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La Opinión de Zamora

En el corazón del desastre (II)

Incendio en La Culebra: De espaldas a la conformidad

La Sierra de La Culebra, calcinada tras el incendio. T. S. /B. P.

Después de una tarde de ceniza y palabras, regresamos de la Sierra de la Culebra. Ya a punto de dejar atrás la zona, una cierva y su cría caminan sin orientarse por la tierra calcinada. Nos preguntamos hacia dónde. Pura desolación. Al ver a los animales nos orillamos en la cuneta para intentar hacerles una fotografía pero enseguida huyen despavoridos hacia la primera oscuridad. Aun así, disparo la cámara para captar la negrura del paisaje. Pero sin convicción, sabiendo de antemano que el resultado será una imagen inexpresiva y monocorde, como si de una tierra lunar se tratase. Si se enfilase el objetivo hacia cualquier lugar del incendio el resultado sería el mismo: devastación, cenizas, árboles calcinados, una vasta extensión de tierra quemada. Nada más. La cierva y su vástago se pierden en esa negrura casi infinita, fusionándose con las sombras del crepúsculo. Dentro de poco será de noche en esta tierra maltratada por el fuego y por el olvido secular de quienes dicen empatizar con sus gentes. Es mentira. A decir verdad, hace años, décadas, siglos que siempre es de noche en este lugar del oeste ibérico.

De espaldas a la conformidad

Mucho antes, nada más bajar del coche en Villardeciervos, como si estuviera esperando a que llegásemos, alguien se arranca por rumbas con una guitarra. “Rumba del incendio”, le oímos decir solemne y a las claras antes de empezar a cantar. La letra, una letra caliente ―improvisada pero con fundamento― es dura y le sale al cantante a borbotones, empaquetada en ribetes gruesos de denuncia y protesta. Pero es la música la que se impone, una música contagiosa que casi animaría a batir palmas. Nos recuerda a Peret o a Gato Pérez. Todo asunto, por aciago que sea, puede convertirse en canto para empezar a revivirlo de otra manera. Así tomamos esta súbita aparición: como un primer signo de que en la zona hay voluntad de restablecer, aun a ciegas, la confianza en la vida; en esa vida en la que estos hombres y mujeres han creído desde siempre. Después comprobaríamos que había más signos así. Que la voluntad de volver a una alianza necesaria con el mundo natural de la sierra se imponía incluso sobre las críticas unánimes a la desidia y a la dejadez de los organismos institucionales. Nos recordaba algo que se dice en Voces de Chernóbil, el libro sobrecogedor de Svetlana Alexievich donde una galería de testigos de aquella explosión radiactiva habla de la vida, de la muerte, de la memoria, tres palabras que ahora y aquí también dominan cualquier conversación. Se lee en ese libro: “Los primeros días, la cuestión principal era: ¿Quién tiene la culpa? Necesitábamos un culpable. Luego, cuando ya nos enteramos de más cosas, empezamos a pensar: ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarnos?”. Sí, cómo salvarse. De eso se trata. A eso habíamos venido hoy. A intentar saberlo.

Al salir del bar, aún seguía allí el guitarrista. Se ha acercado para recordarme que yo no era de aquí, porque para ser uno de ellos había que haber llorado estos días como lo había hecho él

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Una vez finalizada la actuación del guitarrista, tres hombres viejos que escuchaban complacidos han aplaudido. Al pasar ante él nos ha preguntado de dónde éramos y he estado a punto de decirle que de ninguna parte, y enseguida me he acordado de los animales supervivientes que estos días recorrerán el monte en busca de un alimento que nunca encontrarán. Al salir del bar, aún seguía allí el guitarrista. Se ha acercado para recordarme que yo no era de aquí, porque para ser uno de ellos había que haber llorado estos días como lo había hecho él. Entonces, de improviso he roto a llorar. El hombre, un poco ebrio, con un aliento barato a whisky, me ha abrazado y sin dejar de hacerlo me ha dicho ‘lo siento’ una y otra vez. Era sincero. Me hubiese gustado decirle que tenía razón, pues yo no era de allí. Ni de ninguna parte. Como esos mismos animales del monte, ahora desheredados de toda posibilidad de supervivencia. Y tampoco sabía porqué estábamos precisamente ahora en ese lugar con olor a luto por todas partes. Nos despedimos y fuimos aver a César y Puri, dos ancianos entrañables del pueblo. Nos estaban esperando y nada más llegar nos enseñaron con orgullo su casa, es decir, su vida. Un verdadero álbum donde se amotina el pasado que ha de acompañarles de continuo: llaves, bastones, lozas de familia, fotografías… El hombre, que ha levantado a mano muchas de esas paredes, aún mantiene encendidos los restos de una llamativa envergadura corporal. Estaban contentos por la visita de los dos forasteros y se sentían más acompañados, como si la pureza del olvido consiguiese hacerles creer que fuera de ese mundo interior suyo el manto de la tarde no seguía cayendo sobre la piel oscura y abrasada de la Peña del Castro. Como si nada hubiese sucedido de verdad en la historia triste de estos días. Se imponen conversaciones entreveradas de la tragedia reciente junto a pormenores que en la memoria van saliendo al paso. Conducir el primer tractor que hubo en toda la sierra, trabajar duramente con aquellos pioneros que dieron sentido vegetal a lo agreste, emigrar y trabajar en mil oficios para tener que volver algún día… La costumbre heredada de vivir por encima de todo cuanto pudiera alzarse para impedirlo. “¿Cómo no vamos a salir ahora adelante?”, dice César resuelto, tras contar aquellas penalidades; y parece que en el aire vuelven a oírse los acordes animosos de la rumba de hace un rato. Volver a la vida. Como sea y por encima de todo. Eso es. De eso se trata. A pesar del desastre, las críticas contundentes de este hombre, todo bondad, no traslucen resentimiento ninguno. Más bien mesura y una llamada al juicio y a la ponderación.

La costumbre heredada de vivir por encima de todo cuanto pudiera alzarse para impedirlo. “¿Cómo no vamos a salir ahora adelante?”, dice César resuelto, tras contar aquellas penalidades

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Con José Luis decidimos visitar la Fuente del Caño, hasta donde llegó el fuego. Mordió bien cerca del pueblo. Pero aparecen dos muchachas locuaces. Nos las presenta. Son de Eslovaquia y México. Parecen ajenas a la tragedia que nos ha traído hasta aquí. ¿Sabrán ellas que para ser de la Sierra hay que llorar por ella? Me temo que nunca lo sabremos. Da igual. Es tarde y el tiempo apremia. Hemos vivido bastante por hoy. Ahora hay que contar como se pueda la verdad que hemos encontrado aquí. Y ya no tendrá demasiada importancia cómo se reciban nuestras palabras en el corazón de los demás. A la cierva y su cría tampoco les importará saber de dónde son ni hacia dónde van. Los animales no saben de banderas ni pertenencias. Los animales no lloran con lágrimas. Su soledad es en ellos un estado natural (Lo solo del animal, tituló la poeta Olvido García Valdés a uno de sus libros). El viento y las cenizas borrarán sus huellas pronto, como ocurrirá con nosotros. Y enseguida se hará de noche en esta otra noche permanente que siempre es este rincón del mundo. Un viejo sentado al sol nos lo había resumido de un trago: “El incendio no se ha apagado, solo ha vuelto a ser esos otros incendios pequeños que siempre hubo por aquí y que solo vemos nosotros y a esos nadie quiere apagarlos”. Como si le contestara al viejo, el guitarrista volvió a arrancarse en plena calle: “Que me he quedao sin boleto / y las abejas sin miel”. Eso dice la letra, un puro tango llorado. Pero otra vez se impone sobre todo lo demás la música. La música decidida y llena de consuelo. Son los primeros tanteos de una voluntad de salvación que por aquí empieza a buscarse ya.

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