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Guerra en Ucrania: consecuencias en Zamora

Refugiados ucranianos en Zamora | Cuando Ari le robó el corazón a Ara

No a la guerra, a ninguna guerra, en ninguna parte

Cuando Ari le robó el corazón a Ara

Ari, un adolescente de 15 años, llegó al centro de recogida de Cracovia con sus padres sobre las siete de la tarde de un domingo. Alto y delgado, iba cubierto con un gorro de invierno y la capucha de su cazadora, no se descubriría la cabeza durante el viaje, en ningún momento. Las madres, española y ucraniana, fueron las primeras en romper la barrera idiomática y cultural y tratar de hacerse entender. Ari muy atento siguió la escena. Con 15 años es consciente de lo que pasa, del porqué lo dejan todo en Chernigov. Los niños sufren las consecuencias de la guerra y no entienden qué ocurre, los más mayores sí lo saben.

Ari no hablaba casi nada y cuando lo hacía era en voz muy bajita, a su madre casi siempre. Tampoco pidió nada durante 3.000 kilómetros. Tampoco solía bajar de la furgoneta en las paradas para estirar las piernas, ir al baño o tomar un café. Su padre posiblemente le regañaba en voz baja para que saliera. En una de las paradas en una estación de servicio, en el segundo día de viaje, pidió una foto con “Javier bombero”, Javier Bodego. El joven adolescente eligió a su héroe, quiere ser bombero, un cuerpo de héroes silencioso.

Tras esa foto, uno de los voluntarios le entregó el pañuelo de cabeza de la ONG Acción Norte. Sus ojos se abrieron con sorpresa y brillo. Salió la primera sonrisa. Se quitó su gorro y su capucha y se colocó el pañuelo. Y ya no se lo quitó. Su cabeza seguiría cubierta durante todo el camino, aunque esta vez no como refugio a su guerra, tal vez como una mirada al futuro “Javi bombero y Ari bombero”. Quiere ser bombero. Paso muchas horas refugiado en su sueño o su pesadilla. Horas de entretenimiento móvil donde tenía descargado el juego de cartas del solitario, entre otros.

El joven no pidió nada, al contrario, todo era para los demás. En uno de los mensajes de texto a través del traductor que trasmitió su madre, en su nombre, se leía “trabajaremos en España y ayudaremos a amigos que permanecieron allí. Amigos de Arika que se quedaron en el sótano son jugadores. Él les prometió que todo estará bien y vendrán a España en el fútbol”. Ari es jugador de tenis.

Irún abrió sus brazos para recibir a las dos de la mañana la expedición. Cenar a esas horas “no es lo normal” como bromeó uno de los voluntarios con madres ucranianas. Una sonrisa era suficiente para interpretar un “lo imaginamos”. En una mesa se apilaban los juguetes que unos niños de Irún llevaron hasta el restaurante para que se quedaran los que quisieran. Los más pequeños fueron los primeros en ir a la mesa arrastrando a sus madres. Tomaron un primer peluche y volverían a por otro. Ari se aceró el último y tomó un perro marrón de tamaño mediano. Iba a ser el regalo que llevara a su prima pequeña, Jimena, en Alicante. Para él tampoco cogió nada. En un momento del viaje, Ari se durmió abrazado al peluche, recostado en el regazo de su madre.

Salir con lo puesto para alguien que ve la guerra desde la televisión es inimaginable. Los seres queridos, la casa, los recuerdos, las pertenencias, el trabajo, el colegio, las creencias religiosas, etc. viajaban en un bolso pequeño de deporte y dos bolsos de viaje pequeños. Toda su Ucrania y su vida metidas en tan reducido equipaje. Su barrera se fue cayendo poco a poco y se dejó abrazar, achuchar que es más generoso. El beso en la cabeza que se le quiere dar como a un hijo, también fue bien recibido.

Y por suerte este viaje llegaba a su fin. En la estación llegaron las despedidas. Ari recibió la mochila que llevó uno de los voluntarios durante 6.400 kilómetros, para que tenga un nuevo comienzo en una nueva tierra de clima suave, con naranjas y con ese jamón que tanto le gustó la primera vez que lo probó. Para ellos será un cambio de cultura radical. Ari ha elegido a unos segundos padres en este viaje con las emociones a flor de piel y donde las risas, a veces escandalosas, disimularon todo el dolor y la pena. Mirar por el retrovisor era la mejor manera de detectar el estado de ánimo de la familia.

Así fue como Ari robó el corazón de Ara. No a la guerra, a ninguna guerra, en ninguna parte.

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