A pesar de que no se conocieron en persona, sí hubo un acercamiento hondo entre el peruano y el sayagués desde inicios de los años 70, cuando el poeta vanguardista y de raíz tradicional, el sayagués Justo Alejo, accedió a los libros y la figura del antropólogo peruano José María Arguedas, escritor comprometido por demás con el indigenismo hispanoamericano desde sus propias experiencias de vida aprendida y compartida en esas comunidades; compromiso que mostró de manera semejante, ante el respeto y el cariño en el trato de los datos, al acercarse a las comunidades que estudia en Sayago. Desde que ambos son conscientes de la vida propia y la que les rodea, cada uno según les colocó la fortuna y según el modo de ganarse el sustento, fueron gente que obraron con honradez de criterio. Así, con esos dos rasgos, la honradez y el criterio propio, llegan de manera natural al elogio y defensa del bien común, o comunal como también se decía.

Será lógico pues ambos parten de una premisa aprendida en la infancia: la valoración del trabajo hecho entre todos. Comparten, efectivamente, un sentimiento y una idea común: el respeto por el trabajo sencillo y compensatorio de –y para– los más humildes; y eso fue lo que les proporcionó una manera de comprender y desarrollar la vida desde una perspectiva socioeconómica, en busca de la equidad. Sin llegar a la mitificación, ese modo de hacer antropología mezclando una literatura galante o emotiva… íntima en su subjetividad, es reconocida por la importante aportación de los datos y su claro comentario; incluso desde los que hablan de las dudas, o los olvidos de Arguedas sobre el trabajo no comunalista, siempre se le reconoce –como hace Sánchez Gómez , y mejor Pedro Tomé – que su tesis sobre las comunidades andinas y sayaguesas fue un modelo para hacer un trabajo de campo sobre una comunidad, que su método aún sigue siendo válido y fundamental, y que no está suficientemente estudiada su técnica, siendo más acertada que los estudios antropológicos anglosajones. Porque aún con fallos y ausencias, según criterios ajenos evidentemente, Arguedas hizo lo que pretendía, estudiar el comunalismo en dos pueblos de Sayago, Bermillo y Muga, –con una pequeña referencia al San Vitero alistano–.

La esposa de Alejo, junto a su tumba.

Parece claro que lo que quería era demostrar la importancia etnográfica del vivir comunal, de la relación del hombre con la naturaleza, y del hombre con el trabajo agrícola y ganadero, defendiendo la posibilidad de una vida real para los que menos tienen, no solo idílica, al margen de las competencias liberales que determinan las relaciones económicas y de poder, que había y hay en la sociedad. Se podría decir, sin temor a equívocos, que José María Arguedas analiza la información que plasma en su tesis, claramente, mediante una filosofía de vida que le permite tamizar los datos científicos -y empíricos que recoge-, con un razonado sentir. Es decir, trata de entender los hechos y comportamientos de los protagonistas que estudia, de ver con el alma, y de ahí, precisamente, los comentarios que hace en su tesis sobre las comunidades de Bermillo o Muga (su manera personal de escribir antropología), para acercarse e intentar comprender Con José María Arguedas y Justo Alejo a través de Sayago –en el recuerdo vivo del nacimiento de Arguedas y la muerte de Justo– las decisiones y actitudes de sus protagonistas, algunas, además, asumidas como relaciones ancestrales más que tradicionales: “así se ha hecho siempre” (…) “pero en la cabeza no tienen más seso que nosotros piojos. Y los piojos se matan, amigo, fácilmente.”

Es un modo de trabajar que tiene mucho que ver, aparte de conocimientos o trabajo de campo, con la intuición y la apreciación personal, uniendo ciencia y respeto a sus informantes, según señala en el prefacio de su obra: “Fuimos cautivados por la personalidad de algunos vecinos de las dos comunidades castellanas que estudiamos - ¡comunidades tan idénticas en muchos aspectos medulares de la vida a aquéllas peruanas que observamos mejor o en las que pasamos nuestra infancia! - e hicimos nuestro trabajo recogiendo casi textualmente de boca de esos vecinos la confesión de un juicio sobre todas las cosas. ”Nosotros, empero, nos vamos a centrar en los puntos de vista en común que tienen ambos escritores, Alejo y Arguedas, producto de un modo sincero –y ciego, por amor– de ver la tierra de Sayago y las gentes que la trabajan (otra mitificación, reconocemos, aunque ahora es real, por ennoblecimiento). Y a través, casi principalmente, de los comentarios de Justo Alejo sobre el peruano en varios medios de prensa de los años 70. Y el primer testimonio que nos muestra un artículo  de Alejo sobre Arguedas lleva fecha de 22 dic. 1973. Es el nº 586 de la revista Triunfo, en cuyas páginas 40-43 publica un artículo sobre el fin del comunalismo; se refiere, precisamente, a la estancia de Arguedas en Sayago, y dedica dos páginas a hablar de su biografía, destacando sus ideas sobre el indigenismo y sus estudios, a la vez que su obra literaria, (muchas veces inseparable del trabajo antropológico del peruano). Sitúa Alejo a nuestro antropólogo peruano en Sayago en 1958, dando el motivo (la preparación de la tesis doctoral) de su interés por las tierras de Sayago y haciendo comentarios sabrosos sobre las ideas que se desprenden de su tesis sobre la comarca sayaguesa.

El lenguaje de Justo es claro, como el de Arguedas, cuando se refiere a la pérdida paulatina pero constante de las relaciones cara a cara, entre los hombres que las hacen y las viven. Mientras Arguedas constata4 el deterioro del comunalismo en 1958, unos años más tarde Alejo denuncia que asoma la cara del poderío económico e industrial, con los Planes de Desarrollo franquistas, dejando la agricultura relegada a favor de la concentración dineraria e industrial y la libre competencia económica y comercial. Justo ya percibe cómo se va alejando la vida sencilla y el mantenimiento cooperativo entre iguales de la vida del campesino y ganadero de la comarca sayaguesa.

Una prueba fehaciente de su lectura atenta del trabajo de Arguedas sobre Bermillo y Muga. Igual ocurre con el artículo publicado en El Norte de Castilla apenas un mes más tarde, el 27.01.1974; se titula “La voz a ti debida”, y aparte del reconocimiento por la labor que llevó a cabo Arguedas en Bermillo y Muga de Sayago, es una muestra de devoción –generosa–, manifiesta en el título, donde resuena Garcilaso junto al poeta del amor de la generación del 27, Pedro Salinas; y todo ello por haber puesto a Sayago en el mapa mundial de la antropología (y ahí sigue... a pesar de los silencios oficiales). En el artículo trata de la biografía de Arguedas y su obra, situando, primero al literato entre sus contemporáneos, Cortázar, García Márquez, o Vargas Llosa, del que destaca sus comentarios elogiosos a la obra de Arguedas; y después al antropólogo, comentando su trabajo sobre las comunidades de Sayago y Perú, para posteriormente adentrarnos en los entresijos de su trabajo en Sayago, a la vez que deja muestras de su defensa del carácter campesino de Sayago, criticando la injerencia de las empresas hidroeléctricas en el futuro de la comarca, alejada de los intereses de los propios sayagueses.

Placa conmemorativa a Alejo en Bermillo.

Placa conmemorativa a Alejo en Bermillo. E. F.

“Cuando nuestro ser social y aun material muy fuerte –dice Alejo– es la presencia y «potencia» hidroeléctrica de Iberduero, S. A, (anunciado su proyecto de implantación industrial termonuclear próxima ) está severamente amenazado en su existencia por la desigual pelea con foráneos gigantes económicos, de un «Desarrollo» menos agrícola y comunitario, esta voz salva, siquiera sea superestructuralmente, nuestra antigua constitución.” El conocimiento de Arguedas y el deslumbramiento es a partir de esta fecha. Pero es curioso que apenas un año antes, en febrero de 1973, no sabe aún del trabajo de José María Arguedas; es cuando publica dos artículos también sobre el comunalismo sayagués, en El Norte de Castilla,6 apoyándose en estudios y datos del III Plan de Desarrollo franquista, y citando a Joaquín Costa, e incluso el trabajo del profesor Cabo Alonso, del que cita incluso su referencia de publicación: revista de Estudios Geográficos nº 65, y la fecha, noviembre de 1956... pero no hay ninguna mención a Arguedas o su trabajo sobre Sayago. Todavía encontramos un artículo más de Alejo sobre José María Arguedas. Pero no tiene que ver –directamente– con su pasión común por el comunalismo; nos referimos a la crítica literaria que hace Alejo de una novela de José María Arguedas.

En este caso muestra Alejo, además de su interés por la literatura, su atenta mirada sobre quienes han sufrido algún tipo de marginación o injusticia (como el propio Arguedas). El libro es El Sexto, publicado7 en Barcelona en 1974, pero cuya primera edición fue en Lima en 1961. El sexto es el nombre de una cárcel limeña, donde había estado preso José María Arguedas casi un año entre 1937 y 1938, por sus ideas políticas en favor de la República Española, y por su participación en las manifestaciones populares que tuvieron lugar en Lima contra la sublevación fascista que desencadenó la guerra civil en España en 1936. En el artículo, que no es conocido o citado por sus comentaristas, aparecido en la revista Cuadernos para el diálogo8 , en 1974, a los dos meses de publicada la novela en España, refiere varios aspectos literarios, pero también de la lucha combativa personal e ideológica de Arguedas: “«El Sexto» es un cristal transparente –dice Alejo– a través del cual vemos una realidad oscura que nos ilumina sobre la violencia y corrupción del poder político dictatorial.”

Placa conmemorativa a Alejo y exposición sobre el peruano.

Placa conmemorativa a Alejo y exposición sobre el peruano. E. F.

Para señalar más adelante que “Encontramos muy pertinente que sea el problema de la «marginación» el que le ocupe, preocupe y acose, y que, en su pintura del penal, evidentemente modelada con cierto esquematismo de fábula moral semejante a los rasgos de nuestra picaresca –quizá también, como aquélla, es un Intento de reformular una literatura popular–-, no sea la perfección estilística, literaria o formal lo que más le interese, sino el significado.” Es posible que haya una mitificación de ciertos hombres, motivada por la grandeza de espíritu de algunos de sus actos; pero al igual que hay algunos lugares emblemáticos: un conjunto de piedras situadas de una forma concreta, o ciertos árboles (roble, negrillo, moral,… ) alrededor de los cuales se aireaba la vida comunal de todo un pueblo, por la fuerza ancestral que tiene su entorno; o como la belleza, un tanto misteriosa de algunos paisajes naturales, bien se sabe en los Arribes del Duero, desde miradores a cascadas, que siguen el curso lento pero firme del tiempo que atesoran los siglos en la conciencia de los seres humanos.

Quizás los sayagueses de este tiempo que vivimos, –como todos los seres humanos– deben sellar un compromiso con sus raíces, en busca y logro de una identidad que les haga vivir con respeto una vida equilibrada consigo mismos y con el entorno de la naturaleza que les ha cobijado desde siempre. El empuje sensible, incluso emotivo, y el aldabonazo moral que supuso el trabajo de José María Arguedas sobre Sayago apunta, en ese sentido, a la conciencia y al corazón del hombre, que cada uno puede hacer realidad en su propio vivir. Y lo demás…, como decía Justo Alejo, … “lo demás… son monsergas”. ¡Velay!