Los pueblos de Zamora como esperanza

Santa Ana, en el frondoso corazón de la frontera

La pequeña localidad alistana, en el municipio de Alcañices, alberga una inmensa riqueza forestal y patrimonial

Localidad de Santa Ana, en Aliste (Zamora).

Localidad de Santa Ana, en Aliste (Zamora). / J. S.

Javier Sainz

Tras dejar atrás Alcañices, en dirección a Portugal, en el punto kilométrico 522 de la carretera N-122 existe un cruce del que parte, hacia al sur, un ramal que nos lleva al entrañable pueblo de Santa Ana. Ese trayecto, de unos escasos tres kilómetros de recorrido, discurre por el medio de un frondoso pinar de repoblación, plantado en la década de 1950, formado por árboles sumamente esbeltos, aptos ya para su explotación maderera.

La localidad se nos presenta de improviso a poco de salir de esa masa forestal, bucólicamente asentada en un valle acogedor. En torno a su casco urbano se abren espacios despejados, muy fértiles, destinados a huertas aún cultivadas. A escasa distancia hacia el oriente discurre un arroyo que suele mantener sus caudales hasta bien entrado el verano. Junto a él se hallan prados jugosos sombreados por hileras de chopos. En zonas más amplias y llanas se ubican las fincas que son las aprovechadas para la siembra y para pastos. El resto del territorio, antaño desnudo y pedregoso, ha pasado a ser un bosque intrincado, con robles y encinas de arraigo espontáneo, disputando los espacios a los pinos introducidos por el hombre.

Hacia el sur se alzan dos alineaciones montañosas, separadas entre sí por un boquete orográfico por donde pasa el mencionado arroyo en búsqueda del río Angueira, al cual vierte. La alineación occidental se denomina Sierra de la Casica, teniendo como cumbre más importante el alto de Moros, con 957 metros de altitud, unos 150 más que el entorno inmediato. Hacia el otro lado, hacia el oriente, se alza la Sierra de Bruñosino, algo más modesta.

Por las cimas de esos altozanos está trazada la frontera con Portugal, la cual dista de la propia localidad poco más de un kilómetro. La raya internacional aparece marcada con diversas mugas o marras, siendo más voluminosas las situadas en los parajes significativos, como cúspides o vaguadas. Siguiendo desde el pueblo por un camino trazado en paralelo al señalado arroyo, llegamos cómodamente al límite de los dos países. Encontramos allí el hito señalado con el número 453. En la cara que mira a nuestras tierras tiene marcada la E de España y en la opuesta la P de Portugal. Esa numeración es creciente desde la desembocadura del Miño en Galicia hacia Extremadura y Andalucía. Las tierras inmediatas contiguas pertenecen a la freguesia lusa de Avelanoso. Justo en las lindes existió antaño una presa que retenía las aguas del arroyo, generando un remanso denominado La Azuda, un tanto perdido ahora. Allí acudían las gentes locales para bañarse en los veranos, resultando sumamente grata la estancia en ese paraje, provisto de campas acogedoras y sombras frescas. Pocas decenas de metros por debajo, ya en tierras portuguesas, los vecinos del mencionado Avelanoso han construido recientemente un dique más firme con el que se crea un modesto embalse, cuyo destino es el riego de sus fincas.

Santa Ana (Aliste)

Alto de Moros, en Santa Ana (Zamora). / J. S.

Nada ni nadie impiden en nuestros días el cruzar la señalada frontera, pues carece de cualquier tipo de obstáculo. No obstante, esa disposición no fue así antaño. En tiempos de las dictaduras de Salazar y de Franco, el paso estaba prohibido, destinando los gobiernos respectivos partidas guardias para vigilar día y noche. Aún perduran, abandonadas, las diversas casetas, ubicadas en posiciones estratégicas, donde se apostaban esos agentes en su labor de custodia. Pese a celo tan intenso, la pobreza y escasez de aquella época propiciaron la existencia de un contrabando solapado. Gentes de ambos lados, arriesgando incluso sus vidas, se dedicaron a trasladar mercancías a escondidas de un país a otro, para conseguir algún dinero extra que aliviara su miseria. Utilizaban sendas remotas que cambiaban a menudo, para burlar así a las patrullas. Los relatos sobre las peripecias que vivieron aquellas personas, no siempre con final positivo, causan a la vez asombro y estupor.

Junto al señalado camino que baja hacia la frontera, a media distancia, se ubica la fuente de la Peña. Se halla por debajo de la propia calzada, levemente apartada de ella. Es un copioso manantial de aguas saludables que brota de la base de un cuchillón rocoso. Sus aportes se recogen en un caño cuyo chorro salta rumoroso, para precipitarse por la empinada cuesta hasta verter en el arroyo cercano. Ese venero ha de proceder de una capa freática profunda, pues señalan que esos caudales se presentan muy frescos en los veranos y templados en los inviernos. Por ello, hasta aquí acudían las mujeres locales a lavar la colada en la época invernal, habiéndose habilitado un rudimentario lavadero, perdido ahora entre la maleza.

Santa Ana (Aliste)

Casa tradicional alistana en Santa Ana. / J. S.

Centrando la atención en la propia localidad, su casco urbano tiene como ejes dos vías paralelas, rotuladas como calle de Arriba y calle Villarino. A ellas se unen travesías menores que sirven de enlace. Se conservan bastantes inmuebles en los que se mantiene, en buen estado, la arquitectura tradicional de la comarca. Disponen de muros de áspera mampostería, formada por bloques de esquistos, de un intenso y característico color ocre. Las techumbres son de teja común, complementada en algún caso con lajas pizarrosas en los aleros, llamadas refaldos en la zona. Aún perduran balcones animando ciertas fachadas, provistos antepechos de tablas. Existen a su vez casas nuevas, de magnífica calidad, dispersas en gran parte por fincas inmediatas, con las que se impone una grata sensación de bienestar. También encontramos alguna tenada o nave ganadera.

Según se llega desde Alcañices, a mano izquierda, se emplaza el bien cuidado consultorio médico, el cual creemos que aprovecha el edificio de las antiguas escuelas, adaptado convenientemente. Cuenta por delante con un pequeño espacio ajardinado y con árboles de sombra, al que se agrega otro mucho más extenso que, por sus dimensiones, ha de ejercer de Plaza Mayor. Por detrás se halla un modesto parque infantil.

La iglesia, consagrada a la santa que da nombre al pueblo, es un templo muy rústico y humilde. Para ella se utilizó el mismo tipo de albañilería con la que están construidos todos los demás inmuebles. Posee planta rectangular en la que no se aprecian elementos que diferencien la capilla mayor de la nave. A ese bloque unitario se le adosa la sacristía por el norte y un pequeño porche en el que se cobija la puerta por el otro lado. Para esa entrada buscaron una piedra granítica de mejor calidad, de la que obtuvieron dovelas bien recortadas con las que se forma un arco de medio punto. Sobre el costado occidental se yergue una modesta espadaña con dos vanos desiguales de los que cuelgan las campanas. Para acceso hasta ellas existe una escalera encerrada en torrecilla cuadrada. Arriba, sobre la cúspide, una escueta cruz pétrea, recubierta de líquenes, sirve de remate a su ángulo poco penetrante.

En el interior se repite la misma sencillez de afuera. Su retablo mayor, de comienzos del XIX, se atribuye a Francisco Maestre, artífice muy activo en esos tiempos en la comarca alistana. De estilo neoclásico, aparece jaspeado, con una suave policromía y sobrios elementos ornamentales. Posee un par de columnas corintias que enmarcan su único nicho, a las que se agregan otras tantas pilastras externas. En ese nicho se cobija la imagen titular de Santa Ana, pieza hermosa, sin duda repintada, dotada de volúmenes muy pronunciados, destacando los plegados de los mantos. Presenta a la venerable anciana que sujeta sobre sus rodillas a su hija la Virgen María y ésta al niño Jesús. El tierno infante intenta agarrar la figura de un pajarillo que le ofrece su abuela. El sagrario inferior muestra una custodia tallada en su portezuela. En un retablo lateral, a la efigie de Nuestra Señora del Rosario se le considera del siglo XVI.

Santa Ana (Aliste)

Imagen de Santa Ana en la procesión de la Virgen de la Salud de Alcañices, patrona de Aliste. / J. S.

Adosado al costado septentrional se ubica el cementerio viejo, el cual estuvo en servicio hasta hace escasas décadas. Debido a su angostura, se ha habilitado otro nuevo a las afueras, más extenso y capaz. La senda para llegar hasta él aparece sombreada por hileras de cerezos, cuya floración regala una breve, pero esplendorosa, floración primaveral. En el medio de la campa contigua resiste el potro, en este caso de hierro, muy utilizado cuando la fuerza motriz para las labores agrarias eran las parejas de bueyes o vacas.

En cuanto a la historia local, de tiempos medievales no se conocen noticias escritas sobre el propio pueblo. Al igual que toda la comarca perteneció primeramente a los templarios y después pasó a formar parte del Marquesado detentado por los Almanza. Debió de ser siempre una aldea diminuta, condicionada por su situación fronteriza respecto a Portugal. Esa ubicación le debió de acarrear numerosos contratiempos. Los soldados del país vecino ya invadieron estas tierras en 1387 envalentonados tras derrotar al ejército castellano en la batalla de Aljubarrota. Pero esos ataques fueron más destructivos en los periodos bélicos del siglo XVII, generados por la independencia del país vecino. Entonces sus tropas llegaron a ocupar e incendiar Alcañices, adentrándose hasta Carbajales de Alba. Lo mismo ocurrió con las guerras de Sucesión a la muerte del rey Carlos II de Austria. Es probable que algunas partidas militares cruzaran por aquí, dada su accesibilidad orográfica. Se sabe que en el 1752 el lugar sólo contaba con tres vecinos, los cuales eran 8 una centuria después.

Santa Ana (Aliste)

Fuente de la Peña, en Santa Ana. / J. S.

Llegados al siglo XIX, en el famoso diccionario de Madoz el pueblo figura con el nombre de Santanas. En 1834, al instaurarse la moderna división territorial, la localidad fue incluida en el ayuntamiento de Villarino tras la Sierra. No obstante, ese municipio fue suprimido y desmembrado en 1929, adscribiéndose Santa Ana al de Alcañices, del cual es ahora una de sus pedanías. En cuanto a la administración eclesial, su templo fue anejo del de Alcorcillo

En nuestros días el lugar es un remanso de paz y sosiego y, a pesar de su apartamiento, está bien comunicado. Recobra su vitalidad en los veranos, pues a lo largo del resto del año cuenta con un censo de poco más de una veintena de habitantes. La mayor parte de los servicios se cubren en el cercano Alcañices, distante en línea recta poco más de 5 kilómetros y unos 7 por carretera. Zamora queda a unos 64 y la portuguesa Braganza a 42.

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