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El lobo y los precios echan a un ganadero de Sayago: “Todo el trabajo de diez años se ha ido cargado en un camión”

Manuel Vicente, el ganadero más joven de Bermillo, cierra la explotación de 900 ovejas castellanas “expulsado” por el lobo y unos “precios insostenibles”

Manuel Vicente, ganadero de 27 años, cierra las puertas de la explotación de ovino en Bermillo de Sayago ANA BURRIEZA

“Diez años a la mierda”. El 28 de febrero un camión cargaba las últimas ovejas de Manuel Vicente. Una ganadería de 900 animales de raza castellana que ya es historia. Ovejas de campo criadas con todo el esmero se esfumaron repartidas entre el matadero –“las que nadie quería”– y el resto, las jóvenes, a Teruel. “Todo el trabajo de diez años cargado en un camión y adiós”.

A sus 27 años, el ganadero más joven de Bermillo de Sayago, ha cerrado la explotación. Cuenta que el lobo y unos precios insostenibles lo han expulsado de lo suyo, lo que verdaderamente le gustaba.

“Es jodido, muy jodido” dice con los ojos vidriosos. “Cuando abro la puerta de la nave y no hay nada….” confía frente al vacío de las cuatro paredes. Cuesta hablar ante un hecho tan inconcebible. La complicada realidad que se vive en el medio rural destierra a los que verdaderamente apuestan por él.

Manuel Vicente en la nave de Bermillo de Sayago vacía ANA BURRIEZA

“Diez años que se han ido a la mierda –vuelve sobre lo mismo–. Me gusta el pueblo, me quiero quedar, pero me echan. La ganadería se está poniendo imposible, no podía más” cuenta Manuel ante el desolador escenario de una nave sin nada que guardar.

Ni una década tiene el edificio, los mismos que ha durado la ilusionante aventura que comenzó este joven sayagués con apenas 18 años. “No había terminado ni la ESO y con los ahorrillos que tenía me compré veinte ovejitas” evoca Manuel.

Esto va a quedar para el lobo, para los jabalíes, los ciervos, para la caza y… para el fuego

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A diferencia de la mayoría de los poquísimos jóvenes que se incorporan a la actividad, él no viene del mundo ganadero. Su amor por el pueblo y la tierra le empujaron a empezar de cero. Compró la finca, metió el agua, la luz, construyó la nave, se fue haciendo con las ovejas, algunas tierras, maquinaria, el tractor. “Era lo que quería, hice una inversión importante, casi ni salía a tomar una cerveza porque con euro, decía, pues para hacer una cañiza. Estaba convencido de que saldría bien. No contaba con que el lobo y los precios echarían todo por tierra”.

–¿Cuánto tiempo llevaba perdiendo dinero?

–¡Uy, hace mucho!. Y los bancos tampoco te perdonan y hay que seguir dando de comer a las ovejas y los lechazos no valen y… no podía seguir así. Están pagando los corderos como hace 50 años. Ya me contarás según está ahora la vida. Esto va a quedar para el lobo, para los jabalíes, los ciervos, para la caza y… para el fuego.

Manuel Vicente en la explotación que ha tenido que cerrar ANA BURRIEZA

No hay disimulo. Manuel está “jodido”. Duerme mal. “Hasta el hambre me ha quitado esto. A lo largo de los años me había montado una explotación curiosa, para estar a gusto y vivir. Salía todos los días con el ganado, pero todo se ha ido a la mierda”.

Fue después del verano pasado, con el lobo dando sustos un día sí y otro también, cuando este criador empezó a ver que las cosas se torcían. “Antes, en los días malos, podías dejar a las ovejas solas en las cortinas, ellas se buscan el sitio a la abrigada de las zarzas o en las paredes. Pero ahora tienen que estar metidas en las cañizas, para ellas es como una cárcel, no puedes dejarlas fuera porque no sabes lo que va a pasar”.

El camión carga con las ovejas camino del matadero

No han sido pocas las noches que se ha levantado, a las cuatro o las cinco de la mañana, “para ver si las ovejas estaban bien. Y por la mañana salías con la incertidumbre de que te podía haber tocado. Eso no es vida”.

A la inquietud que genera el lobo rondando al ganado se suma la imparable escalada de precios. “Hacía cuentas mes a mes y últimamente si podía sacar para la Seguridad Social me daba con un canto en los dientes. El pienso, los abonos, el gasóleo y, para remate, el lobo. No podía más” se sincera el ya ex ganadero.

Confiesa que en diez años no le ha dado tiempo a ver ganancias, iba tirando pero no como para ver claro que podía vivir del negocio. “No se a qué sabe”. Todavía arrastra deudas de su antiguo oficio.

Medallas para identificar a las ovejas y corderos ANA BURRIEZA

“Y luego quieren que se quede la gente y que trabaje en el pueblo. Somos el sector primario, el que produce los alimentos y nos están dado por todos los lados. Esto va a quedar para cuatro ‘pisapraos’ que vengan a dar una vuelta a ver el lobo y para los veranos”.

Manuel Vicente es el exponente de un sentimiento que está sacudiendo al sector agropecuario. Decisiones tan drásticas aún son contadas, pero sí hay ganaderos que anticipan la jubilación. Van deshaciéndose del ganado porque cada vez es más costoso mantenerlo y no ven rentabilidad. “Los mayores van tirando porque a ver a dónde van, sino muchos ya se habían largado”.

Esto va a quedar para cuatro ‘pisapraos’ que vengan a dar una vuelta a ver el lobo y para los veranos

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Aunque este joven rural ya está a otra cosa, se resiste a vender nada más allá del ganado. Cañizas, medallas, bolas de paja, el propio tractor con el que ara alguna de las fincas que tenía abonadas para alimentar a las ovejas. Falta el pálpito de los animales con los que trasteaba Mora, la perra. “Ella también echa de menos a las ovejas” confía Manuel. “Tenía cinco mastines, pero comen un montón y encima no te vale de nada”.

Manuel Vicente, pensativo, delante del tractor ANA BURRIEZA

Desde el 1 de marzo, Manuel es un trabajador de la construcción por cuenta ajena al volante de una máquina. Al menos ha conseguido, de momento, quedarse en el pueblo. “Es muy distinto, ahora tienes un horario y a final de mes cobras, te amoldas. Antes te llegaban 400 euros y tenías que poner 400 para pienso, no veías un duro limpio”.

A esos que dictan las leyes desde las oficinas les diría que salgan de la calefacción y pisen el barro

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Aún así a este joven sayagués le gustaba, por eso exhibe una rabia incontenible. “A esos que dictan las leyes desde las oficinas les diría que salgan de la calefacción y pisen el barro, y que cuando hiele metan las manos en el agua. Que yo he trabajado los 365 días del año y he estado dando de comer a las ovejas con la clavícula partida. Así me ha quedado” cuenta Manuel mientras se toca el hombro.

Ya todo es historia. ¿Se plantea volver algún día? “Es complicado, pero esto no lo vendo”. Manuel Vicente se resiste a pensar en vivir en otro lugar que no sea Bermillo.

“No me quiero ir pero, tal y como se están poniendo las cosas, no se dónde terminaré”.

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