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El túmulo funerario del santuario de la Virgen de la Carballeda: una obra excepcional del arte barroco zamorano

Imagen inédita

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El catafalco de la Virgen de la carballeda: un objeto artístico-patrimonial excepcional

El túmulo funerario del santuario de la Virgen de la Carballeda: una obra excepcional del arte barroco zamorano

El túmulo funerario del santuario de la Virgen de la Carballeda: una obra excepcional del arte barroco zamorano

El túmulo funerario del santuario de la Virgen de la Carballeda: una obra excepcional del arte barroco zamorano

El túmulo funerario del santuario de la Virgen de la Carballeda: una obra excepcional del arte barroco zamorano

Cuando alguien se topa con una obra patrimonial tan excepcional como el catafalco del santuario de Nuestra Señora de la Carballeda que, como una nave que puede viajar hacia atrás en el tiempo, nos conduce a las raíces profundas de nuestra historia, de nuestras tradiciones, de nuestras creencias más recónditas, a los motores que han movido la historia cultural y social de nuestros pueblos, uno toma conciencia del privilegio que supone conservar este ejemplar patrimonial-artístico del siglo XVIII.

El túmulo funerario del santuario de la Virgen de la Carballeda: una obra excepcional del arte barroco zamorano

El túmulo funerario del santuario de la Virgen de la Carballeda: una obra excepcional del arte barroco zamorano

El túmulo de la Virgen de la Carballeda es un objeto artístico-patrimonial de primer orden porque concentra una riqueza histórico-cultural inmensa, que conecta tres periodos de nuestro cuerpo histórico-cultural, la Edad Media, la Edad Moderna y la Edad Contemporánea. Por tanto, es un objeto de la cultura material que nos permite autorreconocernos culturalmente identificando las características de nuestra personalidad histórica al hacernos conscientes de ellas, si somos capaces de hacerle las preguntas pertinentes.

El túmulo funerario del santuario de la Virgen de la Carballeda: una obra excepcional del arte barroco zamorano

El túmulo funerario del santuario de la Virgen de la Carballeda: una obra excepcional del arte barroco zamorano

Nosotros nos referiremos a esta obra de arte a lo largo del artículo, indistintamente, como catafalco, túmulo o tumbo, como popularmente se lo conoce en Rionegro del Puente y los alrededores.

El túmulo funerario del santuario de la Virgen de la Carballeda: una obra excepcional del arte barroco zamorano

El túmulo funerario del santuario de la Virgen de la Carballeda: una obra excepcional del arte barroco zamorano

Contexto histórico y religioso de la sociedad en la que se creó el túmulo

En el Concilio de Trento (1545-1563) se afirmó el dogma de la existencia del purgatorio, y se aconsejó a los miembros de la Iglesia enseñar y difundir esta nueva doctrina. Respecto a ello, recordando el siglo XX, Bernardino Junquera en su libro Valleluengo, un pueblo de La Carballeda (p. 210) recuerda que casi toda la población de Valleluengo era miembro de la Cofradía de los Falifos, por ello el “lunes de Carballeda” “la gente acudía este día a rezar por los que ya se habían ido, pidiendo misas en su sufragio y también encargando misas para que la misericordiosísima Virgen les diese protección en todo momento y, en especial, a la hora de la muerte”.

El túmulo funerario del santuario de la Virgen de la Carballeda: una obra excepcional del arte barroco zamorano

El túmulo funerario del santuario de la Virgen de la Carballeda: una obra excepcional del arte barroco zamorano

El túmulo de la Virgen de la Carballeda se convertía en la mejor descripción visual, marcadamente sensorial, del más allá tras la muerte. Constituía un clarificador testimonio de los castigos infernales que esperaban a los incrédulos o de los bienes celestiales con los que serían premiados los cofrades y las gentes que veneraban fervientemente a la Virgen carballesa.

La festividad de la Virgen de la Carballeda

La preocupación por el lugar del alma de los cofrades tras la muerte física y cómo procurar que aquella fuese al cielo, con la intercesión de la Virgen de la Carballeda, fue uno de los objetivos que se marcó esta hermandad desde su fundación en la Edad Media.

El “lunes de Carballeda”, segundo día de la festividad de la Virgen de la Carballeda, celebraba la cofradía el día de los cofrades difuntos y para esta “vigilia” se encargó en 1722 el espectacular túmulo que se colocaba delante del altar, debajo de la cúpula barroca, y representaba a todos los cofrades difuntos.

Sus representaciones figurativas, esculpidas y pintadas, infundían un pánico incontrolable en los feligreses, sobre todo en los más pequeños, tal como cuenta Eusebio Rodríguez Carrión, vecino de Rionegro del Puente de 73 años, al recordar su niñez. Como describe Bernardino Junquera Gallego: “El realismo con que están hechos estos cuadros hacía que los niños llorásemos al ser acercados a ellos. La imagen horrenda que quedaba en la mente de los niños hacía que nos sintiésemos condenados cada vez que hacíamos algo malo. Eran los mayores quienes nos decían cómo los demonios del santuario nos iban a llevar. O, si decías alguna palabrota, te decían que era pecado, y que aquellos demonios te llevarían. Esa imagen infantil es mucho más horrible que la más común del hombre del saco” (pp. 209, 210).

Thomas Montesino, el creador del túmulo

El catafalco del santuario de la Virgen de la Carballeda lo realizó Tomás Montesino en 1722, en madera de nogal por encargo de la Cofradía de los Falifos, y por tal trabajo recibió del Abad de la cofradía la cantidad de 480 reales.

La intención del artista, que no del artesano, pues Montesino ha realizado una obra única, excepcional, es presentar la muerte en lo más alto del catafalco increpándonos como sabia y docente, con ganas de compartir su sabiduría con los peregrinos, devotos y cofrades de la Virgen de la Carballeda, haciéndoles ver cómo determinada forma de vivir debe ser el camino para el bien morir.

Función y uso del túmulo

Las cofradías también encargaban la realización de catafalcos ligados a la liturgia. Los usaban en fechas señaladas como la celebración de los difuntos. Representan estos túmulos al difunto o difuntos cuyo cuerpo no podía estar presente en el interior del templo. De modo que constituyen el elemento simbólico que venía a sustituir a los cuerpos de los difuntos cofrades, por eso se situaban delante del altar. En este sentido la descripción que realiza Aquilina Simal Santiago, vecina de Rionegro del Puente de 72 años, es clarísima al decir “que en algún momento de la misa los sacerdotes rodeaban el túmulo, como cuando el ataúd del muerto está delante del altar y el oficiante da la vuelta con el incienso alrededor del ataúd. El tumbo lo trataban como si fuera un muerto, cuando se oficia su funeral. Lo rodeaban y realizaban aspersiones con incienso”.

A mediados del siglo XX José Santiago Ferreras fue sacristán del santuario de la Virgen de la Carballeda, y nos cuenta como “había unos 33 curas que iban de negro el “lunes de Carballeda”. Se ponían tres bancos para que se sentaran los curas. En cada esquina del tumbo ponía una vela, es decir, en el primer nivel, el del infierno, encendía cuatro velas, en el nivel del purgatorio otras 4 velas, y en el último nivel, la gloria, 4 velas más. Estas velas, o hachas que ponía, se encendían otra vez para la misa de difuntos. Y se apagaban al terminar, pues era muy peligroso dejarlas encendidas, ya que podían provocar un fatal incendio.

El túmulo se convertía en un dispositivo comunicativo, instructor y propagandístico. Las imágenes, las figuras, cinceladas y pintadas en él, eran las encargadas de transmitir la doctrina católica sobre la escatología barroca, pues la mayoría de la población ni sabía leer ni escribir. Constituyendo un auténtico catecismo tridentino de madera y pintura.

Casi todos los túmulos que conocemos se desmontaban tras su uso y se guardaban. El de Rionegro del Puente no se desmontaba, pero si se guardaba. Nos narra Basilio Clemente Mateos, vecino de Rionegro del Puente, de 90 años, que “El “lunes de Carballeda” el tumbo se ponía y se quitaba. Pero no se quitaba el mismo día, sino cuando había tres personas (sacristán, cofrades, sacerdotes, parroquianos, etc.) que se proponían quitarlo, o se quitaba el domingo siguiente, cuando la gente echaba una mano y se llevaba a su sitio. Por ello, solía estar unos días expuesto”.

Pero, desgraciadamente, este tipo de estructuras de arte efímero dejaron de usarse tras ser proscritas por el Ritual de exequias reformado según los decretos del Concilio Vaticano II, aprobado por el episcopado español, y confirmado por la Sagrada Congregación para el culto divino, del año 1971.

Iconografía del catafalco carballés

Sobre el cubo más alto del túmulo nos impresiona un desafiante esqueleto que sujeta una guadaña con la diestra y una vulgar azadilla (en lugar del convencional reloj de arena) en su mano izquierda. Estamos ante un esqueleto de raigambre claramente medieval.

Todos los grandes poderes terrenales de la etapa barroca, los de los siglos XVII y XVIII, el papado, los reyes, los cardenales, los obispos, etc., tanto seculares como religiosos, sucumben ante la inevitable muerte. Todos ellos están representados en el catafalco por tres símbolos: una corona real, una mitra y una tiara papal.

San Miguel es el jefe de la milicia celeste. Se lo representa en el tumbo con actitud triunfante contra el dragón, vestido a modo de caballero y ejerciendo su función de pesaje de las almas. San Miguel está encima del dragón, que ha sido vencido, con una lanza en su mano derecha y la balanza o romana, con la que pesa las almas, en su mano izquierda.

El infierno

La tradición cristiana castellana denomina al infierno “las calderas de Pedro Botero”, lugar donde son metidos los pecadores. El diablo, Pedro Botero, cocina a fuego lento, durante toda la eternidad, a aquellos que no han cumplido los mandamientos de la Santa Madre Iglesia Católica.

Los cuatro paneles más bajos y anchos del túmulo están dedicados al infierno. Y de entre ellos el frontal representa, en medio relieve policromado, el infierno en el que los condenados son atemorizados entre las rojas llamas, con un toque blanco al final de cada flama, por los horripilantes demonios que obligan por la fuerza, uno de ellos ayudado por un tridente, a los pecadores condenados a entrar por las inmensas fauces de un terrorífico dragón, que no tiene más misión que engullirlos. Es una arcaizante y voluminosa boca abierta de Leviatán con unos grandes dientes y un ojo rojo, con un colorido que atrae al perceptor. El miedo que debía infundir en el siglo XVIII era inmenso, pues aún hoy crea un sabor agridulce al que lo contempla. Además, al ser representado esculpido en bajorrelieve, Montesino, su autor, consigue infundirle un aspecto escamoso, con piel propia de un gran lagarto o fiero dragón demoniaco.

El purgatorio

Debemos señalar que, en el tumbo de Rionegro del Puente, la figura central y crucial del purgatorio, esculpida en el frontal, es el retrato de Nuestra Señora de la Carballeda como alivio y eficaz valedora de sus cofrades y fervientes seguidores. Y esta afirmación la podemos confirmar, con total seguridad, porque en la anotación del pago a Thomás Montesino, de 480 reales, por la realización del túmulo se señala, con nitidez superlativa “que se obligó el dicho Thomás a componerlo y darlo perfecto en todo lo que falta que es refinar todas las pinturas y encarnar el esqueleto y un Crucifixo y pintar un Retrato de Ntra. Sra. de Carballeda para el frontis del túmulo” [A. D. A. 14/4. Papeles (Caja 7ª. Cuentas de 1703- 1750)]. Los pecadores arrepentidos, en medio del flameante ambiente, imploran la ayuda de la Virgen de la Carballeda. Vemos cómo alargan sus manos tratando de acercarse, lo máximamente posible a la advocación carballesa de la Madre de Dios.

El cielo al que anhelan acceder los cofrades de ambos sexos

En el catafalco del santuario de la Virgen de la Carballeda, en los paneles de la tercera mesa o caja se representa el cielo. De todos ellos, en el panel frontal contemplamos a la Santísima Trinidad, al Padre, maduro y sabio con una poblada barba que justificaría su sabiduría, y con la bola del mundo; al Hijo, con la llaga que le produjo la lanzada en el pecho derecho, y con una cruz en la mano izquierda, atributo de Cristo resucitado; y al Espíritu Santo en forma de paloma en medio del Padre y el Hijo. En los ángulos superiores, sobre los hombros del Padre y el Hijo hay cincelados dos ángeles, uno a cada lado. Padre e Hijo están mirándose uno frente al otro, y el Padre está bendiciendo. Aquí se encuentra la celestial morada a la que desean acceder los que habitan en el purgatorio.

Recuperación del valor patrimonial-artístico del tumbo

Por iniciativa del cabildo de la Cofradía de los Falifos y gracias a la implicación del Centro de Estudios Benaventanos “Ledo del Pozo”, que ha asumido el coste económico de su restauración, realizada por Javier Alonso y su equipo, el túmulo puede ser expuesto de nuevo y admirado desde la percepción artístico-estética, como un legado fundamental que habla de nuestro ADN histórico-cultural. Y para cerrar el círculo, el estudio que realicé hace unos meses sobre el túmulo carballés, gracias al empeño de Fernando Regueras Grande, se ha convertido en el libro El Tumbo de la Carballeda: una obra excepcional del Barroco, que será presentado el mismo día 15 de septiembre, en el día grande de la festividad de la Virgen de la Carballeda.

Desde que el tumbo se postergó al rincón en el que ha permanecido, unos 60 años, se ha considerado un objeto curioso, de dudoso valor, pero en este primer cuarto del siglo XXI esta pieza patrimonial barroca emerge, con todo su esplendor, como obra única y excepcional que es del arte zamorano.

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