Los pueblos de Zamora como esperanza

Peleas de Arriba, cuna de rey

Esta localidad fue el lugar de nacimiento del gran rey Fernando III el Santo

De izquierda a derecha: las escuelas; iglesia; vista parcial del pueblo; ermita de San Fernando en Valparaiso.

De izquierda a derecha: las escuelas; iglesia; vista parcial del pueblo; ermita de San Fernando en Valparaiso.

Javier Sainz

Señalan los cronicones antiguos que en el término de Peleas de Arriba nació el gran monarca Fernando III el Santo. No se sabe claramente el año en el que ese acontecimiento tuvo lugar, pues unos escritos indican que en el 1199 y otros en el 1201. Lo que sí está claro es que sus circunstancias fueron un tanto peculiares. Sus padres, Alfonso IX, rey de León y Berenguela de Castilla, junto con el séquito habitual, realizaban un viaje entre Salamanca y Zamora. Tras larga caminata, a la llegada de la noche acamparon en un monte espeso e intrincado al sur del pueblo. Al parecer por allí se ubicaba un albergue que los monjes del cercano monasterio de Bellofonte habían establecido para el auxilio de los transeúntes. Sin previo aviso, a la reina le acometieron dolores de parto, naciendo ahí, en plena naturaleza, un hijo al que el destino tenía reservado venturas trascendentes. Unió definitivamente los reinos de Castilla y León, a la vez que dio un impulso definitivo a la Reconquista, recuperando Jaén, Córdoba y Sevilla. Ya de adulto, tras haber asumido la corona, Fernando no se olvidó del enclave de su nacimiento, pues, con intenciones de realzarlo, trasladó a aquel paraje el señalado cenobio de Bellofonte.

Esta institución monacal tiene a su vez una historia bien conocida. Su fundación corrió a cargo de un caballero zamorano llamado Martín Cid. Este personaje, que debió de nacer alrededor de 1125, se inclinó desde joven hacia la vida religiosa, siendo ordenado sacerdote. Debido a sus ansias de una mayor entrega hacia Dios, decidió retirarse como anacoreta a un lugar apartado, eligiendo un rincón boscoso dentro del término de Peleas de Arriba. Allí construyó una ermita, consagrada a San Miguel, instaurando después un hospital o alberguería para atender a los peregrinos que cruzaban por aquellos pagos solitarios. Atraídos por su ejemplo, pronto se le unieron en comunidad diversos discípulos, a los que se les designó como “cofrates”.

Entre los múltiples caminantes que por allí cruzaron, acudieron cuatro monjes cistercienses venidos desde la abadía francesa de Claraval. Admirados por las características del paraje, decidieron fundar en él un monasterio de la Orden de San Bernardo, consiguiendo el permiso del rey Alfonso VII en el año 1143. Ese monarca apoyó económicamente el incipiente cenobio, con la generosa donación de las villas, por entonces yermas, de El Cubo y El Cubeto. Surgió así una nueva casa religiosa consagrada a Santa María, con el título de Bellofonte, al denominarse así aquel antiguo enclave. Su primer abad fue el propio Martín Cid, cargo que ejerció hasta su muerte, acaecida en el año 1152. Fue sepultado en la propia iglesia monacal, siendo aclamado como santo posteriormente. A lo largo de los siglos sus restos sufrieron diversos traslados, hasta llegar a la catedral de Zamora. Ahora reposan en el monasterio de las Monjas Benedictinas situado en la carretera de Moraleja, a las afueras de la capital zamorana.

Panorámica del pueblo de Peleas de Arriba.

Escuelas de Peleas de Arriba. / J. S.

Ya señalamos que el rey Fernando III, en el año 1232, mudó el monasterio al lugar de su nacimiento, el vecino pago de Valparaíso, tras donárselo previamente. Era un paraje más ameno, rico en aguas y dotado de fértiles terrenos. Los preceptivos edificios, templo y claustro, se construyeron con rapidez, siendo consagrados por el obispo zamorano don Suero en 1263. A partir de entonces, con el apoyo real y el nombre Santa María de Valparaíso, la abadía consiguió un notable esplendor. Sus posesiones se fueron incrementando hasta hacer del enclave una de las casas monacales más importantes de España. Por ella pasaron influyentes personajes, destacando Carlos I el Emperador, el cual pernoctó en 1534. También acaecieron sucesos polémicos, incluso hechos de armas y revueltas entre los propios monjes o con los súbditos de lugares cercanos. No obstante, prosiguió la vida monacal con los consiguientes altibajos. Al llegar el siglo XIX, las leyes desamortizadoras dieron al traste con la institución, expulsando a los religiosos y vendiendo todos los bienes, incluso los propios edificios.

Peleas de Arriba

Iglesia de Peleas de Arriba. / J. S.

El conjunto monumental que se fue creando a lo largo de los tiempos llegó a ser muy notable. Destacó su gran iglesia de tres naves, dotada de arcos agudos, de un estilo ojival primitivo. A su vez, el claustro, gótico florido, exhibía preciosos arcos angrelados, teniendo como anejo una sala capitular muy evocadora. Tras la señalada exclaustración, la ruina se apoderó de todas las instalaciones. El saqueo fue total, pues incluso se arrebataron las piedras para ser aprovechadas como firme de la inmediata carretera de Zamora a Salamanca. Debido a ello apenas queda nada allí, un par de bodegas excavadas en la ladera contigua y ciertos retazos de muro. Ahora, aquellos solares forman parte de una finca privada. Famosas son dos fuentes, la de la Lágrima y la del Ángel. Ésta última con un canecillo que perteneció al templo. De las piezas escultóricas perduran el retablo de San Bernardo en la catedral de Zamora y ciertas imágenes en las iglesias de Peleas de Arriba, Corrales del Vino y Fuente el Carnero.

Para materializar visualmente el recuerdo del nacimiento del gran rey, hace algunas décadas, el Ejército ha construido una pequeña capilla, con formas de torre almenada, unos pasos más arriba. No en vano, el santo monarca es aclamado como patrón del arma de Caballería.

El desvío de tráfico rodado por la actual autovía ha devuelto el sosiego al lugar

Concentrando ahora el interés sobre el propio pueblo de Peleas de Arriba, hemos de saber que su apellido, antaño escrito también como de Cima o de Suso, resulta necesario el añadirlo debido a la existencia de otra localidad homónima, la de Abajo, distante unos escasos 9 kilómetros en línea recta. El tan insólito topónimo de “Peleas” se cita habitualmente en las listas de nombres de poblaciones tenidos como pintorescos. Es fácil pensar que pudiera significar batalla o disputa, pero nada claro parece indicarlo. Quizás proceda de un diminutivo de “pellis”, piel, o de alguna voz prerromana ahora ignota. Lo cierto es que las gentes que aquí residen son pacíficas y no se enzarzan en luchas ni en contiendas.

El lugar aparece mencionado desde bien antiguo en la documentación escrita. Una de las citas primeras está fechada en el 1143, a las que siguen otras de 1144, 1151, 1175…, localizadas en el tumbo monasterial de Valparaíso y en los códices de la catedral zamorana.

Peleas de Arriba

Ermita de San Fernando en la dehesa de Valparaíso. / J. S.

Su casco urbano se emplaza en la ladera oriental de una loma situada en la convergencia de dos valles recorridos por sendos arroyos. Esa ubicación en cuesta proporciona hermosas estampas, al disponer sus edificios a distintas alturas. Su trazado viario es bastante intrincado, cruzando por su zona inferior a la antigua carretera N-630, junto a la cual se concentra la actividad local. Ahora la mayor parte del tráfico discurre por la moderna autovía, apartada algo más de medio kilómetro hacia el oriente. El eje principal del pueblo es la calle de la Iglesia, la cual asciende desde la parte baja hasta los elevados solares en los que se ubica el templo del que toma nombre. Desde ella parten otras rúas menores, que a su vez se comunican entre sí por diversos enlaces. Perduran numerosos inmuebles tradicionales, construidos en todo o en parte con la piedra arenisca local, muy fácil de tallar, pero poco resistente a la erosión. A pesar del mantenimiento de esa arquitectura secular, se intercalan numerosas viviendas de nueva hechura, que proporcionan un positivo aspecto de modernidad. A ellas se agregan unos cuantos chalets, diseminados por el entorno cercano.

Peleas de Arriba

Casco urbano de Peleas de Arriba. / J. S.

Uno de los edificios locales más interesantes es el de las antiguas escuelas, reaprovechado en parte como Salón Municipal de Actividades Múltiples. Posee una larga fachada pulcramente enjalbegada, en la que las puertas y las amplias ventanas poseen rebordes de ladrillo, con un sillar de piedra dispuesto como clave en sus arcos carpaneles. Se sabe que el proyecto para su construcción fue realizado por el arquitecto municipal de Zamora Francesc Ferriol, el cual desempeñó su cargo en la capital provincial entre los años 1907 y 1915. Nacido en Barcelona, fue un notable representante de la arquitectura Modernista. Aquí, en Peleas, su obra se caracteriza por la contención ornamental y su compromiso con la funcionalidad.

Dominando desde lo alto todo en pueblo, la iglesia se presenta como si fuera un guardián vigilante. En sus formas actuales fue edificada en el siglo XVII y, descuella por su hermosa estampa. Posee una cabecera rectangular, con un pequeño camerino muy característico, fechado en 1759. Cuenta además con crucero bien marcado en planta y una sola nave. La espadaña, dotada de dos ventanales para las campanas, posee como remate superior un par de volutas, situadas a los lados de un pináculo central sobre el que se sujeta la cruz y la veleta. Se sabe que este campanario se levantó en 1803 siguiendo proyectos de Manuel Sipos. A su vez, la puerta se abre hacia el mediodía, al resguardo de un pequeño pórtico.

Ahora ya por el interior, todo se halla limpio y bien cuidado. Advertimos que el edificio ha tenido problemas de estabilidad, pues en algún tiempo pasado se derrumbó alguno de sus muros y en la actualidad, la pared septentrional se halla inclinada. Ese desvío ha afectado también a los arcos fajones de la nave, los cuales sujetan techumbres de madera. El retablo principal, fechado en 1791, es una pieza neoclásica, dotada de columnas lisas y con un nicho central provisto de transparente. Allí, en el medio, se entroniza la imagen titular, Nuestra Señora de la Ascensión, tallada por el escultor José Cifuentes. Otras efigies le acompañan desde los lados, destacando las de San José y San Fernando, las cuales fueron traídas desde el monasterio de Valparaíso. También vino desde allí la voluminosa figura de la Virgen del Consuelo, muy venerada en los pueblos del entorno. Se sabe que fue regalada al cenobio por fray Miguel Pérez de Heredia, quien la trajo desde Toledo en el año 1594. Estuvo ornada con gemas engarzadas en cabujones, las cuales formaban las orlas de los vestidos. Es posible que fueran valiosas, pues han desaparecido todas ellas. Interesante es la pila bautismal, con gallones helicoidales, conchas y una franja superior de flores. Se fecha en el siglo XVI.

La localidad mantiene en nuestros tiempos una positiva vitalidad. Dispone de bar y funciona una panadería cuyos productos tienen notable prestigio. A su vez existen modernas naves ganaderas y la producción agrícola sigue siendo pujante.

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