño y sonoro, el cual está emparentado con el portugués Moimenta, que llevan tres poblaciones del vecino país y con el Muimenta de al menos dos aldeas gallegas. Se cree que esos topónimos derivan del vocablo latino “monumentum”, cuyo significado es el de construcción conmemorativa, referida posiblemente a túmulos o sepulcros. Aunque no queda aquí ningún recuerdo de la existencia de elementos de ese tipo, bien pudieron haberse perdido con el discurrir de los siglos. En escritos de tiempos pasados figura con las formas de Munimenta y Monimenta, para aparecer con la grafía actual en un diploma del monasterio de Valparaíso datado en 1435.

Monumenta, enclave hermoso y apacible, ceñido por extensos encinares
Centrados en la historia local, al igual que en todo Sayago, los textos escritos que mencionan el pueblo son relativamente tardíos. Una de las citas más antiguas está recogida en el Tumbo Negro de la catedral de Zamora, fechada en el año 1155. Otra del mismo códice lleva el año 1269. Como curiosidad documental, en 1411 el caballero zamorano Lope García de Porras realizó una permuta con Diego López de Torres. Entregó unas heredades que poseía en Soguino y Viñuela a cambio de otras ubicadas en Abelón, Palaces, Fadón y este lugar de Monumenta. Ciertos acontecimientos destacados que afectaron a lugares próximos, entre ellos a Badilla o Torregamones, acaecidos durante las guerras de separación de Portugal e invasión napoleónica, no debieron alterar el sosiego de las gentes que aquí residían, pues no se tiene constancia de ninguna incursión o saqueo que les afectara directamente

Monumenta, enclave hermoso y apacible, ceñido por extensos encinares
El casco urbano local se dispersa por amplios espacios, quedando entre sus inmuebles terrenos para huertos y cortinas, limitados por las características paredes de piedra seca. Cuenta con dos ejes principales, llamados calle Larga y calle de la Fuentica, vías que se unen por ambos extremos. A su vez existen diversas travesías que las comunican entre sí. Se conserva en gran medida la arquitectura tradicional de la comarca, generada por muros de mampostería pétrea, siendo el granito el material casi exclusivo. Destacan las típicas portaladas, para las que se utilizaron grandes sillares berroqueños y salientes mensulones que sujetan un tejadillo protector. Sirven de acceso a los corrales, recintos distributivos a los que se abren establos, pajares, tenadas y las propias viviendas. A las afueras resisten algunos vetustos palomares, de planta cuadrada y tejado a una sola vertiente, sobrios, pero muy atractivos. Aporte de nuestros tiempos son las amplias tenadas ganaderas.

Monumenta, enclave hermoso y apacible, ceñido por extensos encinares
Destacables son a su vez las fuentes, muy similares entre sí. Constan de un pozo cuadrado, forrado con piedra, protegido por una cubierta de grandes lanchones. De todas ellas la más notable, muy concurrida antaño, es la denominada fuente Concejo, solitaria hacia el sur, distante algún centenar de metros de las últimas casas. Integra a su lado varias pilas, utilizadas como abrevaderos, excavadas en piedrones globulares. Otros manantiales semejantes son la fuente de Las Locayas, la del Morguz, el Pozo de la Iglesia… Entre las charcas diseminadas por el campo descuella la laguna Clementa, un redondel azul rodeado de pastizales.
Su iglesia
La iglesia se ubica en una encrucijada, contando con amplios espacios libres delanteros. Se genera ahí una plazuela, parcialmente ajardinada, que aparece santificada con dos cruces pétreas. Una de ellas, elaborada con mayor esmero, está formada por un pilar octogonal sobre el cual se yergue el signo cristiano. A su vez, también hallamos la vetusta moral, tan común delante de los recintos de culto de gran parte de Sayago, protegida por un cerco pétreo. Es un árbol varias veces centenario, de tronco grueso y retorcido, sometido a podas expeditivas, pero que aún mantiene suficiente vigor para rebrotar cada primavera. A parte, al igual que en otros lugares de la comarca, nuevamente aquí se aprovechó una de las paredes de la iglesia para habilitar el trinquete o juego de pelota. Alisaron los solares contiguos y colocaron una larga tela metálica sobre el alero, la cual protegía el tejado y evitaba que se encajaran las pelotas.
El propio templo está consagrado a San Clemente, advocación muy poco común en nuestras tierras. Este bienaventurado fue el cuarto papa de la Cristiandad, siendo desterrado a Crimea por el emperador Trajano, donde al parecer murió martirizado. El edificio posee una cabecera cuadrada a la que se le une el cuerpo, más bajo, de la nave. Sobre el hastial de poniente se yergue la espadaña, muy robusta y atractiva, provista de salientes impostas y con tres ventanales para las campanas. La puerta se abre en la fachada del mediodía, al resguardo de un pequeño pórtico. Posee un arco de medio punto formado por grandes dovelas muy bien encajadas. Sobre su clave se halla un nicho, vacío ahora.
Al observar el interior apreciamos que el recinto actual es fruto de obras y ampliaciones de distinta cronología. Consta de una capilla mayor cuadrada y una amplia nave dotada de recios arcos fajones que sujetan una techumbre elemental de madera. Uno de esos arcos fajones es pieza posiblemente románica. Se presenta doblado, apoyado sobre pilastras dotadas de una imposta simple a modo de capitel. Los demás proceden de reformas barrocas. Preside los espacios un retablo mayor neoclásico, con frisos rectilíneos y columnas corintias de fustes jaspeados. En su centro se alberga la escultura del santo titular. Muy interesante es el frontal del propio altar, relleno de una fina y minuciosa decoración floral de estilo rococó. En el nicho de una pared lateral se cobija una interesante talla de la Virgen, acaso del siglo XV. Muestra a la Madre de Dios sedente, con su hijo apoyado en la rodilla izquierda. Porta corona real y sujeta un cetro con la mano diestra. La pila bautismal, recolocada cerca del presbiterio, es un magnífico cuenco de granito, ornado en su cara externa con arquitos y gallones helicoidales.

Monumenta, enclave hermoso y apacible, ceñido por extensos encinares
Al igual que otros recintos religiosos de Sayago, éste también estuvo recubierto con pinturas murales en su interior. Como testimonio de su pretérita existencia, aún se conserva la figura de un santo, un tanto maltrecha, con una especie de cuchillo en su mano derecha y un libro en la izquierda. Acaso sea San Pablo. Está realizada con los colores blanco, ocre y negro.
Un segundo edificio local de cultos es la emotiva ermita de Santa Ana, situada hacia el noreste, solitaria en la cima de un cerro dominante. Dista de la iglesia medio kilómetro, teniendo como acceso un bucólico camino ceñido por paredes y sombreado por vetustas encinas. Este altozano, pese a su escasa envergadura y la exigua inclinación de sus laderas, cubiertas de viñas, permite amplísimas vistas panorámicas extendidas sobre todo el entorno. Desde esa cumbre la abuela de Jesucristo ha de extender su halo protector por gran parte de la comarca. El edificio resulta entrañable y acogedor, aunque muy modesto. Está construido con humilde mampostería, oculta bajo los encalados, cuya blancura facilita su percepción desde largas distancias. Posee una cabecera cuadrada, nave más ancha y un porche en el lateral del sur en el que se abre la puerta. Carece de cualquier tipo de campanario, asomando sobre los tejados un arquillo muy leve, con una cruz en su interior, agregado no hace demasiados años.
Ahora por dentro, se repite la humildad externa, con los muros inmaculadamente blancos y un arco de triunfo de medio punto. El retablo es muy simple, dotado de un solo nicho, en el se muestra la imagen de la santa titular. Presenta a la abuela de pie, enseñando a leer a su hija, con un gesto de intensa ternura y una dulce expresión. Debido a la soledad de este oratorio, tal efigie se suele guardar en la iglesia para protegerla de los robos. Colocada en un altar lateral se halla la figura de un santo obispo. Atractivo es un lienzo, bastante amplio, con la representación a la vez ingenua y elemental del Purgatorio. En su mitad inferior yacen las almas purgantes, asomando sus cabezas de entre llamas voraces. Arriba, aparece la Virgen del Carmen, junto a dos ángeles que ascienden con ánimas ya redimidas. En la fiesta local más importante se honra a esta Santa Ana, siendo su día originario el 26 de julio.
Saliendo del pueblo hacia el oeste, utilizando el camino que comunica con Argañín, podemos desviarnos al fondo del valle para proseguir después por las orillas de la modesta rivera que por allí discurre. El paraje resulta atractivo, con húmedos pastizales constreñidos entre diversas fincas. Asoman numerosos berruecos graníticos, diseminados irregularmente. Uno de esos bloques es la Peña de la Mora, bien conocida por los vecinos, ligada a una ensoñadora leyenda. A primera vista nada hay que la diferencie de las otras, por lo cual para identificarla es preciso contar con la ayuda de algún lugareño. En verdad, posee un detalle peculiar, un profundo agujero de escasos centímetros de diámetro, horadado a ras del suelo en una de sus caras. Señalan que allá dentro, oculta en una ignota cavidad, reside una hermosa musulmana, la cual ha de salir y entrar por ese orificio señalado, cosa que sólo podrá hacerlo utilizando la magia, dada la angostura del boquete. Para aliviar su soledad dedica todo el tiempo a tejer incesantemente. Si te acercas allí sigilosamente oirás el traqueteo de la rueca y el telar, pero has de hacerlo con sumo cuidado, pues al menor crujido la mujer deja de trabajar y sólo volverá a hacerlo cuando esté segura que se ha marchado el intruso.
Otro piedrón famoso es el Cucurote, destacable en este caso por sus formas. Está generado por cuatro bloques lenticulares, subidos unos sobre otros a modo de pintoresca torre.
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