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La Opinión de Zamora

Sobrevivir en tiempos de estraperlo

La Camina y Filismina, las contrabandistas de Constantim que abastecieron de café Palmeira a los alistanos jugándose la vida

Una mujer compra café Palmeira, durante años objeto de contrabando. | CHANY SEBASTIÁN

La Raya de España y Portugal se convirtió, una vez finalizada la Guerra Civil (1 de abril de 1939), y más concretamente durante las dictaduras de Francisco Franco y Oliveira Salazar, en un territorio olvidado marcado por la miseria y la escasez de alimentos que obligó a muchos alistanos y trasmontanos a tener que buscarse la vida con el contrabando y el estraperlo. Incluso hasta formar una familia entre lusos e hispanos no era tarea fácil: había que amar en tiempos revueltos.

Fue un mundo surrealista, en 100 kilómetros de frontera, de amores y traiciones, honradez y brutalidad, supervivencia, de guardias que terminaron siendo contrabandistas y contrabandistas que terminaron siendo guardias de persecuciones y prisión.

Mujeres de estraperlistas que le entregaban las mercancías a mujeres de guardias civiles (por encargo). Una historia de película fue la de Ramiro “El Pícaro” que mientras los guardias vigilaban la frontera con Petisquera y Guadramil el cruzaba la Raya para venderles las mercancías a sus mujeres en las propias casas de la Guardia Civil de Riomanzanas.

Las dictaduras de Franco y Salazar implantaron férreos controles fronterizos llegando a contar con puestos de Guardia Civil

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La harina fue la materia prima alimentaria más escasa y hasta elaborar pan de trigo era una tarea imposible. Tomás Castaño Fernández, de Alcorcillo, recientemente fallecido con 96 años, gustaba de recordar como siendo sólo un niño su padre le mando a comprar un pan a Avelanoso: “Cuando regrese a casa montado en la burra era tal el hambre que ya me había comido la mitad”.

Entre los productos más preciados y sólo posible de conseguir por los más humildes con el contrabando estaban el café “Palmeira”, azúcar, aceite, jabón, bacalao, ropa y calzado.

Históricamente Portugal recibía también terneros y las llamadas “Mulas Lechuzas” (que aún mamaban de la madre). Las alquitaras para elaborar aguardiente todas eran portuguesas.

Las dictaduras de Franco y Salazar implantaron férreos controles fronterizos llegando a contar con puestos de Guardia Civil en Riomanzanas, Figueruela de Arriba, Villarino tras la Sierra y Ceadea, además de Alcañices, más las casetas ubicadas a ambos lados de la frontera: Brandilanes, Alcañices, Nuez y Arcillera .

Sao Martinho de Angueira, punto de partida del contrabando. | Chany Sebastián

Una historia de mujeres

La Carmina y Filismina fueron dos de las contrabandistas más afamadas de la Raya, recordadas y queridas en Aliste. Ambas eran naturales de Constantim, freguesía del concelho de Miranda, en el seno de dos familias de agricultores y ganaderos. Labranza y crianza de ganado daban para poco en unos tiempos donde los pueblos estaban superpoblados de gentes: “Éramos muchos y había poco para comer”.

Fue así como ambas mozas decidieron cruzar la frontera y llevar el café Palmeira primero hasta Moveros, Fornillos y Samir de los Caños. Una vez que perdieron el miedo ampliaron su territorio hasta pueblos más alejados como Vegalatrave, Domez, Gallegos del Río, Puercas, Valer, Tolilla, Lober, Flores, Fradellos, Riofrío, Mellanes, Riofrío, Sarracín, Campogrande y Bercianos.

Historias rocambolescas de tardes donde amigos del alma y toda la vida compartían partida en la cantina y de noche uno era contrabandista y otro guardia.

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Llegada la anochecida, bajo la luz de la luna, lloviera, helara o nevara, salían las dos porteadoras camino de tierras alistanas para ganar una perras con las que sobrevivir, surcando intransitables senderos y caminos de herradura por donde evitar y despistar a los guardinhas (Guarda Nacional Republicana) y a los carabineros (Guardia Civil). Una jugada a cara o cruz pues si eran pilladas perdían el café y lo invertido sumiendose aún más en la ruina y antesala de la miseria. Fueron detenidas, multadas y encarceladas varias veces.

Como compañeros de viaje un palo para tantear en la oscuridad y un saco con treinta kilos de café Palmeira. Paso a paso, sin prisa pero sin pausa entre robles y jaras, piornos y urces.

En cada pueblo tenían un lugar donde refugiarse pues la mayoría de las veces llegaban, a parte de cansadas, caladas o muertas de frío. En Valer solían parar en la casa de Paula Gallego Baz. Allí comían y dormían de día para reandar su camino de noche.

En la “Raya Húmeda”, marcada por las aguas internacionales del río Manzanas en Latedo y Quinta da Pena, Nuez-San Martín y Quintanilha, Villarino y Petisqueira, Riomanzanas y Guadramil, sus vecinos idearon un contrabando a la carta.

Durante el día alistanos y trasmontanos acudían a cuidar sus huertas de ribera o pastorear sus ganados. Era entonces cuando los de un lado les convenían con los del otro lo que necesitaban y al llegar la noche se producía el intercambio: cada uno dejaba lo que le habían pedido atado a raíces de los alisos liberadas de tierra por la corriente del río): “Yo le llevaba una cholas y el me traía el equivalente en café” señala un vecino de Nuez sobre lo habitual en la época.

Historias rocambolescas de tardes donde amigos del alma y toda la vida compartían partida en la cantina y de noche uno era contrabandista y otro guardia. La pregunta era cómo podían protegerse.

El plan perfecto

Contrabandistas alistanos y trasmontanos lograron idear un plan efectivo, perfecto para detectar a los guardianes de la Ley de Fronteras, en el cual participaban incluso en comunión las mujeres de contrabandistas y guardinhas y carabineros: vecinas e incluso familias.

La mujer del Guardia Civil o Guardinha se vestía con el traje de su marido y “atacaba” al perro de la mujer del contrabandista, mejor si el can era pequeño, hasta que este entraba en pánico y salía corriendo hacia su dueña. El perro acompañaba luego al contrabandista y caso de detectar la cercanía de un guarda, era tal el pánico que le tenía, que salía corriendo despavorido y ladrando junto a su dueño alertándolo del peligro.

"Nuestros padres cambiaban a pelo un jamón por un tocino algo que hoy parece una barbaridad. La realidad es que si un jamón le daba a una familia para quince días el tocino daba para un mes"

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Marcolino Augusto Fernandes Pires, natural de Sao Martinho de Angueira, es uno de los contrabandistas vivos, que vivió en sus carnes la vida de contrabandista. Su padre, uno de los más pudientes del pueblo, tenía un molino harinero en el río Angueira y el siendo un adolescente era el encargado de traficar con la harina con Alcañices, Alcorcillo y Vivinera librando del hambre a los alistanos. Su padre pudo pagarle una carrera y fue maestro en España y en Portugal.

Los niños de la guerra, hoy octogenarios y nonagenarios recuerdan los tiempos más duros, muy en particular con las “Cartillas de Racionamiento” desde 1939 a 1952, aunque la situación límite llegaba con “La plaga de langosta que nos arrasó todas las cosechas trasmontanas y alistanas de trigo, centeno y cebada en 1944. Las paneras estaban vacías y sin grano y harina el invierno y primavera de 1945 fueron muy duros. No se trataba de comer mejor sino de tener algo para comer todos los días. Nuestros padres cambiaban a pelo un jamón por un tocino algo que hoy parece una barbaridad. La realidad es que si un jamón le daba a una familia para quince días el tocino daba para un mes”.

Si bien es verdad que había miembros de la GNR y Guardia Civil que hacían cumplir la ley a rajatabla, algunos incluso extralimitándose de sus funciones, no faltaron los guardianes, muy en concreto los naturales de los pueblos rayanos que muchas veces hicieron la vista gorda salvando a sus paisanos contrabandistas.

Entre los miembros de la GNR más admirados Joao Manuel Rodrigues de Quintanilha, luego fue profesor de banda de Aulas de Música de Aliste y Tras os Montes de Trabazos; y Antonio Aureliano Ribeiro de Constantim, a su jubilación artesano de las Capas de Honras Mirandesa. Fueron ellos los guardianes de la Raya y a la vez protectores de alistanos y trasmontanos que se veían obligados a jugarse la vida para sobrevivir. Contrabando y estraperlo, que salvaron muchas vidas y arrebataron otras, son parte de la historia de La Raya.

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